domingo, 12 de junio de 2016

La niñez

 
La casa era tan grande, llena de aposentos a lo largo de un zaguán que se habría en un hermoso hall, donde también dos aposentos mas se sumaban, sin restarle la belleza a ese lugar de una altura inaudita, que semejaba ser de dos pisos . Éste hall era el lugar privilegiado pues en su cúspide estaba lleno de hileras de ventanas por donde la luz entraba libre y brillante por sus cuatro costados, iluminando la estancia de una manera muy hermosa. Frescas canastas de helechos colgaban ofreciendo al entorno su sensación agradable y algunas macetas con begonias colocadas entre sus sillones y divanes, completaban su atmósfera relajante. Un gran arco de madera daba entrada al comedor, donde los muebles antiguos de la abuela y sus vajillas celestes de una cerámica preciosa adornaban con un toque elegante aquel lugar sede de las tertulias y de las visitas. Tenía un ventanal que daba al patio de la casa. Desde ahí se podían observar los grandes árboles de frutas, alternados por macizos de lirios, geranios y varias piedras volcánicas que salían de la tierra como si tuvieran narices que elevadas al viento, recogieran el aire frío y húmedo tan común en sus mañanas.
Enorme era también éste patio. Tenía caminitos de piedra que no conducían a ningún lado pues sólo eran vestigios de algún intento de construirlos. Las anonas dulces se daban en tiempo de cosecha con generosa abundancia. Igual los árboles de nísperos, de unos tan grandes y dulces como nunca más llegué a probar. Estaban las naranjas, tan altas que se precisaba de un largo garabato para poderlas bajar, no así de la naranja agria que era bajito y permitía disfrutar aquellos refrescos de sabor tan especial, o añadir su jugo al platón del repollo, base de las ricas ensaladas. Al fondo una ancha planta de bananos, se había adueñado de un vasto rincón. La higuera quedaba cerca de un lugar más alejado donde era mejor no acercarse mucho, lo mismo sentíamos ante aquel pasaje estrecho al lado de la casa, que todos llamaban el callejón.
Las inmensas dimensiones que describo eran percibidas por una niña de cinco a ocho años y por un grupo grande de vecinitos que tenían edades similares y atraídos por todas ésta delicias, habían tomado éste patio como una de las principales estaciones donde jugar en las largas vacaciones. Había lugar para esconderse, sin ser encontrados de inmediato, jugar quedó dando vueltas a las piedras tan grandotas que rodeaban algunos árboles, o pararse sobre ellas y brincar al otro lado. Había tanta vegetación si querías jugar de ¨ pulpería ¨ que se podían vender diversos vegetales, o cuchillitos que crecían en la cerca, o cantidad de platos preparados con esmero. Y lo mejor era jugar de casita. Preparábamos chozas cubiertas de hojas de banano, de ramas y cobijas y ubicábamos dentro, todos los trastecitos de metal y de plástico, los pequeños muebles y las camitas de nuestras muñecas, las nuevas de la última Navidad, pero también las preferidas y mas viejitas. Y claro, formábamos parejas, quienes éramos ésta vez el papá y la mamá ? O la vecina enferma o aquella muy pobre que no tenía nada para comer ? Éstas discusiones provocaban a veces pleitos complicados de resolver. En esos tiempos los niños iban de un lugar a otro sin correr ningún peligro, eso daba la posibilidad de ir hasta tu casa y traer juguetes que hacían falta, además no se necesitaba mucho para entrar y salir de todas nuestras viviendas, las puestas estaban generalmente abiertas. La confianza de sabernos parte de aquel mundo donde todas las casas eran conocidas y sabíamos que había en una u otra nos daba a todos un sentido de identidad nunca mas conocido.
Yo era la pequeña reina de ésta casa y de éste patio. Y como buena Reina tenía también mis bemoles. No todo era perfecto. Yo sabía bien cómo ser déspota, cruel y manipular a mis súbditos. A tres puertas de mi casa vivía junto a sus muchas hermanas un niño menor que yo. En sus ojos yo adivinaba la adoración que sentía por mi y yo engreída y feliz, lo hacía sufrir todo lo posible. Entonces peleaba con él acusándolo de ser quién iniciaba el pleito. No dejo venir a Cuyo a jugar a mi casa, sentenciaba sin remordimiento.
Unos seis escalones separaban la entrada a la casa de la acera. En ella se apostaba a llorar y suplicar : voy Lía y no peleo… y repetía sin cesar; voy Lía y no peleo.
No se cómo yo me las arreglaba para que día a día esto se diera, llegando a provocar en Cuyo grandes conflictos y en mi esa manía de hacer mi voluntad a pesar de las súplicas de unos y otros para al final ceder y permitirle al pobre Cuyo entrar y jugar con nosotros de casita.
Los hechos habían sobrepasado las fronteras de mi casa, pues personas del barrio comentaban sobre Cuyo y Lía, esa pequeña pareja frágil y desventurada donde había un perdedor enamorado y una Reina cruel y fría que lo hacía llorar.
Los años borraron todo ese paisaje. Desaparecieron las casas, los vecinos y los niños de aquella época convertidos en adultos, dimos vueltas por el mundo cada uno intentando jugar de casita en otras realidades, o ser profesionales y comerciantes de verdad. Nunca mas se encontraron, tampoco se reconocieron por las calles de la vida. Pero una vez hace algunos años caminando entre mucha gente, de frente a mi estaba Cuyo. Nos reconocimos al instante a pesar de las cargas y llantos verdaderos que la vida había impuesto sobre nuestros hombros. Ya estábamos viejos. Ya no habían ni juegos ni comedias. Simplemente éramos dos desconocidos que al vernos evocamos sin duda alguna esos momentos de la niñez….Voy Lia y no peleo. Avergonzado él bajó la cabeza y yo sentí el fuego desastroso de la culpa en mi alma. No dijimos nada. Continuamos nuestro camino. Voy Lia y no peleo.. Ahora nadie pelea por mi cercanía ni por ser mi enamorado. Yo continúo mi marcha pensando que soy afortunada , que he tenido mil historias y sobre todo, he sobrevivido.
Lia Ferreto.
5-2016.

No hay comentarios:

Publicar un comentario