El intenso aroma que la invade cuando
riega su jardín la lleva de la mano al de su niñez. Se recuerda
expectante cogiendo los azahares, guardándolos en un frasco con
alcohol y esperando ansiosa la supuesta colonia mágica resultante,
que al tiempo para su sorpresa, sería sólo una volátil solución
etílica.
La fragancia del pan que amasaba el
papá y crujía al partirlo, recién sacado del horno. Las increíbles
y fortalecedoras sopas de la mamá, todas, prácticamente todas esas
esencias eran retrospectivas.
También los sabores, porque son casi
uno, pensó.
Pero porqué los aromas y sabores nos
llevan siempre al pasado? Será simplemente porque los experimentamos
una vez y con esa basta para hacer el registro. Allí dejan su
huella y se establecen, con una norma implacable. Nunca más ese olor
será nuevo, siempre nos referirá al inscrito, es una marca, un
sello imperecedero, inviolable. Por eso buscamos con cada nueva
experiencia llegar al nivel de la original y si no se alcanza, que
decepción: no huele, no sabe igual!
Pero entonces si estas impresiones
sensitivas nos transportan inevitablemente al pasado, cómo haríamos
para adelantarnos olfativa y gustativamente al futuro? dijo en voz
alta y soltando la manguera se sentó en el banquillo debajo del
mango.
Absolutamente absorta en sus
cavilaciones y ensimismada en las flores de azahar, fue lentamente
adentrándose entre los balsámicos pétalos, incursionando a través
de los almibarados estambres llegó al pistilo y de ahí saltó al
cáliz, extasiada con esa embriagante sustancia.
Regresó con hambre por lo que decidió
preparar una crema. Fue picando cebollas, una pizca de ajo y perejil
que puso a sofreir al tiempo que peló y partió varios tomates que
añadió al resto. Cuando todo estuvo bien mezclado lo pasó a la
olla y allí le agregó agua. Casi lista para servir completó la
sopa con albahaca bien picada. Ese sahumerio culinario fue atrayendo
a la gente de la casa hasta llenar la cocina, donde unos arreglaban
la mesa; otros cortaban pan, servían el delicioso potaje y le
rociaban queso.
Pasado el apetitoso ataque alguien
preguntó husmeando el aire: a que huele? Todos alertaron la nariz y
uno exclamó: azahares! a lo que ella respondía: a cebolla; a otra
le decía: albahaca, a una tercera ajo, orégano, tomate y todos
negaban: azahares!, sí, azahares!
Como ella no
lo sentía, se alzaba de hombros, hasta que empezaron a cercarla y
husmear sobre su pelo, cabeza, cuello: azahares!
Al día
siguiente el aroma se esparció por la casa para felicidad de todos.
Qué estará usando la abuela para limpiar el piso? Qué le estará
poniendo a la sopa? Se preguntaban.
Otros días
fueron gardenias; jazmines, violetas, para lujuria olfatoria de
todos y ella se reía sola en el jardín con su secreto.
Un día vino
su vecina y quedó tan extasiada al entrar a la casa que ella la
llevó al jardín y sin decirle nada la sentó debajo del mango y le
dijo que mirara el centro del jazmín, mientras ella a su vez se
regocijaba con una gardenia. Cuando regresaron, la despidió
cariñosamente en la puerta segura del efecto que eso causaría en la
familia amiga.
La vecina
llegó a su casa a preparar la cena, cuando entrando su hija sintió
un penetrante olor, pero no le dio importancia. Sin embargo al
anochecer la emanación se acrecentaba. También se preguntaron y la
olisquearon consternados, asqueados, pues al paso de las horas el
hedor era inaguantable. Primero la bañaron con jabón desinfectante,
luego la frotaron con Zepol, enseguida quemaron incienso en su
cuarto, a ver si acaso. Aunque ella permanecía en una calma
sorprendente, sin inmutarse!
A medianoche
era tan insoportable el vaho que todos se pasaron a un cuarto
sellando puertas y ventanas con papeles empapados en alcohol. Como
pensaron en una infección frotaron a los niños con Cofal y les
pusieron periódico en el pecho y la espalda, para que no fueran a
contagiarse.
Como era
domingo al amanecer partieron al mercado por ruda, eucaliptus,
romero, salvia, laurel, hierbabuena, zacate limón y de todo lo que
encontraron. También trajeron sábila y aceite de lavanda.
Presurosos
colgaron sábila con una cinta roja en todas las puertas por lo del
mal del ojo, debajo de la alfombrita de entrada pusieron ramitas de
las siete hierbas, en la olla tamalera hirvieron eucaliptus y
repartieron la ruda por todos los rincones la casa. Encendieron
candelas y sumaron al menjurje las emanaciones de la canela. Después
del baño volvieron a frotar a la vecina esta vez con aceite de
lavanda y quemaron mirra en su cuarto, por aquello de una brujería.
De la misma
forma que se propagaba la pestilencia, se irradiaban los comentarios
en el barrio. Algunos decían que alguien había instalado un
matadero clandestino de cerdos, otras que la podredumbre venía de la
casa abandonada, donde tal vez hacían ritos satánicos los chicos de
los aretes.
La vecina
seguía sola en su cuarto sin percibir su fetidez, así que no se dio
cuenta cuando fueron a buscar al cura quien llegó corriendo luego de
misa de doce, con el monaguillo atrás. Se puso frenético con los
colgajos de hierbas y los cocimientos humeantes, así que tapándose
la nariz echó agua bendita y regresó como vino.
A esa altura
la vecina que paga promesas vistiéndose con el hábito café,
vaticinó que la señora estaba muerta y no se había dado cuenta.
Tomó el misal en sus manos y fue a la casa de nuestra abuela a
contar tan dolorosa noticia. Cuando le abrieron almorzaban en un puro
jolgorio, pero el elixir almizclero y empalagoso del ilan ilan la
embobó, así que se sentó modosita esperando que le pasaran algo de
la mesa. Al escuchar el cuento nuestra abuela se retiró
sigilosamente y entró cautelosa a la casa contigua, cuando todos se
acomodaban para comer en el patio trasero, así que ni la notaron. La
vecina tranquila bordaba en su mecedora, pero el patadón que inundó
a nuestra amiga fue tan considerable que le dijo: niña, abriste el
mausoleo completo! con lo cual agarrándola fuerte la condujo hacia
su jardín por la puerta lateral.
La sentó en
el banquillo, descubriendo recién allí lo que la otra había olido
equivocadamente, provocando tal desequilibrio: era la flor carnívora
que lucía fétidamente abierta a la par del jazmín, en espera de
nuevos insectos. Entonces la cogió trasladándola al fondo y le
indicó con claridad que debía concentrarse sólo en el jazmín, sin
desviar la vista a ningún lado. Esta vez la esperó con toda calma
hasta que volvió, pequeña y radiante bajo la forma de una pequeña
abeja enredapelo, tomando al instante su aspecto habitual sin saber
lo que había pasado.
Conducida
nuevamente a su cuarto, la dejó cuando empezaba a brotar un
burbujeante perfume que introduciéndose en los rincones iba anulando
el pestilente desconcierto.
Nuestra amiga
por su parte no perdía el tiempo y regresó directo al fondo del
jardín a rebuscar entre las matas, de donde sonriente cogió una de
intenso verde que no había visto. Cómo será su flor, se preguntó,
esta será la que llaman algo así como marijuana?
EVELYN SILVA
PERALTA
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