La casa era tan grande,
llena de aposentos a lo largo de un zaguán que se habría en un
hermoso hall, donde también dos aposentos mas se sumaban, sin
restarle la belleza a ese lugar de una altura inaudita, que semejaba
ser de dos pisos . Éste hall era el lugar privilegiado pues en su
cúspide estaba lleno de hileras de ventanas por donde la luz entraba
libre y brillante por sus cuatro costados, iluminando la estancia de
una manera muy hermosa. Frescas canastas de helechos colgaban
ofreciendo al entorno su sensación agradable y algunas macetas con
begonias colocadas entre sus sillones y divanes, completaban su
atmósfera relajante. Un gran arco de madera daba entrada al comedor,
donde los muebles antiguos de la abuela y sus vajillas celestes de
una cerámica preciosa adornaban con un toque elegante aquel lugar
sede de las tertulias y de las visitas. Tenía un ventanal que daba
al patio de la casa. Desde ahí se podían observar los grandes
árboles de frutas, alternados por macizos de lirios, geranios y
varias piedras volcánicas que salían de la tierra como si tuvieran
narices que elevadas al viento, recogieran el aire frío y húmedo
tan común en sus mañanas.
Enorme era también
éste patio. Tenía caminitos de piedra que no conducían a ningún
lado pues sólo eran vestigios de algún intento de construirlos. Las
anonas dulces se daban en tiempo de cosecha con generosa abundancia.
Igual los árboles de nísperos, de unos tan grandes y dulces como
nunca más llegué a probar. Estaban las naranjas, tan altas que se
precisaba de un largo garabato para poderlas bajar, no así de la
naranja agria que era bajito y permitía disfrutar aquellos refrescos
de sabor tan especial, o añadir su jugo al platón del repollo, base
de las ricas ensaladas. Al fondo una ancha planta de bananos, se
había adueñado de un vasto rincón. La higuera quedaba cerca de un
lugar más alejado donde era mejor no acercarse mucho, lo mismo
sentíamos ante aquel pasaje estrecho al lado de la casa, que todos
llamaban el callejón.
Las inmensas
dimensiones que describo eran percibidas por una niña de cinco a
ocho años y por un grupo grande de vecinitos que tenían edades
similares y atraídos por todas ésta delicias, habían tomado éste
patio como una de las principales estaciones donde jugar en las
largas vacaciones. Había lugar para esconderse, sin ser encontrados
de inmediato, jugar quedó dando vueltas a las piedras tan grandotas
que rodeaban algunos árboles, o pararse sobre ellas y brincar al
otro lado. Había tanta vegetación si querías jugar de ¨ pulpería
¨ que se podían vender diversos vegetales, o cuchillitos que
crecían en la cerca, o cantidad de platos preparados con esmero. Y
lo mejor era jugar de casita. Preparábamos chozas cubiertas de hojas
de banano, de ramas y cobijas y ubicábamos dentro, todos los
trastecitos de metal y de plástico, los pequeños muebles y las
camitas de nuestras muñecas, las nuevas de la última Navidad, pero
también las preferidas y mas viejitas. Y claro, formábamos parejas,
quienes éramos ésta vez el papá y la mamá ? O la vecina enferma o
aquella muy pobre que no tenía nada para comer ? Éstas discusiones
provocaban a veces pleitos complicados de resolver. En esos tiempos
los niños iban de un lugar a otro sin correr ningún peligro, eso
daba la posibilidad de ir hasta tu casa y traer juguetes que hacían
falta, además no se necesitaba mucho para entrar y salir de todas
nuestras viviendas, las puestas estaban generalmente abiertas. La
confianza de sabernos parte de aquel mundo donde todas las casas eran
conocidas y sabíamos que había en una u otra nos daba a todos un
sentido de identidad nunca mas conocido.
Yo
era la pequeña reina de ésta casa y de éste patio. Y como buena
Reina tenía también mis bemoles. No todo era perfecto. Yo sabía
bien cómo ser déspota, cruel y manipular a mis súbditos. A tres
puertas de mi casa vivía junto a sus muchas hermanas un niño menor
que yo. En sus ojos yo adivinaba la adoración que sentía por mi y
yo engreída y feliz, lo hacía sufrir todo lo posible. Entonces
peleaba con él acusándolo de ser quién iniciaba el pleito. No dejo
venir a Cuyo a jugar a mi casa, sentenciaba sin remordimiento.
Unos seis escalones
separaban la entrada a la casa de la acera. En ella se apostaba a
llorar y suplicar : voy Lía y no peleo… y repetía sin cesar; voy
Lía y no peleo.
No se cómo yo me las
arreglaba para que día a día esto se diera, llegando a provocar en
Cuyo grandes conflictos y en mi esa manía de hacer mi voluntad a
pesar de las súplicas de unos y otros para al final ceder y
permitirle al pobre Cuyo entrar y jugar con nosotros de casita.
Los hechos habían
sobrepasado las fronteras de mi casa, pues personas del barrio
comentaban sobre Cuyo y Lía, esa pequeña pareja frágil y
desventurada donde había un perdedor enamorado y una Reina cruel y
fría que lo hacía llorar.
Los años borraron todo
ese paisaje. Desaparecieron las casas, los vecinos y los niños de
aquella época convertidos en adultos, dimos vueltas por el mundo
cada uno intentando jugar de casita en otras realidades, o ser
profesionales y comerciantes de verdad. Nunca mas se encontraron,
tampoco se reconocieron por las calles de la vida. Pero una vez hace
algunos años caminando entre mucha gente, de frente a mi estaba
Cuyo. Nos reconocimos al instante a pesar de las cargas y llantos
verdaderos que la vida había impuesto sobre nuestros hombros. Ya
estábamos viejos. Ya no habían ni juegos ni comedias. Simplemente
éramos dos desconocidos que al vernos evocamos sin duda alguna esos
momentos de la niñez….Voy Lia y no peleo. Avergonzado él bajó la
cabeza y yo sentí el fuego desastroso de la culpa en mi alma. No
dijimos nada. Continuamos nuestro camino. Voy Lia y no peleo.. Ahora
nadie pelea por mi cercanía ni por ser mi enamorado. Yo continúo
mi marcha pensando que soy afortunada , que he tenido mil historias y
sobre todo, he sobrevivido.
Lia Ferreto.
5-2016.
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