miércoles, 13 de mayo de 2015

La abuela se vuela


El intenso aroma que la invade cuando riega su jardín la lleva de la mano al de su niñez. Se recuerda expectante cogiendo los azahares, guardándolos en un frasco con alcohol y esperando ansiosa la supuesta colonia mágica resultante, que al tiempo para su sorpresa, sería sólo una volátil solución etílica.
La fragancia del pan que amasaba el papá y crujía al partirlo, recién sacado del horno. Las increíbles y fortalecedoras sopas de la mamá, todas, prácticamente todas esas esencias eran retrospectivas.
También los sabores, porque son casi uno, pensó.
Pero porqué los aromas y sabores nos llevan siempre al pasado? Será simplemente porque los experimentamos una vez y con esa basta para hacer el registro. Allí dejan su huella y se establecen, con una norma implacable. Nunca más ese olor será nuevo, siempre nos referirá al inscrito, es una marca, un sello imperecedero, inviolable. Por eso buscamos con cada nueva experiencia llegar al nivel de la original y si no se alcanza, que decepción: no huele, no sabe igual!
Pero entonces si estas impresiones sensitivas nos transportan inevitablemente al pasado, cómo haríamos para adelantarnos olfativa y gustativamente al futuro? dijo en voz alta y soltando la manguera se sentó en el banquillo debajo del mango.
Absolutamente absorta en sus cavilaciones y ensimismada en las flores de azahar, fue lentamente adentrándose entre los balsámicos pétalos, incursionando a través de los almibarados estambres llegó al pistilo y de ahí saltó al cáliz, extasiada con esa embriagante sustancia.
Regresó con hambre por lo que decidió preparar una crema. Fue picando cebollas, una pizca de ajo y perejil que puso a sofreir al tiempo que peló y partió varios tomates que añadió al resto. Cuando todo estuvo bien mezclado lo pasó a la olla y allí le agregó agua. Casi lista para servir completó la sopa con albahaca bien picada. Ese sahumerio culinario fue atrayendo a la gente de la casa hasta llenar la cocina, donde unos arreglaban la mesa; otros cortaban pan, servían el delicioso potaje y le rociaban queso.
Pasado el apetitoso ataque alguien preguntó husmeando el aire: a que huele? Todos alertaron la nariz y uno exclamó: azahares! a lo que ella respondía: a cebolla; a otra le decía: albahaca, a una tercera ajo, orégano, tomate y todos negaban: azahares!, sí, azahares!
Como ella no lo sentía, se alzaba de hombros, hasta que empezaron a cercarla y husmear sobre su pelo, cabeza, cuello: azahares!
Al día siguiente el aroma se esparció por la casa para felicidad de todos. Qué estará usando la abuela para limpiar el piso? Qué le estará poniendo a la sopa? Se preguntaban.
Otros días fueron gardenias; jazmines, violetas, para lujuria olfatoria de todos y ella se reía sola en el jardín con su secreto.
Un día vino su vecina y quedó tan extasiada al entrar a la casa que ella la llevó al jardín y sin decirle nada la sentó debajo del mango y le dijo que mirara el centro del jazmín, mientras ella a su vez se regocijaba con una gardenia. Cuando regresaron, la despidió cariñosamente en la puerta segura del efecto que eso causaría en la familia amiga.
La vecina llegó a su casa a preparar la cena, cuando entrando su hija sintió un penetrante olor, pero no le dio importancia. Sin embargo al anochecer la emanación se acrecentaba. También se preguntaron y la olisquearon consternados, asqueados, pues al paso de las horas el hedor era inaguantable. Primero la bañaron con jabón desinfectante, luego la frotaron con Zepol, enseguida quemaron incienso en su cuarto, a ver si acaso. Aunque ella permanecía en una calma sorprendente, sin inmutarse!
A medianoche era tan insoportable el vaho que todos se pasaron a un cuarto sellando puertas y ventanas con papeles empapados en alcohol. Como pensaron en una infección frotaron a los niños con Cofal y les pusieron periódico en el pecho y la espalda, para que no fueran a contagiarse.
Como era domingo al amanecer partieron al mercado por ruda, eucaliptus, romero, salvia, laurel, hierbabuena, zacate limón y de todo lo que encontraron. También trajeron sábila y aceite de lavanda.
Presurosos colgaron sábila con una cinta roja en todas las puertas por lo del mal del ojo, debajo de la alfombrita de entrada pusieron ramitas de las siete hierbas, en la olla tamalera hirvieron eucaliptus y repartieron la ruda por todos los rincones la casa. Encendieron candelas y sumaron al menjurje las emanaciones de la canela. Después del baño volvieron a frotar a la vecina esta vez con aceite de lavanda y quemaron mirra en su cuarto, por aquello de una brujería.
De la misma forma que se propagaba la pestilencia, se irradiaban los comentarios en el barrio. Algunos decían que alguien había instalado un matadero clandestino de cerdos, otras que la podredumbre venía de la casa abandonada, donde tal vez hacían ritos satánicos los chicos de los aretes.
La vecina seguía sola en su cuarto sin percibir su fetidez, así que no se dio cuenta cuando fueron a buscar al cura quien llegó corriendo luego de misa de doce, con el monaguillo atrás. Se puso frenético con los colgajos de hierbas y los cocimientos humeantes, así que tapándose la nariz echó agua bendita y regresó como vino.
A esa altura la vecina que paga promesas vistiéndose con el hábito café, vaticinó que la señora estaba muerta y no se había dado cuenta. Tomó el misal en sus manos y fue a la casa de nuestra abuela a contar tan dolorosa noticia. Cuando le abrieron almorzaban en un puro jolgorio, pero el elixir almizclero y empalagoso del ilan ilan la embobó, así que se sentó modosita esperando que le pasaran algo de la mesa. Al escuchar el cuento nuestra abuela se retiró sigilosamente y entró cautelosa a la casa contigua, cuando todos se acomodaban para comer en el patio trasero, así que ni la notaron. La vecina tranquila bordaba en su mecedora, pero el patadón que inundó a nuestra amiga fue tan considerable que le dijo: niña, abriste el mausoleo completo! con lo cual agarrándola fuerte la condujo hacia su jardín por la puerta lateral.
La sentó en el banquillo, descubriendo recién allí lo que la otra había olido equivocadamente, provocando tal desequilibrio: era la flor carnívora que lucía fétidamente abierta a la par del jazmín, en espera de nuevos insectos. Entonces la cogió trasladándola al fondo y le indicó con claridad que debía concentrarse sólo en el jazmín, sin desviar la vista a ningún lado. Esta vez la esperó con toda calma hasta que volvió, pequeña y radiante bajo la forma de una pequeña abeja enredapelo, tomando al instante su aspecto habitual sin saber lo que había pasado.
Conducida nuevamente a su cuarto, la dejó cuando empezaba a brotar un burbujeante perfume que introduciéndose en los rincones iba anulando el pestilente desconcierto.
Nuestra amiga por su parte no perdía el tiempo y regresó directo al fondo del jardín a rebuscar entre las matas, de donde sonriente cogió una de intenso verde que no había visto. Cómo será su flor, se preguntó, esta será la que llaman algo así como marijuana?


EVELYN SILVA PERALTA










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