martes, 19 de mayo de 2015

El trapiche



Mi papá tenía una finca en Escazú y siempre sembraba una parcela de caña dulce para que estuviera lista en el mes de febrero que era cando nosotros estábamos ahí de vacaciones y entonces hacía una molienda a la que asistía toda la familia, era un paseo muy especial.

Contrataba a un señor que se encargaba de cortar y trasladar la caña al trapiche.

Al día siguiente muy temprano llegaban todos a Escazú centro donde los esperábamos con todo listo e iniciábamos el viaje a pie hasta el trapiche que quedaba cerca de San Antonio, era el comienzo de un paseo inolvidable.

Llegábamos sudorosos y cansados pero con mucho entusiasmo por la experiencia que nos esperaba. Había un olor a caña recién cortada que estaba estibada cerca del trapiche y a veces se confundía un poco con alguna boñiga dejada por alguno de los bueyes. Un poco más allá estaban las hojas de las cañas que servirían más tarde para envolver las tapas de dulce. Cerca del fogón estaba el bagazo de una molienda anterior que ya estaba seco con olor a caña y fermento, también había unos troncos de café que servirían para alimentar el fuego.

El fogonero comenzó su tarea atizando el fuego y se esparció un olor a madera y bagazos quemados y hubo mucho humo pero pronto se hicieron las brasas y este desapareció.

Mientras esto pasaba, papá cogió un machete y nos peló caña, era esta la segunda etapa del paseo.

Llegó el trapichero con la yunta de bueyes, les colocó el yugo y luego los amarró al timón del trapiche, de inmediato comenzaron a dar vueltas. Ahí estaban los tarros de la manteca importada bien lavados, baldes y cubetas que recogerían el jugo, ya todo estaba listo, solo había que pasar las cañas por las muelas para que saliera el jugo. Cogimos unos jarros enlozados y escarapelados y tomamos jugo, por supuesto que teníamos que escupir las basuras que lógicamente estaban en el líquido.

Ya está el jugo en la paila y el fuego enseñando su alegre color, pronto estará hirviendo.

Ya se ve el humo que sale de la paila, señal de que el jugo está listo para su primer tratamiento, que consiste en echarle un balde de agua de mozote que sirve para recogerle las basuras que son sacadas con un pazcón, éstas son las cachazas que son usadas como alimento para los cerdos. Cuando el jugo está limpio, lo clarifican con el pazcón y se forman las espumas que también las absorbíamos y al mismo tiempo se formaba alrededor de la paila el “bordo” que lo comíamos metiendo un trozo de bagazo, ya se comienza a sentir el dulce más fuerte.

El trapiche huele a miel, ya su color es rojizo y salta con alegría como queriendo salirse de la paila, es el momento de las melcochas. Papá era el que las hacía, alistaba un balde de agua fría y lo colocaba a la par de la paila, metía la mano en el agua, luego a la paila hirviente, y de nuevo en el agua, ahí estaba la melcocha con toda su belleza, roja, transparente y apetitosa; una y otra vez nos iba repartiendo a todos. También hacíamos melcochas sacando la miel con una palangana y la mezclábamos con maní, ¡qué delicia!

Luego la miel seguía su hervor dando saltos más altos para demostrar que ya casi está lista para la etapa final, la canoa de batido y los moldes para las tapas de dulce también están listos.

Acercan la canoa a la paila para echar la miel y con una paleta grande y larga comienzan a batirla, poco a poco va espesando y tomando un color más claro, de ahí cogíamos mezcla para hacer sobados, en una tabla echábamos la miel y la batíamos hasta blanquearla, revolviendo una parte con semillas de marañón, otra con queso bagaces y otra con maní. Mientras los trabajadores iban sacando la miel con una palangana y con una paleta pequeña se ayudaban para vaciarla en los moldes.

Después de un rato ya las tapas estaban listas para envolverlas, hacían unos atados con dos tapas juntas y unas tamugas con cuatro tapas, se cubrían con las hojas de la caña y se amarraban con un tipo de bejuco, y ¡listos!.

El regreso era en la tarde con hermosos paisajes de verano, llenos de bellas experiencias, de dulce y de muchos comentarios, y con el corazón lleno de alegría y de esperanza para regresar el siguiente año.


Carmen Brenes

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