Su gran patria, Costa Rica. Su provincia, San José. Su
pequeño techo, Moravia.
La “solariega” casa de los Murillo Umaña, fue su hogar. En ella
cultivó su niñez, tejió su adolescencia
y refugió parte de su juventud.
Templó su carácter la orfandad de padre y madre, las
limitaciones económicas, la soledad y el rodar de casa en casa, de familia en
familia, junto con sus hermanos menores, después de haber perdido, además de a
sus progenitores, todos sus bienes
materiales. Sin embargo, a su lado siempre conservó “ su
clase y su orgullo”. Para ser feliz solo
necesitó paz y sabiduría.
Margarita Marina, mi abuelita paterna, desde muy niña, quiso estudiar y ser enfermera obstétrica. Lastimosamente, le correspondió soñar en una época en la que a las mujeres no
se les consideraba merecedoras ni aptas
para el estudio ni para dejar las labores domésticas.
Nadie creyó en ella ni la quiso ayudar. Sin embargo, una
sabia religiosa española de las Hermanas de la Caridad, enfermera que laboraba
en el Hospital San Juan de Dios, percibió su vocación y su talento: en el
momento oportuno le dio la mano.
Perseveró y logró su
meta. Fue una de las primeras enfermeras obstétricas graduadas con honores en Costa
Rica. Sembró por doquier dulzura, servicio, abnegación. Curó al necesitado.
Atendió mujeres en labor de parto, trajo al mundo niños de toda clase social y
para ella el día de trabajo estaba formado por un ramillete de veinticuatro horas y la semana laboral estaba
sellada con el término” infinito”.
Ayudar y servir siempre, fue su objetivo de vida. Su razón
de ser.
Desempolvando recuerdos y periódicos viejos que heredé de mi
abuelita, supe que le gustaba escribir poemas y que sus compañeros de la
escuela Porfirio Brenes Castro de
Moravia le daban a cambio “pesetas y
cuatros” para que vertiera su inspiración, los redactara y ellos a su ve, los
enviaban a sus furtivos amores de niñez y adolescencia.
Participaba en cuanto acto cívico y velada le daban
oportunidad. Quizá heredó vetas de artista, escritora, motivadora y de
oratoria. De estas cualidades, las fotos y gacetillas de periódicos añejos que
yo conservo, dan fiel testimonio.
Me sonrojé, al
descubrir con santo respeto, intimidades
de “Mamita”: cartas de amor que recibió de sus admiradores, de sus amigos o
quizá de alguno que otro infiltrado enamorado. Algunas son citas para verla el domingo en la plaza de
Moravia a la salida de la misa de 10.
Otros la llaman “la negra guapa”. Algunos le dibujan corazones rojos atravesados por una
espada. Flores secas, fotos desteñidas, tarjetas amarillentas, trozos de cintas de colores y papel regalo.
Descubrí entre sus haberes, un revelador disco de acetato de 45 rpm . Este tiene una
dedicatoria especial y a su vez, la
melodía “El vals de media noche…”.
Este vals la hechizaba.
Ella lo escuchaba con
especial pasión, lo tarareaba, amaba y a veces hasta humedecía sus enormes ojos
negros. Nunca supe de quién se acordaba pero ella lo pedía por teléfono y en Radio Reloj la complacían minutos después de recibir al año nuevo.
Conoció el amor y la ilusión en la flor de su juventud .Selló
su relación y fruto de él nació mi padre. Formó un hogar pero no le fue posible
conservarlo. “No pude seguir, decía sin ocultar su tristeza y su frustración”.
Su amor giraba en el mundo. La ley del amor universal rigió su vida. No soportó
estar atada a nada ni a nadie.
Para ella, prioridad
fue la superación personal, el estudio y la
dedicación a su profesión. Sus niveles de conciencia y crecimiento personal y
social eran muy elevados.
En esa época, no
había nacido aún el hombre que pudiera detenerla, comprenderla, tolerarla,
dominarla, cortarle sus alas, ni impedir que volara.
Alguien que creyera en ella sin interés y
fomentara su espíritu soñador.
Sospecho que esa alma gemela nunca llegó.
A mi memoria aflora un dato curioso: mis padres le entregaron el título de abuela
cuando ella apenas tenía treinta y seis
años. Sus cuatro nietos fuimos como sus grandes trofeos . Se hacía
propaganda gratuita y jocosamente celebraba su juventud y sus
credenciales de abuela.
La recuerdo como una mujer valiente, enérgica, ordenada,
disciplinada. Para ella el “no”, el “nunca”, el “imposible” no existían.
Su sabiduría, omnisciente. Fue talentosa y brillante en todo
lo que emprendía .El flujo de sus enseñanzas
aún no termina. Lo disfrutamos sus nietos, bisnietos, sobrinos y lo valoramos más, conforme el tiempo transcurre.
Los noventa y dos
años de su vida fue pulcra en el vestir.
Mujer alta, muy elegante, coqueta y femenina. Dedicaba tiempo para recogerse el
cabello con “redesilla”o hacerse bucles. Le gustaba disfrazar sus canas, aunque ya en
el ocaso de sus días las aceptó blancas y
plateadas.
Destacaba por la limpieza y lozanía de su cutis. Recuerdo
que se lo cuidaba con miel de abeja y con glicerina.
Con barniz transparente pulía sus uñas. La recuerdo en su trabajo con su impecable
uniforme color algodón y su gorra
blanca, almidonada y con
una cinta negra en el extremo superior. Ella era Enfermera Obstétrica titulada.
Cuando no se vestía de enfermera usaba sus tacones altos.
Aún percibo el dulce
aroma de su perfume. Amaba sus esencias.
Destilaba energía positiva. No permitía que confesáramos
dolores ni males por simples que fueran ya que nos reprendía diciendo que nuestras quejas “eran por falta de oficio”. Por esto es que hoy pienso
que su energía fue positiva y eterna.
También fue hacendosa.
Su pasión: la cocina con sus famosos
tamales en navidad o en cuanta ocasión ella consideraba necesario celebrar.
Hacía tamales cuando un sobrino se
casaba o cuando otro se iba a estudiar al extranjero.¿Y qué decir de sus
tortillas palmeadas? ¿Y de sus sopas de
leche?
Compartir con sus primas de Moravia y llevarnos donde Auria,
al taller de de las tártaras o cocadas, era un regalo para
nuestro paladar de niños, gustosos de las mieles de coco, guayaba, chiverre y
de las empanadas, quesadillas, queques y rosquillas que ahí se hacían.
También con ella
disfrutamos al tío Juan.
Saboreábamos la cebolla, coliflor, zanahoria, chayote en los curtidos
deliciosos que él hacía para la Semana Santa. Por cierto, el tío Juan
tenía fama de “empinar el codo de vez en
cuando y de no demostrar jamás, cuál era su grado de embriaguez.
Cuando uno de sus hermanos más queridos falleció dejó viuda y cinco hijos pequeños, ella dijo
“presente” y se hizo cargo de esa obligación. Les dio techo, comida, abrigo y
estudio. Los entregó a la sociedad: formados y autosuficientes. Nunca fueron
carga para nadie.
Parte de sus diversiones favoritas fue pasear. La edad ni el idioma fueron limitaciones . No poseer carro propio, tampoco.
Fiestas patronales, turnos, bautizos.
Ella asistía donde la convidaran, tenía amigas en todos los rincones del país.
Compañeros
inseparables fueron su sonrisa,
su sentido del humor, una vida activa y saludable. Gustaba de la lectura
y de la música romántica.
Religiosa a su manera aunque siempre alimentó en nosotros el amor y temor hacia Dios, cultivó nuestra fe
y sembró semillas de esperanza entre sus descendientes.
Hijo biológico solo parió uno: mi padre.
Hijos del
corazón… incontables como las estrellas
del firmamento.
En los lugares donde trabajó como enfermera repartió salud y
regaló “chiquitos”. Cuentan los testigos mudos que en dichos lugares es muy
común y frecuente que las personas se llamen Marina o Marino. Bautizando a sus
descendientes con el nombre de mamita Marina, las familias agradecían de esta
manera el cariño y la atención que ella les prodigaba.
Fundó una Casa Cuna en Tres Ríos. En Miramar de Montes de
Oro, el Centro de Salud fue bautizado con su nombre. Veneran su recuerdo en San
Antonio de Belén, Turrialba, Naranjo, Tarrazú.
Yo soy uno de los frutos que ella recibió en sus labores de
enfermera obstétrica. También recibió a dos de mis hijos.
Hoy, todos los que la conocimos le rendimos respeto y
admiración. Bendecimos su memoria.
Margarita Murillo
Wow con historia ricamente contada, puedo, entender el espiritu y belleza mi madre. Excelente relato, escritora.
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