martes, 26 de mayo de 2015

¡Qué contrariedad!


       Las imágenes de Zeneida llegan claras a mi pensamiento, a través del espejo de tiempo. La veo moverse con rapidez, cargando ollas y tablas de picar, de un lugar a otro. Lleva uno de sus viejos y rústicos delantales, del que cuelgan unas gasillas; para tenerlas a la mano cuando las nietas necesiten enhebrar el elástico, a los económicos calzones de manta, que les fabrica la madre. 

       El ajetreo es inacabable. Prepara la comida, pero a la vez, tiene que encargase de la atención del resto de la familia, demasiado grande para su fuerza de trabajo y su estabilidad emocional. Dos de sus hijas son profesoras de enseñanza especial y regresan a la casa, esperando encontrar todo en orden y para completar el enjambre, su hija, Clarita, parió recientemente el sétimo retoño, en menos de diez años de casada con Miguel.

       La mujer espera que la comida esté lista a tiempo, cuando aparece el papá de las chiquillas, que regresa de su trabajo y le dice: -"Doña Nena, ¿me regalaría una taza de café?, tengo que volver a salir".

       En la pulida superficie se refleja la cara angustiada  de Zeneida, ante la solicitud, mientras de sus labios brota aquella expresión tan suya: “¡Qué contrariedad!”.  Ella siempre mantiene una cafetera de agua hirviendo, en una  de las hornillas del anafre, pero en aquel momento no hay agua caliente, porque las dos hornillas  están ocupadas por alimentos. Pero, de momento, esa magia universal que nos rodea, le ilumina chorrear el café, con el caldo hirviendo de los frijoles.

       Antes de salir, Miguel le da las gracias y le dice: -“doña Nena, el café de hoy estaba delicioso”.
       Y el reflejo devuelve la maliciosa sonrisa que se pinta en los ojillos azules de la abuela.
Renata Castro

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