miércoles, 17 de abril de 2013
CRONICA DE UNA soledad anunciada
Carlos Montero
Emergen figuras de cuerpos y más cuerpos por los pasillos grises del
aeropuerto. Al son del zumbido metálico de las turbinas de los aviones, cual
desfile de modas, van apareciendo cansadas, ojerosas, producto del largo
viaje, personas ansiosas de llegar a sus destinos.
¿Será esa, será aquella? No imagino a mi hija, ya convertida en mujer, a la
que no veo desde cuando tenía tres años.
Todo empezó con una llamada telefónica de una vecina, doña Rosa, que se
encarga del alquiler de mi departamento en Chile.
- Me dice: “Carlitos, vino Ximena, tu hija, preguntando en cuál de los
cementerios yacen tus restos, ya que le informaron, como a muchas otras
personas, que tú ya no existías. ¿Me autorizas darle tú número de teléfono?”
Pasaron los días y mi soledad fue interrumpida de pronto. Desde allá, con
voz emocionada por haberme ubicado, se comunica conmigo.
- Papá, ¿cómo estás?... no puedo creer que te haya encontrado. Estoy feliz,
no sé qué decirte, bueno, lo más importante: me casé¸ me separé, tengo dos
hijas: María José y Valentina. Tengo deseos de abrazarte y conversar largo
contigo
Yo tengo la solución le digo: venga a verme a Costa Rica, ya las invito a las
tres.
Espero nervioso, esa debe ser, Una joven con paso seguro, dueña de sí,
sonriente, con dos niñas de la mano, evocando en mi mente la imagen del
pasado cuando entraba a mi cuarto con sus muñecas preferidas a darme el
besito de las buenas noches.
- Pá, eres tú? me reconoce por mi expectante y acuosa mirada. Con el
característico dejo cantarín del hablado chileno me dice; “ no seaí fome, poh,
no te vaí a poner a llorar”…
Un beso en la mejilla y un abrazo que contenía cariños que por años, no nos
pudimos dar. – Niñas saluden al señor, él es su tata.
Le entrego un ramo de rosas como gesto de bienvenida y sendos peluches
a mis nietas. Partimos al centro de San José, donde tengo mi residencia.
Se instalan, las chicas cansadas se duermen y nosotros café tras café,
conversamos largas horas.
-Papi, ¿te acostumbraste a vivir acá, no extrañas tu país? Para mí, le
respondo, Chile es un paisaje perdido, paisaje de mi infancia recuperado por
mi memoria . Soy un exiliado de mí mismo, soy exiliado de mi pasado. Ten
presente que el recuerdo no redime a nadie de nada. Se hace tarde, el sueño
nos vence y nos disponemos a descansar.
Amanece, el calor las agobia, el cambio es brusco, del frío seco de Santiago al
calor húmedo de acá.
Transcurren los días y las chicas, como si fuesen terremotos de grados 6 y
4 (sus edades) empiezan con su trajinar y sin “querer queriendo”, a romper
todo lo que les atraviesa: la lámpara de pie en la sala, quiebran el lavamanos,
encienden a la vez el televisor, el equipo de sonido, golpean las puertas,
corren, pelean, lloran, vuelcan los vasos de Coca cola en la alfombra, se
suben a los sillones y a las camas con los zapatos embarrados, transformando
mi pulcro y ordenado apartamento en un caos total. De la pecera sacan a
Pepito, mi 4 colas preferido, según ellas a pasear. Adiós, mascota de años,
compañero en mis horas de soledad. “Que Neptuno te acoja en su reino”.
Siguen pasando los días, con réplicas menores y visitando todos los lugares,
propios de niños¸ que yo desconocía por cierto: el Museo del Niño, Parque
Nacional de Diversiones, Plaza Víquez, la Sabana y por supuesto cuanta venta
de cajitas felices existe.
Llega la hora de efectuar el trámite más insólito que he efectuado en mi vida,
ir a la embajada chilena a declarar lo obvio.
- “Comparecen ante mí, Horacio del Valle Yrarrázabal cónsul particular
de Chile, en esta ciudad, don Jesús Abarca y doña Patricia Espinoza, que
declaran bajo juramento que conocen a don Carlos …………. y les consta que
está VIVO. Se extiende el presente certificado para ser presentado ante las
autoridades chilenas que lo requieran.”
Cual Lázaro, documentalmente, resucito. Transcurre el tempo y después de
muchos platos y vasos quebrados, se rompe además lo que nunca hubiera
querido, la rutina a la que ya me estaba acostumbrando. Tienen que
regresar.
En mi mente cito a Borges:
¿Quién de los dos quedará en el vacío de las sombras sin
el latente custodio de su cuerpo? ¿Quién sufrirá la alejada
presencia llenando el vacío de los cuartos?
Viajamos al Santamaría en silencio y ahí lluvia de lágrimas, abrazos y besos y
la promesa de yo viajaría a la casa de mis padres.
El avión, como una golondrina se recorta en el cielo y se aleja hasta
convertirse en un punto luminoso que se apaga poco a poco.
Regreso a casa, subo más lento que de costumbre los escalones del edificio.
Abro la puerta y el calor de la ausencia y el olor a soledad sacuden todo mi
ser. Doy un grito desesperado.
¡¡Por favor hagan bulla, corran, griten, manchen con jalea los
muebles¡¡
Nadie responde. El ruido del silencio me aturde, no lo soporto. Salgo, quiero
huir.
Camino sin rumbo fijo y me siento en un poyo de la Plaza de la Cultura, a
rumiar lo que pudo ser y no lo fue.
El Teatro Nacional, con sus luces, ilumina mis lágrimas. Su cúpula roja semeja
un faro recortado sobre un mar de nubes violetas cargadas de agua que
coronan las montañas.
Estoy dormitando, tengo frío físico y del alma.
Una muchacha se me acerca: flaca, desgarbada, con botas y minifalda,
oliendo a Fraiché y pintada exageradamente y me ofrece su compañía. Son
veinte rojos. Tenga en cuenta que no soy puta, me dice, es que trabajo
donde unos chinos y el sueldo menstrual me es insuficiente. La corrijo y
le digo: no se dice menstrual, lo correcto es mensual. Está equivocado
usted, caballero, lo llamo así porque solo me dura tres días. Rechazo su
ofrecimiento y se aleja maldiciéndome: ¡¡Viejo más playo¡¡
Sigo recostado en la frialdad del asiento, reflexionando: ”La ilusión no es el
problema, el problema es el exceso de realidad”
Una pareja de policías me saca de mi divagar, diciéndome: ¿Qué hace Usted,
acá a estas horas, está solitario, está lloviznando y es peligroso este lugar.
Venga con nosotros, lo vamos a dejar a la parada del bus. ¿Dónde vive? Lejos
mi oficial, muy lejos, del aeropuerto allá en Alajuela, como 10.000 km, al Sur,
en un pueblito llamado “santiagodechile.
Carmonloy
Taller de Periodismo II U.C.R.
lunes, 15 de abril de 2013
María
Lia Ferreto
La casa de mi madre, en el centro de la ciudad de Cartago, había sido construída por mi abuelo Agustín a principios del siglo XX. Era de una belleza señorial; pisos de mosaico, famosos en esa época ya que varias edificaciones lucían el mismo diseño, entre ellos la Basílica de los Ángeles. Tenía varios aposentos, un baño del tamaño de una habitación, un espacio interno en el centro de la casa, que le llamaban " el hall " donde convergían algunos de los cuartos y cuyo techo era de una altura inusual, dando a ese espacio diversos matices según la hora del día en que entrara la luz.
Al frente en la calle, una escalinata servía para entrar a la casa y para llegar al corredor donde dos lindas bancas de madera, invitaban a sentarse y así ver los atardeceres, o desde ese balcón de cemento calado, tomar un buen lugar y ver todas esas "procesiones" que ciertamente pasaban por la casa de mamá. Además estaban esas macetas de antaño, donde perezosas colgaban grandes begonias.
La cocina de seguro había sido centro de grandes actividades, pues esa casa había conocido al pasar del tiempo a una infinidad de personas que la habitaron, o la visitaron y que ahí encontraron refugio y acogida volviéndola como un centro de reuniones para tan diversas personalidades, que mamá de tanto en tanto riendo, nos contaba. Tías medio locas o inquilinos que nadie sabía de donde habían aparecido, pero que ahí se quedaban por tiempo sin fin.
Al lado de la cocina estaba otro gran corredor donde al final se encontraba el área de servicio, en éste corredor grandes mesas servían para poner ollas y todo aquel menaje tan variado en la fecha de hacer los tamales. El patio al estilo de otros tiempos, era tan grande que yo siendo niña, sentía que me perdía,lleno de árboles cargados de frutas, diversos naranjos, hasta la naranja agria, dos inmensos árboles que daban los mas dulces y jugosos nísperos que recuerdo haber probado, varios de anonas, que eran el amor de papá; la higuera que no solo deleitaba con sus frutos, sino también sus hojas perfumaban y regalaban su sabor a la miel de chiverre que cada año se hacía para Semana Santa. Los bordes del sendero, años después, se llenaron de tréboles de flores rosadas, y los lirios que habían sido de la abuela Cata, unos rojos y otros de rayas con tonos naranja y blanco. Y no se diga de los macizos de helechos, geranios y begonias, por todo lado sembrados.
Fue en ese mismo corredor donde aquellas dos hermanas, en medio de una lucha cuerpo a cuerpo partieron a María en dos.
Una revolución en Costa Rica, una división, una lucha entre hermanos no salvó a mis padres de vivirlo en carne propia y deciden emigrar a Venezuela buscando nueva vida, queriendo olvidar los horrores vividos, buscando su oasis, su propio destino. Primero se fue papá y cuando se sintió establecido, mandó por mis hermanos y por mi mamá. Conocieron varios lugares y finalmente se establecieron en Carora. Un pueblito caluroso donde al medio día nadie se atrevía a salir de sus casas, tal era el bochorno y las personas languidamente pereceaban tendidas en los” chinchorros”, única forma de esperar que la temperatura bajara y atreverse a realizar alguna actividad. Así aprendieron todos ellos a sortear esas horas y a usar las hamacas, y tomar previsiones en un lugar tan apartado de lo que habían sido sus vidas hasta ese momento.
Ahí nací yo. Después de tantos años mamá volvió a experimentar la maternidad en una nueva tierra, en una nueva vida. Caroreña come queso dictaminó el médico que me recibió. Mis hermanos esperaron mi llegada y mucha otra gente; mamá amiguera como era, ya había logrado establecer vínculos nuevos. Toda esa gente conformó el entorno de mi niñez, nacida en cálidas tierras, sostenida por cálidas personas de generosos corazones.Una niña muy feliz, sin duda, que cantaba por las calles a viva voz toda la música que escuchaba, sin reparo, siendo la delicia de cuántos me rodeaban. Ahí viví libre, amada, consentida, protegida, también viví ahí el desarraigo y mis ojos nunca mas volverían a mirar ese paisaje .
Sin conciencia de lo que sucedía, vi mis cosas pasar a otras manos; mi cama, mi camita, mis juguetes, los muebles de la casa, todo iba desfilando ante mis ojos infantiles, que preguntaban pero que nadie supo responder. Con argumentos de la época; a los niños no se les explican las cosas, no las comprenden, deciden no dar detalles a esa pequeña Lía, que solo sentía que algo se estaba rompiendo en su frágil corazón, en su corta vida. Y ante aquel llanto que no cedía, aceptaron que yo abrazara y me quedara con María …
No se de donde había llegado María. Era mi más hermosa muñeca. Su cara y extremidades eran de hule, y tenía esos rasgos dulces de un bebé recién nacido. Su cuerpo, estaba formado de algodón y relleno de algún material que permitía sentirla suave entre mis brazos. Ella fue quién enjugó mi interminable llanto, una vez que regresamos a Cartago, a la casa del abuelo pues la que mis padres tenían y todos sus bienes, habían pasado a otras manos. Dicen los que narran las historias, que el mío era un llanto inmenso como la distancia que ahora me separaba de aquellas amadas gentes que yo había perdido. Mamá hablaba de la locura de su niña, que si no detenía sus ríos de lágrimas, ambas debían echar marcha atrás. Pero eso no se dio. Y la niña medio loca enmudeció. Y seguro mamá creyó que ya había olvidado.
Dicen los que saben de las cosas de la mente que mi llanto no era mío, que los niños expresan lo mismo que sienten los adultos, si ellos son felices, los niños también sonríen, pero si la tragedia toca sus almas y se vuelven locas y no pueden expresar el terror que las ahoga, esos niños pequeños lo hacen por ellos. Así que mamá atravesaba el dolor de someterse de nuevo ante la rigidez de su padre, perdiendo de nuevo su autonomía y su vida soberana. Como debía “ comportarse “ ante los imponderables, con total indiferencia, su pequeña hija asume su voz, su dolor, su locura y llora por ella. Yo lloré el llanto de mi madre .
En un tiempo creí que lloraba, porque mi alma vieja sabía que debía vivir en éstas tierras, pues aquí estaba mi destino, acá debía conocer al hombre con quién engendraría a mis hijas, acá debía cumplir con el plan y los acuerdos que ella conocía. El llanto era premonitorio. Sabía cuánto dolor me esperaba.
…. Y María . Los mas lindos vestiditos eran para ella. A cualquier paseo que yo fuera, su maleta era lo primero que yo preparaba. Como aquella vez en que íbamos a tomar el tren que nos llevaba a Limón a encontrarnos con papá y la maleta cayó y fue a dar debajo de los rieles y todas las cosas que yo atesoraba, quedaron a merced del viento. Solo mis gritos y mi angustia hicieron al abuelo Tin, recogerlos uno a uno.
Pero ese día, las dos mujeres que trabajaban en casa de mamá, peleando como solo las hermanas saben hacerlo, ante mis desorbitados ojos arrebataron a María de mis manos y con ella, cuál si fuera un arma mortal, se daban de porrazos. Llanto, gritos, súplicas, no sirvieron de nada, aquellas mujeres enfurecidas con mi muñeca volando por los aires, no se detenían hasta que lograron partirla en dos pedazos. Sus piernas por allá. Su cabecita no se donde. Todo el relleno voló perdiéndose en todos los rincones, cubriéndonos las cabezas de un extraño confeti de algodón. No se de donde apareció mamá. El caos era total. Mocos, gritos y aquel confeti y esas dos malvadas que no creían hasta donde habían llegado. Mamá no sabía por donde comenzar, si gritando improperios a aquellas dos asesinas, calmando mi llanto o buscando lo que había quedado de María.
Horas mas tarde, mamá sentada revivió a María. Con un cuidado extremo y un amor que solo ella podía poner en aquel momento, formó un nuevo cuerpo, era como si pusiera un pequeño vestido, cosido en la línea del cuello con puntadas perdidas, lo mismo en los brazos y las piernas; después la rellenó y así me entregó a mi nueva muñeca y mis temblorosas manos con ternura la estrecharon de nuevo contra el pecho y la llenaron de besos y de promesas de que nunca mas algo así ocurriría.
Mamá y María. Un recuerdo que hoy llega a mi memoria con mucho amor; con agradecimiento, porque solo el tiempo te hace revivir esas frágiles imágenes que te hablan del amor de la mamá, tantas veces cuestionado e incomprendido.
La casa de mi madre, en el centro de la ciudad de Cartago, había sido construída por mi abuelo Agustín a principios del siglo XX. Era de una belleza señorial; pisos de mosaico, famosos en esa época ya que varias edificaciones lucían el mismo diseño, entre ellos la Basílica de los Ángeles. Tenía varios aposentos, un baño del tamaño de una habitación, un espacio interno en el centro de la casa, que le llamaban " el hall " donde convergían algunos de los cuartos y cuyo techo era de una altura inusual, dando a ese espacio diversos matices según la hora del día en que entrara la luz.
Al frente en la calle, una escalinata servía para entrar a la casa y para llegar al corredor donde dos lindas bancas de madera, invitaban a sentarse y así ver los atardeceres, o desde ese balcón de cemento calado, tomar un buen lugar y ver todas esas "procesiones" que ciertamente pasaban por la casa de mamá. Además estaban esas macetas de antaño, donde perezosas colgaban grandes begonias.
La cocina de seguro había sido centro de grandes actividades, pues esa casa había conocido al pasar del tiempo a una infinidad de personas que la habitaron, o la visitaron y que ahí encontraron refugio y acogida volviéndola como un centro de reuniones para tan diversas personalidades, que mamá de tanto en tanto riendo, nos contaba. Tías medio locas o inquilinos que nadie sabía de donde habían aparecido, pero que ahí se quedaban por tiempo sin fin.
Al lado de la cocina estaba otro gran corredor donde al final se encontraba el área de servicio, en éste corredor grandes mesas servían para poner ollas y todo aquel menaje tan variado en la fecha de hacer los tamales. El patio al estilo de otros tiempos, era tan grande que yo siendo niña, sentía que me perdía,lleno de árboles cargados de frutas, diversos naranjos, hasta la naranja agria, dos inmensos árboles que daban los mas dulces y jugosos nísperos que recuerdo haber probado, varios de anonas, que eran el amor de papá; la higuera que no solo deleitaba con sus frutos, sino también sus hojas perfumaban y regalaban su sabor a la miel de chiverre que cada año se hacía para Semana Santa. Los bordes del sendero, años después, se llenaron de tréboles de flores rosadas, y los lirios que habían sido de la abuela Cata, unos rojos y otros de rayas con tonos naranja y blanco. Y no se diga de los macizos de helechos, geranios y begonias, por todo lado sembrados.
Fue en ese mismo corredor donde aquellas dos hermanas, en medio de una lucha cuerpo a cuerpo partieron a María en dos.
Una revolución en Costa Rica, una división, una lucha entre hermanos no salvó a mis padres de vivirlo en carne propia y deciden emigrar a Venezuela buscando nueva vida, queriendo olvidar los horrores vividos, buscando su oasis, su propio destino. Primero se fue papá y cuando se sintió establecido, mandó por mis hermanos y por mi mamá. Conocieron varios lugares y finalmente se establecieron en Carora. Un pueblito caluroso donde al medio día nadie se atrevía a salir de sus casas, tal era el bochorno y las personas languidamente pereceaban tendidas en los” chinchorros”, única forma de esperar que la temperatura bajara y atreverse a realizar alguna actividad. Así aprendieron todos ellos a sortear esas horas y a usar las hamacas, y tomar previsiones en un lugar tan apartado de lo que habían sido sus vidas hasta ese momento.
Ahí nací yo. Después de tantos años mamá volvió a experimentar la maternidad en una nueva tierra, en una nueva vida. Caroreña come queso dictaminó el médico que me recibió. Mis hermanos esperaron mi llegada y mucha otra gente; mamá amiguera como era, ya había logrado establecer vínculos nuevos. Toda esa gente conformó el entorno de mi niñez, nacida en cálidas tierras, sostenida por cálidas personas de generosos corazones.Una niña muy feliz, sin duda, que cantaba por las calles a viva voz toda la música que escuchaba, sin reparo, siendo la delicia de cuántos me rodeaban. Ahí viví libre, amada, consentida, protegida, también viví ahí el desarraigo y mis ojos nunca mas volverían a mirar ese paisaje .
Sin conciencia de lo que sucedía, vi mis cosas pasar a otras manos; mi cama, mi camita, mis juguetes, los muebles de la casa, todo iba desfilando ante mis ojos infantiles, que preguntaban pero que nadie supo responder. Con argumentos de la época; a los niños no se les explican las cosas, no las comprenden, deciden no dar detalles a esa pequeña Lía, que solo sentía que algo se estaba rompiendo en su frágil corazón, en su corta vida. Y ante aquel llanto que no cedía, aceptaron que yo abrazara y me quedara con María …
No se de donde había llegado María. Era mi más hermosa muñeca. Su cara y extremidades eran de hule, y tenía esos rasgos dulces de un bebé recién nacido. Su cuerpo, estaba formado de algodón y relleno de algún material que permitía sentirla suave entre mis brazos. Ella fue quién enjugó mi interminable llanto, una vez que regresamos a Cartago, a la casa del abuelo pues la que mis padres tenían y todos sus bienes, habían pasado a otras manos. Dicen los que narran las historias, que el mío era un llanto inmenso como la distancia que ahora me separaba de aquellas amadas gentes que yo había perdido. Mamá hablaba de la locura de su niña, que si no detenía sus ríos de lágrimas, ambas debían echar marcha atrás. Pero eso no se dio. Y la niña medio loca enmudeció. Y seguro mamá creyó que ya había olvidado.
Dicen los que saben de las cosas de la mente que mi llanto no era mío, que los niños expresan lo mismo que sienten los adultos, si ellos son felices, los niños también sonríen, pero si la tragedia toca sus almas y se vuelven locas y no pueden expresar el terror que las ahoga, esos niños pequeños lo hacen por ellos. Así que mamá atravesaba el dolor de someterse de nuevo ante la rigidez de su padre, perdiendo de nuevo su autonomía y su vida soberana. Como debía “ comportarse “ ante los imponderables, con total indiferencia, su pequeña hija asume su voz, su dolor, su locura y llora por ella. Yo lloré el llanto de mi madre .
En un tiempo creí que lloraba, porque mi alma vieja sabía que debía vivir en éstas tierras, pues aquí estaba mi destino, acá debía conocer al hombre con quién engendraría a mis hijas, acá debía cumplir con el plan y los acuerdos que ella conocía. El llanto era premonitorio. Sabía cuánto dolor me esperaba.
…. Y María . Los mas lindos vestiditos eran para ella. A cualquier paseo que yo fuera, su maleta era lo primero que yo preparaba. Como aquella vez en que íbamos a tomar el tren que nos llevaba a Limón a encontrarnos con papá y la maleta cayó y fue a dar debajo de los rieles y todas las cosas que yo atesoraba, quedaron a merced del viento. Solo mis gritos y mi angustia hicieron al abuelo Tin, recogerlos uno a uno.
Pero ese día, las dos mujeres que trabajaban en casa de mamá, peleando como solo las hermanas saben hacerlo, ante mis desorbitados ojos arrebataron a María de mis manos y con ella, cuál si fuera un arma mortal, se daban de porrazos. Llanto, gritos, súplicas, no sirvieron de nada, aquellas mujeres enfurecidas con mi muñeca volando por los aires, no se detenían hasta que lograron partirla en dos pedazos. Sus piernas por allá. Su cabecita no se donde. Todo el relleno voló perdiéndose en todos los rincones, cubriéndonos las cabezas de un extraño confeti de algodón. No se de donde apareció mamá. El caos era total. Mocos, gritos y aquel confeti y esas dos malvadas que no creían hasta donde habían llegado. Mamá no sabía por donde comenzar, si gritando improperios a aquellas dos asesinas, calmando mi llanto o buscando lo que había quedado de María.
Horas mas tarde, mamá sentada revivió a María. Con un cuidado extremo y un amor que solo ella podía poner en aquel momento, formó un nuevo cuerpo, era como si pusiera un pequeño vestido, cosido en la línea del cuello con puntadas perdidas, lo mismo en los brazos y las piernas; después la rellenó y así me entregó a mi nueva muñeca y mis temblorosas manos con ternura la estrecharon de nuevo contra el pecho y la llenaron de besos y de promesas de que nunca mas algo así ocurriría.
Mamá y María. Un recuerdo que hoy llega a mi memoria con mucho amor; con agradecimiento, porque solo el tiempo te hace revivir esas frágiles imágenes que te hablan del amor de la mamá, tantas veces cuestionado e incomprendido.
miércoles, 10 de abril de 2013
el derecho a la lectura...
Por Antonia Morales ..
En estos días en Facebook, compañeros y yo misma, hemos estado haciendo campaña en favor de la lectura, lo bueno que es leer y estimular la imaginación con un libro ante los ojo, nos hace crecer y desarrollar nuestro cerebro.., y esto está bien y es justo, pero….Nosotros los de la gloriosa tercera edad, somos “Pensionados”, la mayoría de las veces son pensiones exiguas, y lo que es
peor, tenemos la mala costumbre de comer tres veces al día, y de tener que visitar por equis motivo de vez en cuando la Farmacia (esos precios los dejamos para otra ocasión). No nos cobran en el autobús, pero si pagamos luz, teléfono, agua ect.ect. y a lo que estábamos, diciendo … ¡queremos leer!. Leer es un lujo, porque un lujo es entrar en una librería enamorarse de un libro ver el precio y poderlo comprar, como puede ser que sean tan caros los libros, como con nuestra pensión podamos comprarlos (Si ya sé que podemos sacarlos de una biblioteca, por cierto donde hay una que nos preste libros) Ya se, los bajamos de internet, pero… para eso tenemos que pagar el internet, y para tal menester tener una Tablet, que no todo el mundo tiene… (Son caras).Yo quiero libros los necesito pero…. Yo tengo suerte, (no tengo una pensión grande, la mía da risa
por no decir lastima) pero mis hijas me los compran y tampoco tengo que pagar un montón de cosas, yo tengo mucha suerte pero y los que no……..La verdad es que no se si incitar a leer es estimular a los demás o crearles una depresión. Tengo que meditarlo muy seriamente y consultar con un libro para que me diga que consejos son los que debo dar, si es que puedo dar alguno. Eso si yo lo que diría es que por favor los libros son un derecho, háganlos asequibles y verán como lee un montón de gente que ahora no puede.
En estos días en Facebook, compañeros y yo misma, hemos estado haciendo campaña en favor de la lectura, lo bueno que es leer y estimular la imaginación con un libro ante los ojo, nos hace crecer y desarrollar nuestro cerebro.., y esto está bien y es justo, pero….Nosotros los de la gloriosa tercera edad, somos “Pensionados”, la mayoría de las veces son pensiones exiguas, y lo que es
peor, tenemos la mala costumbre de comer tres veces al día, y de tener que visitar por equis motivo de vez en cuando la Farmacia (esos precios los dejamos para otra ocasión). No nos cobran en el autobús, pero si pagamos luz, teléfono, agua ect.ect. y a lo que estábamos, diciendo … ¡queremos leer!. Leer es un lujo, porque un lujo es entrar en una librería enamorarse de un libro ver el precio y poderlo comprar, como puede ser que sean tan caros los libros, como con nuestra pensión podamos comprarlos (Si ya sé que podemos sacarlos de una biblioteca, por cierto donde hay una que nos preste libros) Ya se, los bajamos de internet, pero… para eso tenemos que pagar el internet, y para tal menester tener una Tablet, que no todo el mundo tiene… (Son caras).Yo quiero libros los necesito pero…. Yo tengo suerte, (no tengo una pensión grande, la mía da risa
por no decir lastima) pero mis hijas me los compran y tampoco tengo que pagar un montón de cosas, yo tengo mucha suerte pero y los que no……..La verdad es que no se si incitar a leer es estimular a los demás o crearles una depresión. Tengo que meditarlo muy seriamente y consultar con un libro para que me diga que consejos son los que debo dar, si es que puedo dar alguno. Eso si yo lo que diría es que por favor los libros son un derecho, háganlos asequibles y verán como lee un montón de gente que ahora no puede.
martes, 9 de abril de 2013
Fede y yo
Cielo
Solórzano
El
23 de mayo de hace algunos años lo podría denominar como el año en
que mi vida cambió. Es el día olvidado y a la vez el más
recordado. Muchas horas de ese día se perdieron en mi memoria. Están
escondidas, en el fondo de mi corazón y luchan por no salir de ahí.
Lo último y lo único que me acuerdo es montándome en el carro,
camino al hospital.
Las últimas palabras que me acuerdo son las del
entonces esposo y padre de mis hijos que me decía: “este hijo que
está a punto de nacer tiene que ser tan lindo e inteligente como los
otros dos que tenemos”. Y después despertarme y preguntar por mi
hijo. Nadie quería decirme nada. Ni siquiera el pediatra. De
repente me acordé. Cuando tenía como 4 ó 5 meses de embarazo, iba
sola en el carro camino a mi casa y tuve un presentimiento. Este
hijo tiene Síndrome Down. Inmediatamente catalogué ese pensamiento
como algo insólito. Como algo impensable, y lo deseché. Pero
ahora estando sola en el hospital y sin tener noticias del pediatra
mi sospecha se acrecentó. Busqué al pediatra y lo enfrenté. ¿Qué
pasa con mi hijo? ¿Qué tiene? Él balbuceaba y enredaba las
frases. Tuve que preguntarle directamente ¿tiene Síndrome Down?
Bueno si, me respondió, pero tenemos que esperar a ver cómo va
reaccionando. El mundo se me cayó encima. ¿Cómo enfrentarlo?
¿Qué va a pasar con él? ¿Porqué él? ¿Cómo lo va a tomar el
papá? Me sentía desolada.
El papá quería que fuera lindo e
inteligente. No sabía a quién recurrir ni qué hacer. Las horas
pasaban y nadie venía a verme. Ya se habían enterado y no sabían
cómo decírmelo. No me acuerdo nada más. Algunos familiares
llegaron, otros no. Federico enfermó, lo operaron recién nacido
del corazón, padeció 4 años en el hospital y solo estuvimos Fede y
yo. El papá corrió, los abuelos, tíos, amigos desaparecieron. Se
esfumaron. Solo quedamos Fede y yo. Y así empezamos este camino de
amor, Fede y yo, de la mano, saltando obstáculos, quitando piedras,
buscando rutas, unas cortas otras no tan cortas. Solo Fede y yo y la
pregunta eterna de Fede “yo te amo, ¿vos me amás?” Esa es la
melodía diaria en mis oídos. La melodía con la que Fede y yo
caminamos esta senda de amor. De la mano… Fede y yo.
Doña Lidilia
Cielo
Solórzano
Parada
frente a mí, fuerte como un roble, de piel morena, pelo gris,
vestido color café impecable, zapatos negros lustrosos y una bolsita
blanca bordada con encajes que cuelga sobre su pecho y con sus
grandes manos abrazando el bolsito con gran amor, como si lo
protegiera con su vida, doña Lidilia me dice: “si quiere se queda
aquí afuera contemplando el paisaje, tal vez esto va a ser muy
fuerte para Ud.”
Estamos en medio de la montaña en Frailes de
Desamparados con un paisaje insuperable ante nuestros ojos. Hemos
llegado hasta ahí por un trillo de piedras sueltas, tras bajar por
caminos sinuosos. ¿Está asustada por ese precipicio? Me pregunta
doña Lidilia. No se preocupe. Mi esposo aprendió a manejar cuando
era chiquillo por caminos peores que estos. ¡Viera usted! Yo por
eso confío en él plenamente.
Después de escuchar mi negativa de
quedarme contemplando el paisaje, doña Lidilia decidida, tocó la
puerta de la humilde vivienda. Era la única casa en medio de la
montaña, al tope de una ladera sembrada de café. Esperamos un buen
rato. Cuando la veamos por esa ventana es que ya está lista me
dice. Vea, ya podemos entrar.
Ahí viene el hijo con el papá. Ya
bañó a los dos. Yo vengo todos los días a bañar a la señora
pero hoy no pude y pobrecito, le tocó a él bañar a los dos.
¡Pobrecito! Está él solo atendiendo a su papá y su mamá y no
tienen pensión. Pasen, pasen ya están listos dijo el hijo.
Cada
uno estaba en su cama de hospital, el cuarto muy limpio, con piso de
tierra. Con gran amor me presentó a sus papás. Tienen catorce años
de estar postrados en estas camas. Don Carmen podía medio articular
palabra, con la mitad del cuerpo paralizado pero consciente. Doña
Anabelle estaba profundamente dormida con el rostro desfigurado por
la enfermedad y con sólo el tronco como cuerpo. “Mire, mi mamá
llega hasta aquí” señalando solo el tronco, sin extremidades.
Corriendo las cobijas me pregunta“¿quiere ver el tronquito sin
las piernas?” Vea esta foto. Así era mamita cuando estaba
alentadita. Después de haber besado y persignado a los dos, doña
Lidilia empieza sus oraciones.
El dolor de mi alma era tan profundo
que caí al suelo de rodillas, pidiendo perdón a Dios por mi
irreverencia, por mi falta de agradecimiento, por no permanecer
siempre de rodillas agradeciendo cada instante de nuestras vidas y
pidiendo por este hijo que con una sonrisa de amor y abrazando a su
mamá preguntaba “¿verdad que nos parecemos?”. Con una vela
encendida doña Lidilia continuaba rezando, sacó del bolsito blanco
que colgaba de su pecho y que no había dejado de abrazar con sus
grandes manos, la sagrada hostia y con una sonrisa de amor decía en
voz alta “abra la boquita don Carmen, este es el cuerpo de Cristo”.
Amén, respondió él.
Poco a poco el llanto cedió y pude
susurrar, amén. Después de un interminable abrazo con Mario, el
hijo que ha dedicado su vida a esos padres, y de prometerle que
pronto volvería, dijimos hasta luego, quedando la escena de amor y
dedicación sellada en mi alma. Doña Lidilia camina entre montañas
todos los días para ir a bañar a doña Anabelle. Al despedirme le
dije: doña Lidilia, usted es una santa. ¿Yo santa? Respondió. ¿No
se ha dado cuenta?, le
pregunté. Pero es que de eso se trata ¿verdad? me respondió, de
caminar por el camino de la santidad.
viernes, 22 de marzo de 2013
La búsqueda diaria
Gilberto Quesada
Día
a día buscando formas y maneras que permitan una distinta realización
personal, más allá de la vida personal y profesional plena.
Algunas veces fue el canto, otras el teatro, la
literatura, el periodismo. En esa búsqueda aparecieron espacios que
parecían aptos para realizar sueños, pero al tratar de encontrar en
ellos lo que tanto anhelaba, la insatisfacción obliga a la deserción.
Se hicieron cortos los espacios sin
encontrar alguno que llenara ese vacío, hasta que al final del día se
llega a una conclusión que se fue formando en la cabeza: para llenar el
interior no se puede buscar fuera de este lo que se lleva por dentro,
más bien se debe permitir externalizar todas las cosas que han estado
reprimidas y entender que el pasado ya no cuenta, que el presente es
demasiado corto, y que solo una proyección en el futuro es lo que puede
dar sentido a una vida, aún después de muertos.
Se impone construir un legado que se pueda
compartir tanto con las generaciones presentes como las del futuro,
entendiendo que si se logra, excelente; sino, hay que seguir buscando
hasta lograrlo. Con perseverancia y esfuerzo todo se puede lograr.
Un día en La Violeta
Cielo
Solórzano
Los
días que merecen la pena son aquellos en los que la rutina
desaparece por completo, y en su lugar viajás a otros
sitios, otras gentes, otras costumbres, otros aires.
Mi
día en la Violeta, un bello y pintoresco poblado de Frailes de
Desamparados, empezó temprano. El sol irradiaba por la ventana de mi
cuarto. Hacía frío. No había ruido de carros, ni televisión, ni
radio, solo el dulce sonido de un sartén en la cocina de leña y el
añorado aroma de café recién chorreado y tortillas recién hechas.
Mi amiga Gretel salió a mi encuentro apenas se dio cuenta que me
había levantado. Con preocupación me dijo “pero anoche se me
olvidó mencionarle que no tenemos agua caliente, ¿le caliento
agua?” Tanta amabilidad, tantas atenciones me sobrecogieron. La
noche anterior habíamos pasado un rato muy ameno y entretenido con
Gretel, sus hijas, su hijo y su esposo. Gente muy cordial y
cariñosa. Estuvimos viendo fotos de todos los acontecimientos
familiares hasta altas horas de la noche.
Después
de un baño caliente y un delicioso desayuno, salimos a disfrutar
de la hermosa vista. La casa está en la cima de una montaña,
rodeada de cafetales. Los cafetos maduros esperan ser recogidos.
La huerta con olor a lechugas, albahaca, culantro, apio me trae
recuerdos de la huerta que tenía mi abuela en el patio de su casa.
Poco a poco llegan personas alegres, llenas de esperanzas. En el
potrero, cerca de la casa, empiezan a arreglar un espacio porque la
misa dominical va a celebrarse ahí mismo. Después de la misa
comenzará el concurso de novatos cogiendo café. Pero mientras
esperamos a que lleguen todos los concursantes, comienzan los bailes
típicos, la música invade la montaña, los cafetales, la huerta.
Con el cielo como cobertizo y el olor a café maduro, un silbato
anuncia que el concurso se está iniciando. Nos ponemos los canastos
en la cintura y comienza el conteo, las porras y la fanfarria. Diez
minutos eternos jalando las ramas y tratando de recoger la mayor
cantidad de granos maduros sin lastimar la planta. Sin granos verdes
gritaban los organizadores… ahora tienen 5 minutos más para sacar
hojas y granos verdes. La cimarrona cada vez aumentaba el volumen,
los aplausos y las emociones estaban a la orden del día. Y el
anuncio llegó, tercer premio, segundo premio y el primer lugar.
Después, a celebrar el triunfo con un almuerzo de cafetal con arroz,
frijoles, picadillo de papa y torta de huevo con tortilla. Al abrir
el almuerzo envuelto en hojas de plátano nos deleitamos con el aroma
a achiote, cebollita y a hoja. Por supuesto que el almuerzo de
cafetal venía acompañado de una humeante taza de agua dulce. Los
bailes típicos continuaban y todos nos
dispusimos a bailar también con las expertas bailarinas. Reímos y
bailamos hasta el cansancio. La fiesta se iba terminando, nos
despedimos con abrazos y promesas de volver, no sin antes recibir un
canasto lleno de lechugas, apio, cebollas, culantro y albahaca
fresca. Pero lo mejor del día fue compartir con tantas personas
su afecto, su cariño y su alegría. Este día va a estar siempre en
mi corazón. Y el premio, una pintura de un cogedor de café con su
yunta de bueyes, estará siempre colgando en la pared principal de mi
dormitorio para alegrar todos mis despertares.
De Justo a plumero
Maurren Hidalgo
El pasado 30 de mayo del 2012 un usuario de la Nación en Internet le pregunta al Diputado Justo Orozco quien asumiría al día siguiente la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos del Congreso lo siguiente: "Don Justo, (...) ¿que haría usted si tuviera un hijo o un nieto homosexual?", "Ya mis hijos son adultos y ya soy abuelo y están casados; con los nietos, que Dios me libre de eso" , respondió el líder del grupo de legisladores a cargo de definir si en el país se aprobaría o no la unión de personas del mismo sexo.
Esta declaración en un chat con la Defensora de los habitantes la señora Ofelia Taitalbaum, abrió una caja de pandora. Don justo se declaro cristiano y rechazo que sea homofóbico. Sus palabras textuales fueron;
“La homofobia es un mito, la discriminación real contra homosexuales no existe dado que, como ya mencioné antes, gozan de todos los derechos fundamentales como cualquier ciudadano. La intolerancia se da cuando se ataca sistemáticamente sin argumentos a un individuo o a un grupo, la defensa firme de los valores no es homofobia ni intolerancia, es razón.”
El 20 de Febrero del 2013, propone a la Asamblea Legislativa que se declare de Interés público, y que visite el congreso el doctor Jokin de Irala, quien dice tener la cura de la homosexualidad:
“Me encantaría que el doctor llegue a la Asamblea Legislativa. Tiene una visión muy compatible con lo que nosotros pensamos y, si se diera la oportunidad, haríamos todos los esfuerzos”, manifestó el diputado Orozco.
Para el legislador de Renovación Costarricense, “en las relaciones homosexuales sí se ven malas consecuencias”.
“En realidad, las membranas del ano no están preparadas para que se les introduzca nada, y al ser penetrado, se da incontinencia fecal, eso es lo que yo he leído en enciclopedias y revistas; pero yo no lo he vivido”, manifestó Orozco.
La invitación despertó el rechazo de la diputada del Partido Acción Ciudadana (PAC) Carmen Muñoz, quien pidió impedir la entrada del médico español a la Asamblea Legislativa.
La eventual visita es motivo de rechazo, puesto que, según Muñoz, el galeno califica la homosexualidad como un “trastorno del desarrollo humano” y que puede curarse con “terapia especializada
Minutos después de que diera estas declaraciones en la Asamblea Legislativa . En una entrevista que le hizo Canal 7, refiriéndose a la visita que haría el doctor Jokin de Irala a la Asamblea Legislativa dijo “ Si no se declaran así y no se les ve el plumero uno no sabe quiénes son”. Esto causo gran revuelo en redes sociales al punto que se le pidió la renuncia a la Comisión de Derechos Humanos.
Por lo que el pasado 27 de febrero el Diputado Justo Orozco, pidió disculpas en el Plenario de la Asamblea Legislativa, por estas declaraciones “En realidad veo que una gente insiste en que los he ofendido, yo no he ofendido a nadie. Yo le pido perdón solo a Dios, pero si un grupo de ciudadanos se sienten afectados, nada cuesta. De verdad que eso dignifica”, comentó el legislador. La decisión de Orozco vino después de conversar con varios de sus compañeros legisladores y además con el comité ejecutivo de su partido, que él mismo preside.
“Soy un ciudadano común. Lo que hice fue utilizar los términos del pueblo”, insistió el diputado. Justo Orozco aclaró que no es pastor, como han dado en decir algunos sectores a raíz de la polémica.
Eso sí, el congresista dijo que no va a dejar la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos, que tuvo en agenda el proyecto de ley de sociedades de convivencia.
Pero el diputado no solo ha causado polémica por esta frase sino por estas otras
Justo Orozco, acerca de la comunidad LGBT.
Una plegaria, un iniciar
Sergio Regidor Mattey
Es tan placentero ese frío que de aquel lado proviene y que dentro
de él encuentro la cálida conspiración de un amigo, que se distrae
de su matutino caminar y como si contáramos con un acuerdo previo,
se entremete por las tan bien frías estructuras de la casa, y sin
hacer ruido, sigilosamente entra al cuarto por el espacio que separa
la base de la puerta y el piso de madera, una hendija a lo largo del
ancho de la puerta, que no tiene la menor protesta en detener o al
menos aminorar, la velocidad de ese hálito de viento y sin más,
permite el paso del frío que conociendo su objetivo, sube a la cama,
asiéndose de cobijas y almohadas que a un lado del lecho, han ido
cayendo conforme ha avanzado la tregua del alma y el descanso del
cuerpo, tan solo al compás de las manecillas del reloj que
insoslayablemente, cumplen con la rigidez del orden eterno, y tras un
segundo, un minuto, una hora, han consumido una noche nueva y ahora,
a su pauta, permiten que nazca la madrugada, niña recién nacida que
no llora, sino que solo palpita dando testimonio de su vida y que es
cálidamente abrasada, por una energía que desde oriente, anuncia el
advenimiento de una estrella de amor y pasión, emisaria de la gracia
de Dios.
En este cosmos, en este infinito finito, organizan los pajarillos y
las aves con sus coros, una tenue y clara sinfonía, que aviva a los
vientos y atempera termómetros, tiñendo la atmósfera de matinal
música, viva en acordes armónicos que en suma, es todo un
concierto, con el que dichos seres atavían el amanecer, engalanan y
embellecen la creación, incorporando en sus tonadillas y cantinelas,
el llamado a los seres humanos, máxima criatura de la creación
divina, a dar gracias a Dios por la vida, como ellos en sus trovas y
coplas, lo hacen. Estos canturreos, luego de asegurar el abrigo de mi
esposa y el mio propio, me motivan a articular mentalmente un
agradecimiento al ser supremo, por este frío que me invita a buscar
el calor y la ternura del ser que por su designio me acompaña y así
elevo mi oración matutina, la cual espero que entre las baladas e
himnos de las aves, llegue al Señor y que sea tomada en cuenta, como
lo son los salmos de las aves y pajarillos.
lunes, 4 de marzo de 2013
Como el rosal
Lia Ferreto
Un
pequeño aguacero de verano y mi rosal sin pudor, ni tampoco
enojo, formó sobre el pasto una delicada alfombra de pétalos
rosados....
Miraba
yo por la ventana esas plantas de rosa que esta mañana lucían
ramos perfumados de flores de un tono rosado pastilla, unos ramos tan
cargados que daba gusto mirarlos y que ahora, esparcidos y bañados
por la lluvia, brillaban en el suelo. Imaginaba el proceso en que el
agua al caer con viento y fuerza,doblaba sus largas ramas y provocaba
que esa alfombra de pétalos se hubiera formado en tan poco tiempo.
Si
yo fuera rosa, pensaba en mi contemplación, desearía que mis flores
perduraran colgadas de las ramas, me sentiría dichosa cuando esas
personas que pasan frente a la casa, aminoran sus pasos y suspiran
mirando mi exuberante belleza. Algunas se detienen y comentan en voz
alta, cómo me veo de hermosa, y también algunas sin dudarlo, miran con
ojos que delatan celos y tal vez envidia; envidia por la persona que las
cuida y que de seguro vive en esa casa, y talvez pensarán, si sabrá
la suerte que tiene, lo afortunada que es de tener en su jardín esas
plantas.
¿ Qué
de diálogos internos tendrá el rosal que observo ? Conocerá sin
duda a todas las personas que entran a mi casa. Sabrá del amor que
las acoge, cuando cruzan el umbral y entre risas y parloteos, saborean
un te sentadas en la sala, compartiendo conmigo sus vidas, sus
vivencias sus angustias, sus triunfos y también sus
desaciertos. Tendrá la sabia inteligencia de saber cuales son
portadores de bondad y gentileza, y cuales otros arrastran entre sus
almas y sus brazos, sentires un tanto retorcidos, emociones y
pensamientos que no corresponden a sus sonrientes rostros.
Que
de conocimientos venidos de otros mundos y de otras dimensiones tiene
mi rosal. El sabe la sutil diferencia entre el estar y
el ser. No tiene prisa, nada lo sobresalta.
Cada
mañana, antes de que amanezca, mueve sus ramas y se llena de hojas y
capullos, desarrolla una dulce danza, y los pajarillos que por ahi
descanzan, alzan también sus alas invitados por aquella llamada que
la vida susurra entre sus ramas. Impasible, mi rosal ya canta y al
apuntar los primeros reflejos de luz que se filtran entre las casas, muestra el perfecto equilibrio entre lo que fue la noche y su
misterio, y la claridad del día que apenas nace.
No
tiene noción de la vida y de la muerte. Ninguna idea de cómo pasar
el día, ni cómo manejar las posibles circunstancias de un tiempo que
llegará en aquella idea que tenemos los humanos sobre eso llamado
mañana. Vive su eterno hoy, su bello ahora.
Si
hace tanto sol, se esmera en cubrirse de flores, como una forma
divertida de cambiar su apariencia, y manda a través de sus
ramas mensajes de amor, algo así como: a ver, a ver, es tiempo de
verano, es maravilloso vernos los brazos llenos de rosas. Yo las amo, no
tenemos mas razón de ser que florecer con mas gana. Y obedientes
todas sus ramas, sus brazos y sus manos, como en una apuesta a ver
cual gana, se llenan de flores y mas flores, de capullos y de brotes, señal perfecta de conseguir una floración por toda la temporada.
Y
si es tiempo de lluvias, ella descansa. Mis manos amorosas y las
tijeras, con tanto cuidado cortamos sus ramas justo cuando la luna
decide menguar, porque de los que siembran la tierra, recibí sus
enseñanzas. Y le hablo y le explico, mira: es tiempo de lograr
nuevos retoños, te quito las ramas florecidas, te alimento cada
semana, y cuando quieras, me muestras si todo éste cuidado te ha
gustado. Pero el no responde a mis palabras. Sabe sin necesidad de que
yo le hable, que otro ciclo termina y que otro ciclo comienza.
Y
hoy, soltó todas sus flores, que curioso, pensaba yo. No está
triste, no llora, no se lamenta, ni siquiera se debate entre si quería
mantener sus flores o mirarlas ahi desparramadas.
Miraba y pensaba, en los miedos que nos roban el sueño, esos que me
despiertan sudorosa, sobre eventos que no han sucedido, sobre cómo
resolver la vida que aún no hemos conocido. Y el miedo a perder a los
que tanto amo, mis hijas y mis nietos, a la muerte en todos sus
matices.Yo deseaba encontrar la forma de sostener mi mundo donde nada
se moviera, estático e interminable. Saber con certeza cómo será el
mañana, de que viviré, con quíen y dónde. Si lograré finalmente
ser feliz, si conoceré esos lugares de encanto y magia, que mi yo
adolescente imaginaba. Pero el rosal seguía imperturbable, diría
que feliz y agradecido de mostrarse por un momento florecido y luego, refrescado por la lluvia y bendecido, sabe con certeza que la vida es
un continuo nacer, morir y nacer de nuevo, y que si ahora sus flores
han caído, mañana o no se cuando, volverá a brotar de nuevo.
Pensaba en las mujeres, las de mi familia, las que he engendrado, en las
amigas, en tantas que he conocido. Pensaba en la fuerza que tenemos
dentro, muy dentro de nosotras. Una fuerza para tantas desconocida, una
fuerza mutilada, maltratada, ultrajada, tantas veces
cuestionada, reprimida y casi, casi asesinada. Para tantas mujeres es
una fuerza de algo dormido, que hablar de ello, saca lágrimas de
asombro de dolor, de no saber que existe, de no creer que aún está
vivo. Pero está presente en cada mujer, y en unas muy pronto, en otras
al ocaso de sus vidas, esa fuerza escucha su llamado y ya, nunca
volverá a tener calma, hasta que logre sobreponerse a todo lo que se
había confabulado para mantenerlo controlado.
Es
como el tiempo de las lluvias, dormido.
Pero
el llamado, igual que el rosal que ha descansado, comienza a moverse
dentro del alma de esa mujer. Y la fuerza, encuentra cómo desatar sus
nudos, y se mece, suave, cadenciosa, y se une al ritmo que surge del
alma de muchas otras mujeres, que la ayudan a despertar, a caminar, a
recobrar lo que siempre ha sido suyo y de todas nuestras
antepasadas, de todas las mujeres.
Podríamos
ser como el rosal, que deja ir sus flores y no teme ni sufre.
Se
sabe protegido, conoce su fuerza interna, respeta sus ciclos. Vive en
armonía con todo lo que es, no tiene prisa, ni presta oídos a todos
esos que comentan si tiene flores o está dormido.Siente gozo ante el
sol y ante la lluvia.Vive agradecido.
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