Mi papá tenía una finca en Escazú y siempre
sembraba una parcela de caña dulce para que estuviera lista en el
mes de febrero que era cando nosotros estábamos ahí de vacaciones y
entonces hacía una molienda a la que asistía toda la familia, era
un paseo muy especial.
Contrataba a un señor que se encargaba de cortar
y trasladar la caña al trapiche.
Al día siguiente muy temprano llegaban todos a
Escazú centro donde los esperábamos con todo listo e iniciábamos
el viaje a pie hasta el trapiche que quedaba cerca de San Antonio,
era el comienzo de un paseo inolvidable.
Llegábamos sudorosos y cansados pero con mucho
entusiasmo por la experiencia que nos esperaba. Había un olor a caña
recién cortada que estaba estibada cerca del trapiche y a veces se
confundía un poco con alguna boñiga dejada por alguno de los
bueyes. Un poco más allá estaban las hojas de las cañas que
servirían más tarde para envolver las tapas de dulce. Cerca del
fogón estaba el bagazo de una molienda anterior que ya estaba seco
con olor a caña y fermento, también había unos troncos de café
que servirían para alimentar el fuego.
El fogonero comenzó su tarea atizando el fuego y
se esparció un olor a madera y bagazos quemados y hubo mucho humo
pero pronto se hicieron las brasas y este desapareció.
Mientras esto pasaba, papá cogió un machete y
nos peló caña, era esta la segunda etapa del paseo.
Llegó el trapichero con la yunta de bueyes, les
colocó el yugo y luego los amarró al timón del trapiche, de
inmediato comenzaron a dar vueltas. Ahí estaban los tarros de la
manteca importada bien lavados, baldes y cubetas que recogerían el
jugo, ya todo estaba listo, solo había que pasar las cañas por las
muelas para que saliera el jugo. Cogimos unos jarros enlozados y
escarapelados y tomamos jugo, por supuesto que teníamos que escupir
las basuras que lógicamente estaban en el líquido.
Ya está el jugo en la paila y el fuego enseñando
su alegre color, pronto estará hirviendo.
Ya se ve el humo que sale de la paila, señal de
que el jugo está listo para su primer tratamiento, que consiste en
echarle un balde de agua de mozote que sirve para recogerle las
basuras que son sacadas con un pazcón, éstas son las cachazas que
son usadas como alimento para los cerdos. Cuando el jugo está
limpio, lo clarifican con el pazcón y se forman las espumas que
también las absorbíamos y al mismo tiempo se formaba alrededor de
la paila el “bordo” que lo comíamos metiendo un trozo de bagazo,
ya se comienza a sentir el dulce más fuerte.
El trapiche huele a miel, ya su color es rojizo y
salta con alegría como queriendo salirse de la paila, es el momento
de las melcochas. Papá era el que las hacía, alistaba un balde de
agua fría y lo colocaba a la par de la paila, metía la mano en el
agua, luego a la paila hirviente, y de nuevo en el agua, ahí estaba
la melcocha con toda su belleza, roja, transparente y apetitosa; una
y otra vez nos iba repartiendo a todos. También hacíamos melcochas
sacando la miel con una palangana y la mezclábamos con maní, ¡qué
delicia!
Luego la miel seguía su hervor dando saltos más
altos para demostrar que ya casi está lista para la etapa final, la
canoa de batido y los moldes para las tapas de dulce también están
listos.
Acercan la canoa a la paila para echar la miel y
con una paleta grande y larga comienzan a batirla, poco a poco va
espesando y tomando un color más claro, de ahí cogíamos mezcla
para hacer sobados, en una tabla echábamos la miel y la batíamos
hasta blanquearla, revolviendo una parte con semillas de marañón,
otra con queso bagaces y otra con maní. Mientras los trabajadores
iban sacando la miel con una palangana y con una paleta pequeña se
ayudaban para vaciarla en los moldes.
Después de un rato ya las tapas estaban listas
para envolverlas, hacían unos atados con dos tapas juntas y unas
tamugas con cuatro tapas, se cubrían con las hojas de la caña y se
amarraban con un tipo de bejuco, y ¡listos!.
El regreso era en la tarde con hermosos paisajes
de verano, llenos de bellas experiencias, de dulce y de muchos
comentarios, y con el corazón lleno de alegría y de esperanza para
regresar el siguiente año.
Carmen Brenes
No hay comentarios:
Publicar un comentario