Llegó el extraño esa extraña mañana golpeando la puerta y balbuceando en un extraño
idioma, que extrañamente yo entendía. Le abrí la puerta con extrañeza y sus extraños
ojos me miraron con una mirada oscura y extraña.
Así comenzamos una larga y extraña relación en la cual no era nada de extraño que cada
uno extrañara al otro todo el tiempo.
Nuestros cuerpos con el tiempo empezaron a tener extrañas modificaciones y
extrañamente comenzamos a parecernos. A nuestros amigos les extrañaba nuestras
similitudes y a los desconocidos en la calle les extrañaba nuestra apariencia.
Así, aunque parece extraño, fuimos haciéndonos extrañamente idénticos.
Un extraño día decidimos irnos al mundo de los personajes extraños para que nadie nos
mirara como extraños, pudiéramos conversar en idiomas extraños, amarnos todos
extrañamente y sentir una inmensa y extraña felicidad.
Me dije con extrañeza, ¡qué extraño sueño!
Ingrid
lunes, 4 de noviembre de 2019
jueves, 31 de octubre de 2019
Estos ojos
Estos ojos (“These eyes” de The Guess Who )
These eyes
cry every nights for you.
These arms
long to hold you again…
long to hold you again…
Era un adolescente, a pesar de
llevar encima casi dieciocho años, sin embargo se negaba a crecer y conocer lo
que un vasto mundo, más allá de las canicas y los trompos ofrecía.
Cursaba el cuarto año del
Liceo de Costa Rica y era feliz, pero era más feliz cuando cada tarde, al
regresar a casa, después de colgar o tirar por ahí el gris uniforme, se divertía
jugando chocolas, de panza o de cuclillas, sin importarle en lo absoluto lo que
pensaran los mayores, era feliz recogiendo las translúcidas canicas de vidrio
que dejaban pasar a su través, la luz
mortecina del atardecer y que ganaba con habilidad. Era un buen jugador y sus amigos,
la mayoría, menores que él, solían respetarlo.
Una dorada tarde, viniendo
desde el sur, contempló una joven mujer
que venía hacia ellos. Caminaba como una diosa, con su rostro serio y dulce a
la vez, mirando al frente, sin mirar. Movía sus gráciles brazos alrededor de su
delgada cintura y sus largas piernas morenas, firmes y relucientes, limitadas por una preciosa minifalda, le dejó boquiabierto, atónito, lejano y
ausente. Cuando se recuperó del lapsus, la chica había ingresado a la vivienda
que estaba frente a la suya, a la que recién se había trasladado a vivir con su
familia … el juego había terminado.
La chica ni siquiera advirtió
su presencia, para ella era un mugroso mocoso jugando con otros mocosos, igualmente mugrosos.
Esa noche no durmió bien, su imaginación
le dotó de alas y lo elevó al espacio de la fantasía. Voló a los lugares que
conocía y le eran amados, tomado de la
mano de aquella preciosa mujer. Esa noche dejó de ser niño, cruzó el odioso
proceso de la adolescencia sin darse cuenta. Esa noche había descubierto a la mujer
que, si hubiese madurado un poco antes, habría sido la mujer con la que habría
envejecido.
Esa noche descubrió el
mensaje oculto de las románticas canciones de los Beatles y entendió el sentido
de la palabra “amor”. Estaba enamorado.
…………
Al día siguiente, somnoliento
y apresurado, salió de su casa hacia el Liceo y en el trayecto entre su casa y
la de su nueva vecina, se encontró nuevamente con la damita con la que soñó la
noche anterior.
Esta vez, ella sí advirtió en
él, le miró con su desgarbado uniforme . ¡Un liceísta¡ exclamó. Su mirada se encendió como
una antorcha y su sonrisa fue un alegre velero en alta mar.
Transcurrieron los días y las
canicas quedaron en el cajón de los recuerdos, ahora su alegría era atravesar
la calle y tocar la puerta de su amada, que recién había llegado de la
universidad.
Con ella aprendió el interesante
juego de los besos de menta y también, el cálido rubor de la pasión. Ella le abrió
los ojos al mundo, pero sobretodo, al amor.
……….
Un día, durante una
conversación saltó de la boca de la chica, un comentario que tenía a flor de labios
y que no tenía mayor trascendencia; fue
un comentario relacionado con el interés de un muchacho del barrio, mayor que
él, que tenía interés en ser amigo de ella. Para él fue un frío metal en
su alma y le dijo, sin pensar lo que decía, que estaba bien, que lo conociera,
que él se apartaba. Pero en su corazón, aquello fue una herida que lo marcaría para
siempre.
Pasó una semana, quizás dos y
la relación se reanudó de nuevo, pero nunca fue la misma.
Durante esas semanas, su mente buscó
refugio en otros brazos y en las baladas de desamor y angustia y una de ellas
se entronizó en su alma, desde entonces y para siempre.
Las notas de aquella melodía resuena
en sus recuerdos con ternura. “Estos ojos lloran todas las noches por ti. Estos
brazos anhelan abrazarte otra vez…
Carlos Rojas Vargas
13/10/2019
Cantando al sol
Patricia Allen
Hace 10 años murió la negra. Diez largos y rápidos años. Miro la noticia y tintina uno de mis
himnos. Tantas veces me mataron, tantas
veces me morí…Ella, la mayor de una gran familia compuesta por una madre sumisa
y un padre arisco y seco, buen proveedor y alcohólico, una tía, una abuela y
once querubines.
Tenía
solamente 12 años. Por azahares de la
vida y ser la mayor le endosaron el cuido de sus hermanos. Su madre, soñó con estudiar medicina,
solamente terminó la primaria. Sabía
coser bien y lo convirtió en su fuente de ingresos. Trabajaba para alguien en algún elegante sitio
de modas en San José, aunque su paga no era buena. Cuando se emparejó, él le regaló una máquina
de coser para que se independizara. La
máquina, con los años y el matrimonio, se utilizó para confeccionar la
vestimenta de sus cuantiosos hijos. En
ese tiempo y ahora, se diría, solamente era ama de casa. Sus jornadas iniciaban a las 4 de la mañana y
terminaban a media noche.
Afortunadamente, ella no trabajaba, se dedicaba solamente a la familia,
tal y como se espera de una buena mujer.
Tenía
solamente 12 años. De nuevo la canción
suena y va dominando el ambiente “gracias doy a la desgracia y a la mano con
puñal porque me mató tan mal y seguí cantando…”. A sus sesenta años llora desconsolada ante
sus hermanas menores y pide disculpas por los errores cometidos. No sabía cuánto daño había causado y la culpa
la mataba. No estaba preparada para la
responsabilidad de cuidar a sus hermanos cuando su madre se ausentaba los fines
de semana para acompañar y cuidar a su marido alcohólico en los viajes de
negocios. Al principio, alguna de sus
hijas mayores lo acompañaba. Sus viajes
eran un viacrucis en todas las cantinas.
Sus hijas corrían riesgo, la madre decidió acompañar al marido y dejar a
su hija mayor a cargo de la marimba.
Tenía
solamente 12 años. El futuro se lo pintaron
particularmente restringido. Mirando el progreso
de sus hermanos y hermanas siempre consideró que era la tonta de la
familia. Vuelve de nuevo la negra “Tantas veces me borraron, tantas
desaparecí, a mi propio entierro fui, sola y llorando. Hice un nudo del pañuelo, pero me olvidé
después que no era la única vez y seguí cantando…” Una vez terminada la secundaria su padre le sentenció
sus dos opciones de estudio: secretaria o maestra. Ni a putas iba a ser secretaria de nadie,
seré educadora. Y así fue.
Tenía solamente 12 años. Se
convirtió en una mujer preciosa, reina de la famosa Feria de las Flores en esa
época. Perseguida por muchos jóvenes y
novia de un gran prospecto, como se diría un partidazo. Guapo, de familia, con dinero y con futuro. Todo resuelto. Pero no se casó con él. ¿Con quién entonces? Un fulano que no tenía un cinco pero que la
hacía reír y olvidarse de su cruda realidad.
Compañero de estudio de su hermana, cada vez que visitaba la casa, al
despedirse le decía a la madre: guarde una para mí. Regresa la negra cantando “Tantas veces te
mataron, tantas resucitarás cuántas noches pasarás desesperando. Y a la hora del naufragio a la de la oscuridad
alguien te rescatará, para ir cantando.”
Tenía
solamente 12 años cuando fue violada. A
los 30 años de casada se envalentonó y contó por primera vez lo sucedido a su
marido y tal vez, unos 15 años más tarde a su hermana menor. Ella quedó perpleja y como paralizada. Por un momento no supo que decir, luego abrió
mucho los ojos y sin siquiera pestañear, muy lentamente preguntó: y… ¿quién
fue? Y en un susurro tembloroso agregó,
no me diga que fue papi…y el silencio se hizo eterno. Para cuando lo contó ya el violador había
muerto, un primo protegido por su padre y criado junto a ellas. Y como diría la negra “Cantando igual que sobreviviente que vuelve de
la guerra”.
Solamente tenían 10 y 11 años. Había
otras dos hermanas, casi de la misma edad, entre sus cumpleaños mediaban
solamente nueve meses. ¿Pasó lo mismo? En una reunión de hermanas se lanzó la
pregunta, una dice que podría ser posible y la otra que si pasó no se
acuerda. Tantas veces me mataron tantas
veces me morí…y a mi entierro fui sola y llorando… pero me olvidé después que
no era la única vez y seguí cantando.
Extrañas situaciones
Xinia Oviedo
Octubre 2019
Sin
formar parte de mis planes futuros, se me presentó la oportunidad de
poder irme a trabajar a un consulado en la ciudad de Bremen en
Alemania. La decisión no fue fácil ya que en ese momento mi
conocimiento sobre el país, sus costumbres y especialmente el idioma
eran igual a cero. Después de varias conversaciones con quien sería
mi futuro jefe me convenció de las ventajas que tendría para mi
poder hacer esa experiencia y al final acepté.
Inicié
los preparativos del viaje que en aquel entonces no fue tan fácil,
ya que no había la posibilidad de volar directamente desde Costa
Rica y tuve que tomar un vuelo a México. Ahí tuve que permanecer
varios días hasta poder abordar un vuelo de Lufthansa que vía
Canadá me llevaría a Alemania. El inicio de ese viaje ya fue todo
un choque con situaciones extrañas y nuevas para mi. Aunque no era
la primera vez que salía de Costa Rica, si fue mi primer viaje sola
donde tuve que afrontar momentos complicados: otros idiomas,
tecnologías desconocidas, comidas diferentes, la sensación de estar
perdida en medio de ambientes totalmente nuevos y demasiado grandes
en comparación a lo que estaba acostumbrada.
Al
llegar a Alemania y después de admirar la ciudad tan bonita en la
que me desempeñaría en adelante, el primer paso fue buscar un
abrigo ya que a pesar de la época veraniega y de los días soleados
sentía mucho frío. No fue fácil encontrar un abrigo en verano,
pero lo pude obtener y con él me sentí muy confortable aunque el
color no me gustaba mucho ya que parecía la caperucita roja.
Tres
días después de mi llegada empecé a trabajar! Qué difícil
empezar por conocer el manejo en el tranvía, el susto de bajarme en
una estación equivocada, la llegada a la oficina, conocer a los
compañeros de trabajo y cuáles serían las tareas que tendría que
realizar. De repente otro torbellino de sensaciones nuevas: sólo
oía hablar en alemán sin entender nada, pero me fue presentada la
compañera con la que compartiría mi lugar de trabajo y por suerte
ella hablaba bastante bien español y desde el primer día nació una
bonita amistad entre ambas que se mantiene hasta la fecha. Poco
después llegó el jefe quien se encargó de presentarme el resto del
personal y noté que era objeto de observación ya que mi forma de
vestir y de arreglarme se diferenciaba mucho del de mis compañeras.
El
verano pasó dando lugar a la entrada del otoño, otro golpe para mi
ver como cambió en forma tan radical el medio ambiente. Los árboles
se quedaron sin hojas, los jardines llenos de color con tantas flores
quedaron vacíos, todo era gris, triste y una neblina constante
invadía la ciudad. Una enorme tristeza me invadió luchando con la
idea de querer regresar a mi país, pero superé la nostalgia y
seguir hacia adelante.
Poco
a poco fui asimilando la avalancha que me caía encima de tantas
cosas nuevas, especialmente aprender lo más necesario del idioma y
con el transcurso del tiempo lentamente me fui adaptando al nuevo
sistema de vida y así logré prácticamente iniciar una nueva vida y
superar lo que al principio fué todo una ramillete de situaciones
extrañas.
jueves, 17 de octubre de 2019
Libro que divulgamos en el 2018 Nudos Sueltos
https://piam.ucr.ac.cr/sites/default/files/documentos/Nudos%20Sueltos.pdf?fbclid=IwAR3z0RMPXCLtalXIF4eaGajITFQf-CHRWUgKbko-6ALlFMkFZgh3AgqfTWk
https://piam.ucr.ac.cr/sites/default/files/documentos/Nudos%20Sueltos.pdf?fbclid=IwAR3z0RMPXCLtalXIF4eaGajITFQf-CHRWUgKbko-6ALlFMkFZgh3AgqfTWk
lunes, 12 de noviembre de 2018
Llegué de Primera ...
Inicié la frenética carrera
por la vida
logrando llegar de primera
quedamos diez finalistas
seguí de primera
venciendo obstáculos por doquier
logrando llegar al lugar
Y hora perfectas
Nueve meses
en el maravilloso cosmos
llegó el momento de
de dejar ese universo.
Nooo , estoy bien aquí,
no no y no
me resisto a dejar este lugar,
más de pronto todo me empuja
pasando por un estrecho canal
siento mi primer dolor
y sin quererlo ...se acabó.
Por primera vez
siento frío , siento hambre
y se oye mi primer reclamo
un grito fuerte
Más los brazos amorosos
de mi madre me esperaban ,
para acariciarme como lo hizo siempre.
Tarea : alguna parte del cuerpo.
Marta Hernández Mendoza.
12_11_2018.
martes, 30 de octubre de 2018
patitas son de algodón
Duermo. Si
me llego a despertar por el sonido furioso del viento o por esa lluvia insistente
que cae fuertemente sobre mi techo, alargo mi mano y las encuentro, ahí cerca
de mi cuerpo acunadas bajo su tibio manto de blancos pelos. Las siento
calentitas, dulces y tiernas, reconfortando mi alma anhelante sin
restricciones. Se me permite sostenerlas por un rato no tan largo como deseara,
pero de igual forma me deleito con sus particulares formas. Los largos deditos,
que culminan en uñas filosas que al caminar por las veredas, se gastan
justamente evitando arañarme cuando juega conmigo. Parece que calza botas, con
el recorte del pelo justo encima de ellas, para que el barro o el polvo no causen
tanto desastre sobre mis muebles. Debajo tienen cinco almohaditas color
chocolate, que invitan a mis golosas manos a tocarlas y acariciarlas.
Su dueña, con santa paciencia reconoce que yo
tengo debilidad por jugar con esas patitas tan bellas. Cuando la llevo en
brazos caminando y llenándola de besos, sus patitas traseras van apoyadas en mi
mano, que sienten su tibieza como un regalo. Las delanteras van sobre mi hombro
en franco abandono. Y si la encuentro echada como una maja indolente en mi
cama, ella espera que yo empiece mi juego. Tomándole una le digo, ésta patilla
es mía, y ésta otra es de mami !! Y ante
la velocidad del cambio entre ambas, Lolita se emociona, moviendo su colita y
saltando de un lado a otro.
Esas patitas
son de algodón de azúcar, de canela y de queso. Y huelen muy mal le digo, entre
risas y besos. Realmente yo las amo, pero creo que Lolita ama mas aún que yo
juegue con ellas.
Lia Ferreto.
Octubre-2018
martes, 2 de octubre de 2018
Silencioso y soñador
Los
últimos de su vida, dedicó cada mañana durante un largo rato a
contemplar desde aquel gastado sillón, la magnífica vista que le
ofrecía aquel inmenso patio. Era en ese tiempo anterior al almuerzo,
donde con una copa de cognac, parecía divagar en sus memorias. Tan
suyas, tan íntimas. Parecía medio adormecido. Un silencio
expectante lo envolvía. Desde la ventana, le podía observar. Su
aspecto envejecido, distraído y pensativo. No hablaba con nadie, ahí
sentado en ese ritual cotidiano, que nos hacía sentir que lo
perdíamos, que se volvía intangible. Cubría su cabeza con alguna
de sus múltiples gorras, pues el frío se había convertido en su
mas temible compañía. Sus manos antes tan activas, manos de
artista, de fotógrafo, de pintor, resultaban ahora tan quietas pero
siempre bellas. Su copa de buen licor, que acercaba con deleite a sus
labios, se iba terminando entre pequeños sorbos. Fue siempre un
hombre estudioso. De su entorno, de la gente, de los peculiares
rasgos de los borrachitos, del alma gentil que descubría en todo
perro callejero que se acercaba sin remedio atraído por aquella
magia que solo ellos descubrían. Su voz y el llamado por el nombre
que a todos les adjudicaba; hola Wascar, les decía. Estudiaba la
naturaleza. Siempre empírico y autodidacta. Entendía las señales
del viento y de las nubes, amaba la fuerza de los volcanes y era un
apasionado de su comportamiento. Creía firmemente en la vida en
otras galaxias y aseguraba con entusiasmo saber cuales nubes
escondían sus naves y también de sus avistamientos.
Así
que no era de extrañar que amara sentarse en ese lugar diariamente,
en lo que parecía un rato de reposo cuando en realidad, estaba
llevando a cabo sus grandes descubrimientos.
Cerca
de los árboles había construido un comedero para los pájaros.
Frutas variadas colocaba ahí a una cantidad de avecillas que
llegaban a deleitarse. Sabía el nombre de muchas especies. Y de sus
vuelos y migraciones. En que época del año llegaban éstos, o
aquellos o aquel único ejemplar que ostentaba un majestuoso plumaje
tornasolado, entre rojos, azules, verdes y amarillos. Llegó a
asegurar que ese bello ejemplar en especial, era su amigo. Que hacía
mil sonidos diferentes para avisarle de su llegada, de sus aventuras
y de su alegría por el reencuentro. Él sabía interpretar sus
cantos y silbidos. Y salía presuroso cuando oía sin lugar a dudas,
las señales de su llegada. Sabía con precisión las fechas de su
arribo. También cuando debía continuar su viaje. Mucho se afligía
cuando se atrasaba pensando que un depredador hubiera terminado con
su vida.
Cuando
a los noventa y cinco años papá se fue a jugar entre las nubes,
aquellos amigos suyos de plumajes tan diversos llegaron hasta el
patio, saludaron entre múltiples cantos y silbidos y partieron
encumbrando sus vuelos hacia lo alto a rendir tributo a aquel que
tanto los había querido. Nunca mas regresaron.
Lia
Ferreto.
Setiembre
2018.
jueves, 27 de septiembre de 2018
Me gustan las casas viejas
Me gustan las casas viejas
porque en las arrugas del tiempo
han quedado escondidas
juguetonas risas de niños
que con el siglo crecieron.
Me gustan las casas viejas
porque aún se escucha
el tintinear de las ollas
en sus cocinas de leña
trayendo consigo el recuerdo de
bizcochos y pan crujientes
recién salidos del horno con
el inconfundible aroma del café.
Me gustan las casas viejas
porque en sus paredes guardan
suspiros y chasquidos de besos
de apasionados amantes jurándose amor.
Me gustan las casas viejas
que se han dejado abrazar
por bougambilias traviesas
que aprisionan con sus garras
las blancas y erosionadas paredes
depositando en su añejado
techo de tejas de desteñidos
ocres , bellos y frescos racimos
de flores rojas que dejan caer el rocío
silenciosamente en el tiempo.
Marta Hernández Mendoza
20 de agosto de 2018.
jueves, 6 de septiembre de 2018
El olor de los recuerdos
Una noche de
esas en que uno se tiende en la cama, con sueño y sin posibilidad de dormirse, me
preguntaba qué olor tendrían los recuerdos. Seguramente el insomnio hacía que
mi mente divagara sin reserva entre parajes guardados en pasadizos ocultos de
mi alma.
Pensaba en
los lirios de la abuela Cata, ramos rojos y rayados carmesí que se confundían
entre helechos y begonias. Su múltiple floración llenaba la vista de su alegría
tan espontánea. De seguro, la abuela y los lirios tendrían olores semejantes. O
eran aquellas especiales cajetas de coco y arroz crudo, que ella elaboraba con
tanto afán, llevándose a otros mundos su receta, tan sigilosa era cuando las
confeccionaba. Pero su delicioso aroma aún hoy me perturba. Jamás podría olvidar esa sensación al entrar a su
casa y saber que aquel día había cajetas.
Otro intenso
aroma que en mi niñez marcó eventos relevantes, era el aceite de oliva. No
había placer mas grande que ver correr aquel delgado hilo verduzco sobre una
ensalada recién preparada. Era un lujo que se permitía en mi casa de tiempo en
tiempo. Su característico envase de algún metal liviano, decía que provenía de
una remota España. Lo vi correr de forma abundante sobre la desnuda espalda de
mamá. Las generosas y fuertes manos de la abuela Cata, se desplegaban llenas de éste dorado líquido buscando aliviar
las graves quemaduras de sol , mientras mamá gemía llorosa . Fue mi primera
visita al mar, mi primer encuentro, logrando también registrar su ocre y salado
aroma que entraba por mi nariz, para que yo no olvidara su mágico encanto.
Aroma a mercado.
Yo amaba ir de compras tomada de la mano de mi madre. Aquel intenso aroma
inolvidable. Frutas, cebollas, papas llenas de tierra, hombres sudorosos que
nos mostraban sus tesoros, buscando atraer nuestra gula y delicia por esa
abundancia que tenía el Mercado de Cartago. Había de todo. No alcanzaba a ver
tanta variedad y mi escasa estatura, permitía al menos que yo fuera adivinando
cuál parte de ese inmenso mercado recorríamos. Pero sin duda mi parte favorita
era el área donde hacían tortillas palmeadas. Calientes, infladas, gruesas y
deliciosas, su aroma inconfundible hicieron que aún ame comerlas. Y llegábamos donde una
señora que yo adoraba. Ah, sus tortas de carne eran especiales. Hechas a la vista,
tenían un olor que detenía al mas valiente. Una salsa regada con derroche sobre
ellas, hacían que su sabor se intensificara y mamá reía al ver mis ojos golosos
y felices con aquel manjar que ambas disfrutábamos.
Mi gusto por
los perfumes empezó en mi adolescencia. Traídos de Francia decían sus envases.
Mamá los usaba y yo me deleitaba con ellos. Cada vez que recibía al finalizar el año, regalos de sus
alumnos, llegaban uno o dos y descubrirlos después de romper alborotada sus
empaques, era un gran gozo. Desde
entonces son mi deleite.
Cuando mis
hijas eran pequeñas, les compraba
papeles de carta que coleccionaban. Cada caja traía un estilo, un aroma, un
diseño. Había una complicidad amorosa entre nosotras. Sus perfumadas páginas grabaron entre mis recuerdos, mi juventud de
madre.
El aroma de
los cuerpos. Cuando muchas personas bailan en un salón de clase de danza, deja
en tu memoria ese fuerte olor a sudor. Es del esfuerzo, de horas de intenso
trabajo, de un placer infinito, de jornadas donde el cansancio se disuelve
entre la gloria de pasos perfeccionados. No es un olor que rechazas, sino que
es la huella que deja en el ambiente el frenesí de gente con muchos sueños.
Evoco es olor de un tiempo disfrutado.
Y mi
mascota. Meter mi nariz entre el pelaje suave y esponjado de Lolita quien
comparte mi cama, es mi nueva delicia.
El olor de todo su pelaje me cautivó el día que tan pequeñita la pusieron entre
mis manos. Ahí supe que teníamos un lazo
muy fuerte. Su pancita caliente, cubierta de besos necios tiene un dulce aroma
que me llena de paz y ternura.
Agradecida
con mi mente, al poder evocar tantas memorias olorosas a distancia, a tiempos idos y sin retorno, a
momentos de mi infancia con mi madre y mi abuela, a cosas gozosas que llenan de
lágrimas mis ojos y mi alma suspira al mirar tanto evento vivido, memorias con
olores que se disuelven como nebulosas de la vida que transcurre a veces veloz,
pero ahora muy lenta.
Lia Ferreto.
Agosto-2018.
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