Me pongo el sombrero
Era el sombrero de lona, el sombrero de campesino con manchas de banano, con manchas de café.Era el sombrero curtido por el uso, curtido por el tiempo en que cumplió su misión de proteger del sol y de la lluvia a la cabeza de su dueño.Era el sombrero que cubrió la tupida cabellera, cabellera en la que asomaban, ya, algunos hilos de plata.Era el sombrero de mi padre que cuando cansado por la larga jornada de trabajo en el campo, llegaba a la casa donde lo esperaba un delicioso jarro de café, acompañado por una tortilla con picadillo de papa o pan casero con mantequilla o un gallo de salchichón.
Me pongo el sombrero, el sombrero de mi padre, que cuando él llegaba yo se lo pedía para ponérmelo, “déjalo en ese clavo, donde tu tata pueda encontrarlo mañana”, me decía mi madre, y yo me lo ponía un rato para luego colocarlo donde me habían indicado.¿Dónde está el sombrero de lona?, no lo sé, probablemente terminó su vida útil, terminó roto, terminó en algún rincón de la casa o terminó en algún cafetal donde llegó a formar parte de la vegetación convirtiéndose en abono.Hoy me pongo el sombrero, ya no es el sombrero de lona, ni está manchado, es un sombrero de pita que me regaló mi hija y aunque no uso sombrero, en alguna ocasión, jugando con mi nieta y para recordar tiempos idos, me pongo el sombrero.
Cobi Linares.
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