Las
imágenes de Zeneida llegan claras a mi pensamiento, a través del espejo de tiempo.
La veo moverse con rapidez, cargando ollas y tablas de picar, de un lugar a
otro. Lleva uno de sus viejos y rústicos delantales, del que cuelgan unas
gasillas; para tenerlas a la mano cuando las nietas necesiten enhebrar el elástico, a
los económicos calzones de manta, que les fabrica la madre.
El
ajetreo es inacabable. Prepara la comida, pero a la vez, tiene que encargase de
la atención del resto de la familia, demasiado grande para
su fuerza de trabajo y su estabilidad emocional. Dos de sus hijas son
profesoras de enseñanza especial y regresan a la casa, esperando encontrar todo
en orden y para completar el enjambre, su hija, Clarita, parió recientemente el
sétimo retoño, en menos de diez años de casada con Miguel.
La
mujer espera que la comida esté lista a tiempo, cuando aparece el papá de las
chiquillas, que regresa de su trabajo y le dice: -"Doña Nena, ¿me regalaría una taza de café?, tengo que volver a salir".
En
la pulida superficie se refleja la cara angustiada
de Zeneida, ante la solicitud, mientras de sus labios brota aquella
expresión tan suya: “¡Qué contrariedad!”.
Ella siempre mantiene una cafetera de agua hirviendo, en una de las hornillas del anafre, pero en aquel
momento no hay agua caliente, porque las dos hornillas están ocupadas por alimentos. Pero, de momento, esa
magia universal que nos rodea, le ilumina chorrear el café, con el caldo
hirviendo de los frijoles.
Antes de salir, Miguel le da las
gracias y le dice: -“doña Nena, el café de hoy estaba delicioso”.
Y el reflejo devuelve
la maliciosa sonrisa que se pinta en los ojillos azules de la abuela.Renata Castro
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