martes, 25 de agosto de 2015
Un día espectacular.
A pesar de estar en las montañas y que el clima no se comporta igual que en otros sitios amaneció un hermoso día, claro y soleado. Eso si, era un día muy ventoso, el céfiro amenazaba y lo lograba muchas veces, quitar en sombrero o la gorra deportiva, a las personas que esperaban evitar con su uso los rayos ultravioleta del sol, estaba en las montañas rocosas en Estados Unidos.
Sentada frente al gran lago, vi de pronto una enorme ave que se dirigía al agua, parecía un águila por su tamaño y su fuerza, a la distancia lo veía de color negro con pintas blancas. El pájaro, sin dejar de volar, sólo metió las garras y salió con un pez entre sus garras, pero... que sucede?, el ave está dando vuelta al pez de manera que una parte quede bajo su cuerpo y la otra esté en la misma dirección de su pico. Hecho esto, el ave se aleja volando sin soltar su presa.
Mis amigos me dicen que es un águila pescadora se llama en inglés osprey.
Pienso, desde mi punto de observación que el ave no quiere perder velocidad por un pez que le interrumpe el favor del viento, pero como sea, ¡estoy sumamente asombrada!
Este lugar no deja de sorprenderme.
Olga Emilia Brenes
domingo, 7 de junio de 2015
Un personaje olvidado
El
lunes 6 de abril de 2015, después de salir de las clases de
periodismo, don Julio Solano Solano y yo como ya es costumbre nos
dirigimos a almorzar, pero, no a cualquier lugar, nosotros vamos a la
“Esquina de Lily” porque la comida que preparan es muy sabrosa
con un sabor auténtico, muy casero y con un trato ameno y muy
familiar.
Esa
esquina es más que una soda porque uno se siente como en su propia
casa; una vez degustados los alimentos, nos fuimos para San José a
tomarnos un cafecito en la ventana de las pupusas que queda frente al
antiguo Cine Omni, dónde, de pie uno mira como le echan el agua
hirviendo a la bolsa y chorrean el café.
¡Qué
rico y humeante, qué aromático y fresco café!, para acompañarlo
no puede faltar un delicioso enyucado con carne, una pupusa, una
empanada con carne, con queso o con frijoles, etc., los lunes nos
sirve para conversar sobre los cursos, las experiencias del pasado,
para recordar hechos, pasajes, lugares y situaciones ya vividas ¡oh
vendita memoria!
Ya
degustado el café, caminamos hacia el Periódico la Extra, ya eran
las 4 p.m. y al pasar por la esquina suroeste del Parque Central
vemos un hombre que camina lentamente apoyado en un bastón, lo
reconozco y le saludo, ¡hola! Se detiene y me responde el saludo, su
nombre Luis Fernando López Jiménez.
Lo
invité para que nos sentáramos sobre un pollo del parque,
cómodamente sentados los tres iniciamos un conversatorio sobre su
vida.
¿A
qué ocupación se dedicaba? --Mi profesión es el arte circense
que aprendí trabajando en múltiples circos como el Tihany, el Royal
Dumbar, Hermanos Gasca, Hermanos Vásquez y muchos más--.
¿A
qué edad inició esa actividad? --Apenas era un chico cuando
incursioné en la vida circense; en los circos aprendí de todo y me
convertí en un profesional porque realicé diversos tipos de
malabares y actos tan peligrosos como el del trapecio o vuelos que es
el acto cumbre del circo, es decir somos las estrellas---.
¿Cuán
peligrosos son los vuelos? ---Solo para que tenga una idea de lo
peligroso, debo decirle que conocí a cinco colegas que quedaron
invalidos por caídas del trapecio, el público piensa que por caer
sobre una malla no hay peligro, al contrario, el golpe sobre las
cervicales es tan fuerte que provoca lesiones que lo dejan
discapacitado para el resto de la vida—.
¿Qué
más hiciste? --Un día que nos encontrábamos en Chile y un
payaso se enfermó, ante esa situación el dueño del circo me pidió
que le hiciera el papel de payaso, acepté el reto y ante la
respuesta tan positiva del público, por accidente nació mi
verdadera pasión, desde ése día solo de manera ocasional no hice
el papel de payaso--.
¿De dónde
el nombre artístico? –Precisamente, a partir de dicha
presentación nació el nombre de “Chicharrón” el cual llevo
desde hace más de 50 años. Para conocer los pormenores y hasta el
mínimo detalle de la profesión, compartí experiencias con los
chilenos que son los más grandes payasos que hay en el mundo, de
ellos aprendí y recibí enorme conocimiento--.
¿Cuándo
llegó a Costa Rica? --Llegué el 1 de diciembre de 1970
procedente de mi natal Colombia.
¿A qué te
has dedicado en nuestro país? –Eran días duros porque en éste
país no había mucho ambiente para el trabajo de payaso, empecé a
amenizar eventos infantiles y poco a poco me fui abriendo un espacio
en el gusto y la preferencia del público infantil y sus padres--.
¿Otras
actividades? ---Fui el primero en andar en zancos, es decir, fui
el único zanquista que había en Costa Rica. Lo cual me confiere el
derecho de decir que fui el primero que incursionó en dichas
actividades de manera profesional-.
¿Qué pasó
después? –Al haber abierto una brecha me convertí en el
primer payaso profesional de Costa Rica, tanto así que pude trabajar
en la televisión en programas como: las Estrellas se Reunen al lado
de don Rodrigo Sánchez (Q.d.D.g.) quien era todo un caballero,
además de hacerlo en el Club Millonario Phillips al lado de otro
gran hombre como lo fue don Carlos Alberto Patiño (Q.d.D.g.),
asimismo trabajé con Luis Fernando Crespi y con la Tía Florita en
el Programa Recreo Grande.
¿Se acabó
la vida en circos? ---Qué va, eso es una pasión, uno lleva un
gusanillo dentro. En Costa Rica trabajé en varios circos que
llegaron al país y requirieron de mis servicios como payaso.
Además, usted debe recordar el circo que yo fundé llamado “El
Circo de Chicharrón y sus Estrellas” con él recorrí todos los
rincones del país---.
¿Es cierto
que Patiño no murió? –No diga eso, don Carlos iba para
Puntarenas y me invitó a que fuera con él; lamentablemente ése día
me salió una fiesta y no pude acompañarlo; usted sabe, yo vivía de
las presentaciones y no podía despreciar la plata. Lo doloroso fue
que el sábado recibí una llamada de su hijo, el Dr. Ricardo Patiño
quien llorando me comunicó la infausta noticia de la muerte de su
Sr. padre a quien le había dado un infarto---.
¿Qué
hiciste? ---Inmediatamente me puse a las órdenes de Ricardo y me
fui para el puerto para acompañarlos, qué dolor, qué tristeza, qué
pena, qué sentimiento de impotencia al ver el cuerpo inerte de quien
no solo había sido mi jefe, sino que mi amigo personal--.
¿Hubo gente
que te ayudó? ---Fueron muchas personas entre ellas una dama
extraordinaria como lo es doña Olga Cozza viuda de Picado, ella como
dueña de Teletica Canal 7 me abrió las puertas porque es una mujer
de un enorme corazón, muy solidaria y humana.
¿Otras
personas? ---Siendo Presidente de la República Luis Alberto
Monge Alvarez, me envió al Instituto Nacional de Vivienda y
Urbanismo (INVU) donde me adjudicaron una casa ubicada en Kurú de
Goicoechea. Esa casa la fuimos pagando hasta un día en que José
María Figueres Olsen llegó a realizar una plaza pública frente a
mi casa. Al verme me dijo, ¡diay hijueputa qué estás haciendo
aquí!, le respondí vivo en aquella casa que estoy pagando al INVU y
me respondió ya no pague más, yo me voy a hacer cargo de la deuda y
te la voy a cancelar--.
¿Cumplió?
---Claro que sí, José María Figueres pagó el saldo y nos
liberó la hipoteca. Debo decirle que su papá y yo fuimos muy
buenos amigos, al punto que el saludo que él me hizo fue igual que
cuando me encontraba a don Pepe quien me decía ¿cómo está
hijueputa?, la amistad con don José María Figueres Ferrer
(Q.e.p.d.) me llenó de mucho orgullo, cuando llegué a Costa Rica él
era el Presidente de la República, por eso, yo conocí a Chema
cuando apenas era un joven---.
¿Chicharrón
es casado? ---Desde luego, tengo una gran y santa esposa, tengo 6
hijos de los cuales 3 son colombianos y 3 costarricenses, tengo 17
nietos y 6 bisnietos---.
¿Estás
enfermo? --- Me dio un derrame y además tengo una hernia en un
testículo que debo operarme---.
¿Estás
pensionado? --- ¿Quien le ha dicho?, es lo que no he podido
lograr; por más gestiones que he realizado no me la han querido
otorgar, una pensión me ayudaría mucho a mis 72 años porque me
permitiría tener una mejor calidad de vida. Usted sabe que ya uno
viejo tiene otras necesidades y las enfermedades se vuelven muy
amigas de uno, eso hace que las necesidades crezcan---.
---A mi edad uno
requiere de más chequeos médicos, como por ejemplo, el tacto rectal
para revisar la próstata. ---A propósito de próstata, “un día
entre dos doctoras me hicieron el tacto rectal y como me quedé
quietito, una le dice a la otra, doctora, éste paciente si colabora,
yo le respondí no es que colaboro es que me está gustando”, todos
soltamos una carcajada y ahí se terminó el examen---.
Después de 45
minutos con ése hombre que muchas veces con sus ocurrencias y sus
chistes nos hizo reír a más no poder; quienes peinamos canas
recordamos con gran cariño al artista que con sus vestimentas
extravagantes, maquillaje excesivo y sus pelucas llamativas, hizo que
nuestras vidas se vieran llenas de humor, claro de ese humor blanco,
en algunos casos rojo, pero sin caer en la chabacanería y la
vulgaridad tal y como sucede hoy.
Recuerdo
que cuando uno veía a alguna persona con los zapatos grandes le
decía te pareces a Chicharrón, en alusión al payaso que usaba unos
enormes zapatones. Para finalizar, le doy las gracias a Luis
Fernando, por haberme presentado y a la vez permitido conocer al
admirado y siempre recordado Chicharrón, que Dios bendiga a ambos.
Ricardo
Jiménez García
PIAM,
carné AS-0426
Azulito
Despuntaba
la década de los 60s y en San José apenas se empezaban a
vislumbrar algunos cambios, estaba en construcción la autopista
Wilson, hoy Bernardo Soto que nos llevaría hasta Alajuela y
viceversa, a pesar de todo, el puente sobre el Río Virilla no tenía
problemas con la ya reconocida, famosa y aun no galardonada platina.
Daba
inicio el ensanchamiento de la Avenida Segunda, hoy bautizada con el
nombre del Libertador y Benemérito de la Patria Juan Rafael Mora
Porras (don Juanito), ya se contaba con el tramo que iba desde el
costado oeste del Hospital San Juan de Dios, hasta la Cañada, es
decir desde calle 14 hasta la calle 8.
En
ese tiempo por nuestras principales arterias era común encontrarse a
un personaje muy querido por todos los josefinos, me refiero a un
viejito de pelo ensortijado, lleno de serrín, con sus raídas ropas
y su infaltable saco de color azul, de ahí el origen del alias por
el que era conocido.
Nuestro
personaje era un hombre de baja estatura, vivía o dormía en el
aserradero que quedaba al costado norte de la Estación al Pacífico,
lo recuerdo con un gran cariño.
En
torno a esa figura se tejieron una cantidad de versiones por la forma
en que vivía alejado de su familia; algunos sostenían que era
miembro de una familia muy adinerada. Recuerdo escuchar que
“Azulito” era un excelso ejecutante del piano, otros decían que
su estado de enajenación era consecuencia de un maleficio que le
echó una novia que tuvo.
Lo
cierto del caso es que era un personaje muy singular, sobre su
espalda siempre traía un saco de gangoche lleno de cosas que juntaba
o le regalaban, era un hombre bonachón y de enormes sentimientos
porque, a pesar de sus limitaciones cuando uno le pedía que le
regalara un cinco, sí, 0,05 céntimos, con un gran desprendimiento
cogía lo que traía en las bolsas de su saco o del pantalón y se lo
entregaba a uno íntegramente.
“Azulito”
muy a su estilo fue un hombre feliz, a pesar de sus carencias nunca
lo escuche quejarse de su condición; por eso, con nostalgia recuerdo
que aun siendo un niño, yo pasaba por el frente o el costado de
aquel aserradero para ver a ése individuo que me llamaba tanto la
atención.
Gracias
amigo por haber sido un ser tan especial, con tu comportamiento
calaste en los surcos de mi memoria y en la de muchos niños,
adolescentes, jóvenes y adultos que te conocimos.
Ricardo Jiménez
García
jueves, 4 de junio de 2015
Nunca en mièrcoles
Es miércoles y el pandemonio de la
cocina está en su apogeo, debo preparar almuerzo para diez personas
y al menos para 6 niños. Una cuñada cuyos hijos son de la edad de
mis nietos pidió un año de permiso en su trabajo y también se suma
a los miércoles, por lo tanto hay, al menos 7 invitados mayores y mi
marido, mi empleada y yo. Siempre preparo algo que pueda dividirse
fácilmente si llegan más invitados, total que es día de “Open
House” con esto quiero decir, un pozol, arroz con palmito o
similares y para los niños compro salchichas, pan y papas tostadas,
que sé que les encanta. A veces les compro pizzitas de unas que
venden en los supermercados y que ya vienen listas. Para los frescos
escojo una caja grande llena de cajitas pequeñas de diferentes
sabores. Pongo la caja grande en la zona donde están los chicos y
cada uno escoge el fresco que quiere, lo mismo si desea repetir,
simplemente pone la caja vacía y toma otra. Para el postre que
vendrá después venden unos sandwichitos de helado que les fascina.
En la despensa hay todo tipo de galletas “de las más ricas del
mundo” (según una nieta) que ellos pueden libremente ir a buscar
sin necesidad de pedir permiso.
La idea es que a pesar de tanta gente
todos nos divertimos y no hay enredo a la hora del almuerzo. A los
niños se les sirve primero, siempre viendo televisión porque es el
lugar favorito de ellos y luego nos sentamos los grandes en la mesa a
disfrutar un rato de tranquilidad.
De esos días maravillosos llega a mi
mente una anécdota: un día, estando los grandes sentados a la mesa,
llega uno de los más pequeños y anuncia que “¡están haciendo
algo malo!”, su madre o cualquier otra del grupo le contesta, “no
te preocupés Federico, vaya con los demás y disfrute”, ante esas
palabras el niño se fue con los demás. Pero pasado un rato regresa
y agitando los brazos indica “¡es algo, muy muy malo!”,
nuevamente se le envió con los demás y al ratito sonó “¡BUM!”.
Ante el ruido los grandes nos levantamos de la mesa y nos asomamos
donde estaban los niños, lo que vimos nos dejó sin habla, el agua
corría por las escaleras sin ninguna medida. Desde luego
preguntamos, ¿Qué sucedió?, resulta que uno de los más grandes,
no más de seis años, había metido un boliche de hule en un
orificio de manera que detenía el agua que debía correr
ordenadamente por un canal de la escalera. El agua se fue acumulando,
junto con las hojas del jardín y algo de tierra del mismo jardín,
cuando consideraron que había suficiente agua quitaron el boliche,
sonó BUM y el agua comenzó a correr por las escaleras junto con las
hojas y la tierra acumulada.
La mamá de este chico, muy enojada, lo
puso a barrer el desastre y tratar de que el agua volviera a su cauce
natural, mi marido le dijo entonces al infractor, aunque eran todos
los chicos que estaban disfrutando del desaguisado, ¡“Vez Luis, te
regañaron y te pusieron a limpiar tu tremenda travesura”! a lo que
el chico de inmediato respondió: Pero sabe Abu: ¡Valió la pena!
.
p.d.
Es bien sabido que me encanta recibir a mis amigos en la casa, pero,
nunca en miércoles. Y, ¿por qué? es muy simple, los miércoles los
tengo reservados para mis hijas, nueras, nietos y algún hijo o
cuñada que se sume ese día y a esa hora. Llegan a medio día, la
idea es almorzar en casa, luego tomar café y a eso de las 5:30pm
irse a su propia casa a prepararse para el día siguiente: loncheras,
uniformes y la noche con el marido. Debo indicar que tengo 6 hijos y
15 nietos, pero lo que voy a relatar sucedió hace unos años cuando
los mayores estaban en el kínder y salían de clase a eso de las
12m.
Olga Emilia Brenes
NACÍA Y MORÍA - MORÍA Y VOLVÍA A NACER
Virginia Murillo Montero
Existen
diferentes tipos de olores…; los que emanan de los productos
comestibles, cosméticos, químicos; los diferentes olores
característicos de los animales, de las personas, etc.
Un
olor puede ser agradable, dulce, amargo, fuerte, suave; también
desagradable, que nos produce diversas sensaciones: dolor de cabeza,
un sabor quemante en la garganta, ardor en las fosas nasales, mareos,
etc. Las personas los pueden percibir en diferentes formas, aunque
la mayoría los captan con las características particulares de cada
olor.
Yo
percibo varios olores que me gustan, son agradables a mi olfato,
otros no. Algunos me llegan inmediatamente, aunque se encuentren
lejanos al lugar en que me encuentro, debido a una afección en mis
fosas nasales.
La
reina de la noche crece en arbustos y troncos de los árboles
aledaños a las antiguas cercas de madera o de alambres de púa. Las
mismas se parecen a las azucenas, que despiden un suave olor por la
noche y perduran más durante el día. También conocida como jazmín
de noche, cestrum nocturnum, dama de noche, cactus trepador.
Un
olor que me llamó siempre la atención precisamente fue el que
emanaba de esta planta, cuyas flores en el día se veían de un
color rosa – pálido, como marchitas. Al acercarse la noche iban
abriendo sus flores alargadas, blancas y poco a poco despedían un
fuerte olor que se expandía por todo el patio, el cual llegaba
hasta las habitaciones de la casa. A mí me encantaba ese olor y a
veces no me podía dormir porque mis grandes fositas nasales,
percibían mucho los olores, más ese de la flor Reina tan especial.
A algunas personas les producía un mareo hasta que caían en un
profundo sueño.
Este
olor siempre lo asocié con la penumbra de la noche que envolvía el
cuarto en que dormía, yo veía todo negro, contrapuesto a la hermosa
flor blanca que estaba en el patio. Cuando empezaba a oscurecer, yo
me acercaba a mi flor enigmática, la contemplaba largamente
esperando que se abriera como una pequeña sombrilla blanca, amarilla
o rosada, Pero era blanca, grande, hermosa y en las noches de luna
llena se iluminaba con un resplandor; como que la flor reflejaba la
luz de la luna y se veía blanca, tan blanca, aún más blanca, que
opacaba las demás flores rosadas, amarillas, rojas. El contraste con
la negra noche era espectacular, todo el solar negro con las ramas de
los árboles moviéndose y ella quieta, apacible, orgullosa,
dejándose contemplar por chiquillas traviesas que deseaban cortarla
y ponerla en un florero para que luciera en el comedor de la casa. Y
despidiendo ese olor, que olía a todo y a nada, olía tanto que era
característico en todos nuestros hogares, que a cierta hora las más
grandes decían: - “¡Ay no!” “¡Qué olor el de esa flor, ya
me tiene mareada!” Era dulce y atraía a los mosquitos para su
polinización.
Mientras
mis pensamientos corrían, sentía el suave y fresco olor, muy
cercano a mí, que poco a poco recorría todo el solar y penetraba a
la casa. Mi mamá me volvía a la realidad al llamarme para que me
fuera a dormir: - “¡Otra vez Vicky con la reina!” –“¡Vení,
vení que te va a hacer daño el sereno!” – “¡Ya voy Mami que
me estoy despidiendo!” Si…, yo me despedía de mi bella flor
blanca, le decía: “quédate así, linda, tenés que amanecer
igual, no te vas a marchitar antes de que yo llegue”. “¡Acordate
que sos La Reina de la Noche!”
Poco
a poco conciliaba el sueño y yo veía con mis ojos abiertos primero
y luego cerrados la negritud de la noche y la imponente blancura de
mi Reina. A veces me despertaba sobresaltada sin saber por qué y me
veía en las penumbras de la noche con la flor cercana al arbusto
que colgaba de la cerca del vecino. Pensaba en el amanecer y creía
ver a la reina
marchitándose poco a poco.
A
veces por la mañana las cortaba y las colocaba en un florero y ya su
olor se extinguía y su hermosa blancura desaparecía.
La
reina de la noche era color, olor, mansedumbre; era negro y blanco.
Era noche y día. Su efímera y larga vida nos asemeja con los seres
humanos, nacemos y morimos –sí-. Nos caemos y nos levantamos- por
su producción continua de otras flores, ¡la reina nacía y moría;
moría y volvía a nacer!
miércoles, 3 de junio de 2015
La contradicciòn
Sobre
la banda contínua que mueve éste cuerpo, jalándolo indolente sin
saber si puede o no caminar correr o solo dejarse llevar, me sujeto
con fuerza de sus lados, para no desfallecer y luego caer o aún
peor, que la banda continúe su marcha sin importarle si sigo encima
o quedé tirada de cabeza entre la otras máquinas del salón del
gimnasio.
Con la mirada de una
persona muy segura de si misma, trato contra viento y marea, que no
transmita a los otros, la dificultad en que me encuentro. Sonrío a
quienes me saludan, segura de que toda la expresión corporal es de
gran agilidad, ligereza y una juventud a prueba de almanaques.
El sudor va perlando mi
frente, la sed comienza a pedirme mas agua. Y voy sintiendo que
pasados los primeros diez minutos, el cuerpo empieza a acordarse de
cómo era caminar como en otros tiempos. La respiración se vuelve
mas calma, el paso mas ligero , el dolor da espacio a la alegría y
por fin, caminando , caminando, otra vez sumo dos kilómetros a mi
actividad semanal.
Ahora camino en grupo
entre los senderos del Campus Universitario. Voy lenta, las piernas
pesan mucho, una rigidez frena el paso rápido de aquel cuerpo joven
y dinámico, que solía hacer largas caminatas. Imposible no renquear
o moverme con ese balanceo que tienen los patos o tal vez mi lora.
Despacio, despacio, es la edad de lo lento y mesurado. Me detengo y
tomo aire, ahh, si tan solo continuara yo por siempre caminando,
hasta el final de mis días, hasta que la vida se acabe, acaso es
pedir tanto? Acomodo mi bolso que he atravesado sobre mi pecho, lo
acomodo hacia mi espalda, porque ahí el peso parece alivianarse.
Miro los árboles
fuertes, hermosos, tan altos, hago algunas fotos y sonrío feliz al
pensar que dichosa soy de caminar tanto.
Lia Ferreto.
Mayo, 2015.
Aquel olor a….
No sucedía con
frecuencia. Porque cuando había una fecha relevante, de seguro
esperábamos todos su elaboración.
A la mañana
tempranito, con todos los ingredientes listos con antelación, fuera
de refrigeración para que la temperatura ambiente ayudara a lograr
una mayor calidad, ese día que posiblemente era sábado, comenzaba a
escucharse el sonido de diferentes peroles en la cocina.
Rezando también para
que el clima frío y húmedo de aquel antiguo Cartago, no dificultara
además el proceso, mamá se ponía su delantal de manta, bordado
primorosamente por las incansables manos de Yeya, la señora aquella
postrada por décadas inmóvil en su cama, de ojos tan vivaces y
lengua ligera que comentaba todo lo que aquella sociedad cartaginesa
trataba de ocultar sobre las andanzas de sus gentes, pero que
inevitablemente terminaban siendo la comidilla que sustentaba los
encuentros entre sus habitantes. Decían que Yeya, ante la evidencia
de saberse traicionada por su esposo, en represalia, no abandonó
nunca mas su cama. Perdió la movilidad de sus miembros inferiores,
pero gozaba de ser visitada por una cantidad impresionante de mujeres
que la adoraban y la acompañaban por largos ratos. Mamá era una de
esas. Así yo de su mano entraba a su cuarto sin perder el extraño
efecto que ella en mi causaba, mezcla de miedo y curiosidad. De las
miles de piezas en manta que bordaba, aún conservo algunas
servilletas y limpiones.
Una montañita de
harina, mantequilla suavecita, leche tibia, huevos de gallina casada,
una esponjada levadura , azúcar y el aromático anís, empezaban
entre las manos a mezclarse formando hilos pegajosos, que con mas
harina los liberaba de sus dedos. Arriba, abajo, sobre aquella
superficie enharinada, la mezcla iba siendo vencida por aquel extraño
forcejeo, tomando un aspecto menos huloso, hasta convertirse en una
masa elástica, de un bello tono amarillo suave. Entonces venía el
tiempo de dejarla crecer. Era ahora donde el clima tomaba su papel
preponderante, del que dependía que la masa creciera mas rápido.
Después de un largo
tiempo cuchillo en mano, dividía ella la masa en porciones iguales,
formando con cada parte una bola de una forma que solo mamá sabía
darle. De nuevo colocadas en una bandeja y en una zona donde no les
diera el viento, barnizadas con huevo batido las bellas bolas de pan,
esperaban a que volvieran a doblar su tamaño. Yo admiraba aquel
proceso y la forma hermosa que las hogazas de pan iban tomando.
Llegaba el momento de
la horneada, a cuántos santos bajaba mamá de sus cómodas nubes
pidiéndoles que por favor crecieran muy hermosos y no quedaran
crudos por dentro, pues a veces el violento horno, jugaba malas
pasadas al dorarlos de inmediato, pero su interior necesitaba de mas
tiempo.
En una canasta grande
forrada en limpiones gruesos se colocaban las hogazas de aquel pan
tan delicioso que era una fiesta para todos los sentidos. Tajadearlo,
poniéndole encima rica mantequilla era un placer para todo comensal
que llegara a mi casa.
Mamá adoraba decir
siempre; no hay nada mas lindo que despertar por la mañana y saber
que hay pan dulce para desayunar.
Cierro mis ojos y me
llega a la boca su esponjosa textura, su sabor inconfundible de anís.
Aquel olor a pan dulce
….
Lia Ferreto M.
martes, 2 de junio de 2015
la casa de los milagros..
Llegué
a tener una gran familia. Un esposo y cuatro hijas. Éramos seis en
total quienes compartíamos una buena casa, un estilo de vida,
bastantes años en compañía.
Ante
una vida difícil, los que éramos ya no fuimos. Sin armonía, sin
respeto sin límites y mucha agresión, aquel núcleo de personas
tuvo que enfrentar cambios definitivos, tomar caminos diversos,
desaprender lo que se suponía era tal cual se había dicho, en fin,
lo que se llama resolver la vida.
Con
hijas ya con cédula, ya adultas, vi cómo se iban de mi lado,
empeñadas en resolver lo suyo, formando nuevas familias. En cosa de
un año, se casaron ambas y también nació Daniela. Fue ahí cuando
se dio mi divorcio, saliendo de lo que fuera mi casa y mi vida,
apenas con algunos enseres de casa, bolsas con la ropa y de la mano
de mis dos hijas menores. Salimos casi cómo habíamos llegado al
mundo, con mucha pobreza, pero decididas a ser felices. Con todas las
dificultades de empezar una vida tan distinta a la que conocíamos,
comenzamos por aprender a dormir por las noches. A cuidar unas de
otras, a ser honestas y veraces, informándonos con precisión donde
y con quién estábamos. Lo logramos a base de una hoja de papel,
donde cada una anotaba y leía, la información de nuestras
actividades.
El
tiempo fue trayendo cantidad de vivencias. Situaciones, personas,
aprendizajes de todo tipo y una gran unión entre nosotras.
Por
la gracia de mis padres, por el empeño de mamá, llegó un día en
que estrenamos nuestra casa propia. Diseñada con esmero por mi
hermano, la nueva casa tuvo el nombre * de Casa de los Milagros *
única forma de poder explicar y entender, cómo de la casi nada, se
construye mi hermosa casa.
Llena
de áreas verdes, donde yo desde entonces me he dedicado a cultivar
mis plantas, mis flores, mis guarias. Cada una de nosotras tres, con
su propio cuarto, su propio espacio, disfrutando la maravilla de
tener un lugar para vivir, donde sólo Dios o la muerte, te pueden
sacar de acá. Esa fue la categórica expresión con que mamá me la
dió.
Pasamos
a sentirnos libres, dichosas disfrutando nuestro ambiente. Los nietos
siguieron llegando; Gabriel, Ximena y Diego. Sus pequeñas figuras y
sus anécdotas memorables, llenaron de risas y color la casa, la
vida.
El
tiempo corría. Mi hija menor decide casarse. Así quedamos en la
casa solo dos personas. Imagino que por lo singular de las cosas, mi
hija tercera y yo, nos refugiamos en ser mas compañeras una de otra,
como una forma de sortear las circunstancias.
Ya
papá había muerto. Solo quedaba mamá, muy enferma, muy disminuida.
Ella que tanto empeño había tenido en dejarme a mi la mayoría de
las cosas resueltas, luchó por prolongar su vida, negando la
cercanía de la amiga muerte, obsesionada por llevar a cabo
resoluciones que ya eran imposibles de lograr. Mis hijas fueron muy
queridas por ella, llegando a darles todo lo material posible en esos
años, de tanta lucha, de tanto esfuerzo. Veía a mis tres hijas
casadas, por lo que oraba y oraba por aquella que aún no encontraba
al compañero de su vida. Un día su cuerpo se dio por vencido,
descansando finalmente en los brazos del que nos da la Vida. Muy
llorosa estaba yo en aquel lugar donde se velan los muertos, buscando
el apoyo de mi hermano, cuando sentí que alguien me miraba con
insistencia. Era un muchacho al que yo no había visto nunca. Pronto
mi hija soltera se acerca y me dice al oído: mamá aquel que está
sentado allá, es un muchacho con el que empecé a salir. Voltié y
miré. Era el mismo que me observaba. Y por mi mente pasó ésta
idea; ayyy se me casa también ésta hija.
En
broma y en serio dijimos desde entonces que mamá finalmente había
traído el compañero de vida para mi última hija soltera. Pasó
justo un año cuando entregué a mi hija. Había que ir con
profesionales que nos peinaran y nos maquillaran. De manera que desde
horas antes tuvimos que salir de nuestra casa y trasladarnos a la de
otra de mis hijas, donde sería la sede de todos éstos menesteres.
Montaron en el carro, los trajes de novia y el mío, también el
equipaje que mi hija llevaría en su viaje de bodas. Ahí sentada,
entendí que mi hija abandonaba nuestra casa, en pos de su nueva
vida. Un llanto profuso e insistente se adueñó de mi. No encontraba
forma de calmarme. La maquillista y quién nos peinaría, tuvieron
que hacer magia conmigo para detener mi llanto y borrar ambas, los
estragos de aquel diluvio de lágrimas y disimular los ojos
abotagados de tanto llorar.
Hicieron
excelente trabajo. Cuando miro las fotos de la boda, mi cara está
risueña y de verdad no se ven las huellas del llanto de la tarde.
Esa
noche, entre los espumantes que yo había bebido, regresé a mi casa.
Abrí la puerta y un silencioso aire me envolvió…
Si….ese
fue el día en que yo empecé a vivir sola….
Lia
Ferreto.
Un día especial
Ese
día, en que me gradué en el Área de Letras, fue algo especial. No
recuerdo con exactitud que hice el día anterior, pero lo que sí
conservo muy bien en la memoria son los días del mes de octubre del
año 1968. En primera instancia, ganamos las compañeras y los
compañeros el quinto año, por lo cual nos entregaron el Certificado
de Conclusión de Estudios Secundarios.
Recuerdo
cuando el Profesor-Guía, don Carlos Salazar Cordero (de grata
memoria), ingresó al aula a impartir sus clases de Español y ahí,
simplemente, nos entregó el diploma.
Ese
hecho, y el haber estado cinco años en el colegio, eran mínima cosa
a la par de lo que íbamos a enfrentar de ahora en adelante; nos
enfrentaríamos a un reto: estudiar, hacer un gran repaso de las
materias que, a lo largo de cinco años habíamos cursado en la
secundaria.
Este
día las carreras empezaron desde muy temprano, mi amiga y compañera
Sandra con quien estudié para los exámenes de Bachillerato, me
instó para que fuéramos al salón de belleza a arreglarnos las uñas
y a hacernos un lindo peinado. Por tratarse de una ocasión especial,
nos dirigimos al centro de San José a buscar el salón, aunque
hubiese sido lo mismo arreglarnos en Hatillo, pero ni modo, accedí a
la propuesta.
Vivíamos
entonces en Hatillo, ella en el No-1 y yo en mi Hatillo Centro- mi
Hatillo viejo natal. Ella llegó con su familia cuando el INVU
urbanizó en las tierras que antes ocuparon las fincas cafetaleras.
Muy entusiasmadas, nos dirigimos muy temprano para “Arriba”, como
solíamos decir cuando íbamos al Centro de San José, porque ¡menuda
cuesta se debía de subir a la altura del río María Aguilar!
Quedamos de vernos en el Cruce, lugar llamado así porque los buses
del distrito de Hatillo y del cantón de Alajuelita, que venían de
San José viajaban en dirección oeste -los de Hatillo 1- los de
Hatillo Centro y Alajuelita lo hacían sentido sur y los del Bo.
Sagrada Familia en sentido norte. En mis incipientes recuerdos creo
que abordamos un bus del vecino cantón, porque la empresa de buses
de Hatillo no prestaba un buen servicio.
Por
fin, llegamos al salón de belleza de la Macha. Teníamos que esperar
como una o dos horas para que nos atendiera, porque solamente ella
hacía todo. La Macha duró en el conocido manicure como
media hora y en los peinados lo mismo, porque los hizo tipo
bomba y no como moño ni en bucles, porque si no hubiera tardado
más tiempo. Las uñas, que yo me había dejado crecer para la
ocasión, me las pintó con un color claro, al igual que a mi
compañera.
Salimos
muy contentas del salón; mi compañera fue a hacer unas compras y
la acompañé, pero yo lo que deseaba y en lo que no dejaba de pensar
era el momento en el cual recibiría el Bachillerato.
Cada
una nos fuimos para la casa a preparar el uniforme, aunque en mi caso
ya estaba prácticamente listo desde el día anterior. Mi abuelita
materna y mi mamá, desde muy niña me habían enseñado a lavarlo,
engomar el cuello y puños de la camisa- blusa porque era de manga
larga y tarea ardua aplanchar la enagua de paletones, la cual se
debía de retocar y yo, incómoda con mis uñas larguitas. Sin
embargo, todo estuvo listo a tiempo.
Mis
papás tenían la invitación para las cinco de la tarde, pero el
acto de clausura se realizaba a las seis o siete.
No
sé cómo alcanzó el día para hacer tantas cosas y todo se hizo con
puntualidad. A eso de las cuatro de la tarde, tomamos el rumbo hacia
la Sabana, lugar donde se ubicaba el Teatro del Conservatorio
Castella.
Al
llegar, mi emoción era tal que casi no recuerdo que ocurrió en el
recinto cuando se llevó a cabo el acto de graduación, nos
acomodaron en dos filas para ingresar y al son de la Marcha Triunfal
de la Ópera Aida (conocida como Los Vencedores) caminamos lentamente
hasta acomodarnos en los asientos del Teatro.
Por
fin nos entregaron los títulos, ¡qué emoción!, algunos lloraban,
otros sonreían, los padres y madres felices, los profesores y demás
familiares, también.
Al
final, vino la sesión de fotos y luego degustamos un refrigerio.
Virginia
Murillo Montero
lunes, 1 de junio de 2015
Olor a Leña y Olor a Nuevo.
Nací y me criaron en un pueblito
montañés llamado La Unión de San Francisco de la Tierra, en el
hogar de campesinos de buen nombre y conocidos por ser buenos vecinos
y buenos trabajadores del campo. En La Unión, el problema de una
familia era el problema de todos. En realidad éramos todos una
familia a la orden para cada quien en las buenas y en las malas. En
esta época de mi vida, el tiempo transcurrió de manera tranquila y
placentera en mis días de infancia y por todo el transcurso hasta el
quinto año de colegio.
Ya en el colegio, había que pedir
para viajar por cortesía del carro del transporte de la leche. De
esta manera, llegaba yo al Liceo en Carvajal de La Unión. Durante
mi época colegial, el espíritu tranquilo del pueblo fue cediendo
lugar a eventos y pensamientos más mundanos; influencia y estímulos
de otras latitudes. En esos días, todos mis sentidos se abrían a
experimentar. En particular, llamaba a mi atención aquellos olores
diferentes que percibía pues eran, para mí, desconocidos o
desapercibidos cuando pensaba en mi pueblo. Esas sensaciones eran
nuevas; me olía a nuevo.
¿Hoy, en retrospectiva me pregunto
qué eran esas sensaciones? ¿Cómo describir esas sensaciones que
traen recuerdos que marcaron mi vida para bien o para mal? En una
jerarquía de importancia, intento describir lo que era ese olor
nuevo. Empecé a descubrir y practicar una jerga citadina, porque la
forma de hablar que heredé de mi casa no encajaba para socializar en
la capital. No sentía pena alguna de mi forma de expresión materna.
Caló fuerte y profundo lo que ofrecía esa cultura icónica de
finales de los 60´s y principios de los 70´s, lo que encajaba en mi
nuevo juego de valores.
Terminada esta etapa del colegio, y
debido a que cada día que pasaba veía más lejana mi vida en mi
pueblo, se presenta la oportunidad de estudiar en una universidad.
Otro olor muy característico define esta nueva etapa de cosas nuevas
y diferentes. No había alternativa, tenía que pensar en vivir en la
capital para alejarme de aquellas promesas y convicciones de lo que
me decía mi familia que era la seguridad y la estabilidad del campo.
Estos nuevos estímulos fueron cambiando valores y me fueron
transformando. Antes era en mi pueblo un niño y joven educado,
privilegiado porque me respaldaba una familia de buen nombre, después
era un muchacho de campo, que se aventuró a dejar todo atrás para
experimentar los variados aromas de la ciudad, junto a otros aromas
que se asoman, esto es olor a incienso, que asocio con lo desconocido
del universo. Los olores naturales del campo muy característicos de
riqueza y seguridad, vienen a ser sustituidos por el olor a nuevo, a
lo desconocido a lo porvenir. En cada viaje a la ciudad, se iba
pronunciando más y más la lejanía con aquellas cosas que me habían
visto crecer.
Experimenté por primera vez las
cosas que iban a cambiar mi vida. Con la aproximación al rock y la
cultura del amor libre, vinieron otros cambios y gustos por cosas
otrora prohibidas que tenía que esconder de mi familia y de quienes
me conocían en el pueblo. Empecé a experimentar las sustancias
embriagantes y hasta alucinógenas para estar y pertenecer a esta
nueva vida. Se volvió obligatorio cambiar los aromas de campo por
olores a nuevo… todo lo exógeno, como pelos de más por doquier
porque era la moda, y también la ropa que para las otras personas,
los de “afuera” de esta cultura, eran ridículas y chocantes, o
por lo menos ese era lo que mi olfato me indicaba y así lo sentía.
El aroma imperante antes y el olor a nuevo, después, me convierten
en un personaje completamente diferente, irreconocible.
Y despierto, despierto, después de
hilvanar estos pensamientos que me hicieron divagar no sé por cuánto
tiempo. Pudieron ser cinco minutos como pudieron ser segundos; la
verdad es que me fui en este pensamiento provocado por un aroma
familiar. Pienso que estoy sufriendo una goma de 48 años. Qué ha
sido de toda mi vida? Cómo un muchacho con aroma asimilado a leña,
hijo de una familia buena, trabajadora y Católica, se ha convertido
en lo que soy? No puedo esconder mis raíces. La gente con la que
tengo contacto, me dice, no sé si con sinceridad, o para quedar
bien; de lo largo que he llegado como músico exitoso, con mi estilo
de vida desenfrenado, con mis posesiones, que nunca son suficientes
aquí en esta caja de concreto que es la ciudad. Este aroma
desencadenó una serie de interrogantes y me está revelando una
necesidad que no entiendo. Llego a la conclusión que deseo otra
vida, otra existencia. Hoy tengo muchas cosas y no tengo nada.
Hoy deseo volver a los aromas de
campo.
Roberto Aguilar
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