La niña María.
La maestra se fue a trabajar a un lugar recóndito…¡No
podía creerlo!
A sus 20 años debía de emprender camino a una
escuelita donde ella iba a ser directora, secretaria, maestra, conserje,
aunque eso lo supo mucho después de llegar.
El Ministerio correspondiente le dio la noticia y
corrió a contárselo a su abuela, su querida abuela, quien era su confidente:
-Vieras-le dijo, tengo trabajo, pero allá… muy lejos…
donde el diablo dejó perdida la chaqueta.
- ¡Ay mi hijita! No me asustés, ¿qué va a decir tu
papá?
–Pues nada, si él quiere que yo trabaje, y me ayudó a
estudiar, así como me enseñó muchas
cosas para que me desenvuelva en el largo camino de la vida.
Después de
quedarse un tanto pensativa la abuela habló:
-Bueno, bueno, andate - (dándole una leve nalgadilla)
- dale la noticia, también a tu mamá…
-Siiiiiií–gritó mientras corría.
Su nombre era María de los Ángeles, pero el nombre con
el que la conocíamos en el barrio siempre fue Marielos. Sus papás lo aceptaron
resignados, porque el trabajo y sueldo que iba a recibir la Mari era necesario. Marielos
siempre había soñado con ser maestra, enseñar a los niños a escribir, leer,
dibujar, cantar, bailar, jugar; claro tuvo que enseñarles muchas cosas pero
luego se dio cuenta del duro camino que tenía que recorrer.
Así con gran emoción, proyectos, sueños que recorrían
su cabeza se preparó para su largo viaje. Alistó sus maletas, se despidió de
sus seres queridos y amigos para
dirigirse a la Escuela Santa Ana de Lagunilla, un lugar ubicado a muchos
kilómetros de su natal San José, al sur del territorio costarricense.
La Niña María, como posteriormente la llamarían
sus alumnos y los habitantes del pueblo,
llegó a la estación de buses, tomó el bus que le indicaron sus papás, una
mañana fresca, que poco a poco se fue tornando calurosa, sofocante. Pero ella
iba feliz, a ratos leía, otros admiraba el paisaje, acariciaba su oído uno que otro pajarillo con
su trino exquisito y algún ruido del bus, una vibración sobre las piedras
del camino, un grito del cobrador del
bus:
-¡Próxima parada!¿Quién baja?
Luego el grito de una mujer con un niño en brazos:
-¡Cuidado, chofer!¿No ve que aún no he bajado!
-Avise señora, avise…
-¿Qué? ¿Está sordo?¿No oyó?, vociferó la mujer,
-¡Ah! ¡Vaya pa’ la…! dijo el chofer en un tono más
BAJO.
- ¿Para adónde?, repuso la señora, váyase usted para
donde se tenga ir, con Dios y la Virgen al igual que yo.
Al fin, luego de unas ocho horas de viaje, Marielos llegó a
su destino; se bajó cansada, no podía ni sostenerse en pie, haciendo equilibrio
por el peso de las maletas.
La Niña María llegó a su casita desvencijada con
hendijas, se acomodó como pudo y se echó sobre la cama, con aquella oscuridad,
viendo para el cielo raso que eran unas láminas de zinc. No podía conciliar el
sueño y de pronto empezó a escuchar unos ruidos, primero como una puerta que
chirriaba, luego un silencio y después unos pasos. La niña María, sigilosamente,
cogió un palo de escoba, caminó despacio y volvió a escuchar ruidos y empezó a
dar escobazos a diestra y siniestra. De nuevo un silencio y María caminó
agachadita, despacito, se detuvo un instante porque sintió una sombra a su
lado, temblado de frío y de miedo se animó a estirar su brazo y tocó algo
peludo; entonces empezó con los escobazos y la cosa empezó a pegar brincos y alaridos y
María gritaba a más no poder sin soltar su escoba.
De esta manera, la cosa peluda desapareció en la
penumbra y nunca más volvió a aparecerse
por el pueblo a asustar a las maestras recién llegadas y a otras mujeres del
pueblo.
Así María empezó su labor en el pueblo, muy querida
por sus alumnos y padres de familia y en la escuela cuando barría se acordaba
de su hazaña en la primera noche de su estadía en la casita del pueblo.
Cuento. Leyenda.
Virginia Murillo Montero.
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