martes, 7 de junio de 2016

Mamita Marina


Su gran patria, Costa Rica. Su provincia, San José. Su pequeño techo,  Moravia.
La “solariega” casa de los Murillo Umaña, fue su hogar. En ella cultivó  su niñez, tejió su adolescencia y refugió parte de su juventud.
Templó su carácter la orfandad de padre y madre, las limitaciones económicas, la soledad y el rodar de casa en casa, de familia en familia, junto con sus hermanos menores, después de haber perdido, además de a sus progenitores,  todos sus bienes materiales. Sin embargo, a su lado siempre conservó   “ su clase y  su orgullo”. Para ser feliz solo necesitó paz y sabiduría.
Margarita Marina, mi abuelita paterna, desde muy niña,  quiso estudiar y  ser enfermera obstétrica. Lastimosamente,  le correspondió  soñar en una época en la que a las mujeres no se les consideraba merecedoras ni  aptas para el estudio ni para dejar las labores domésticas.
Nadie creyó en ella ni la quiso ayudar. Sin embargo, una sabia religiosa española de las Hermanas de la Caridad, enfermera que laboraba en el Hospital San Juan de Dios,  percibió su vocación y su talento: en el momento oportuno le dio la mano.
Perseveró y  logró su meta. Fue una de las primeras enfermeras obstétricas graduadas con honores en Costa Rica. Sembró por doquier dulzura, servicio, abnegación. Curó al necesitado. Atendió mujeres en labor de parto, trajo al mundo niños de toda clase social y para ella el día de trabajo estaba formado por un ramillete de  veinticuatro horas y la semana laboral estaba sellada con el  término” infinito”.
Ayudar y servir siempre, fue su objetivo de vida. Su razón de ser.
Desempolvando recuerdos y periódicos viejos que heredé de mi abuelita, supe que le gustaba escribir poemas y que sus compañeros de la escuela Porfirio Brenes Castro  de Moravia le daban a cambio  “pesetas y cuatros” para que vertiera su inspiración, los redactara y ellos a su ve, los enviaban a sus furtivos amores de niñez y adolescencia.
Participaba en cuanto acto cívico y velada le daban oportunidad. Quizá heredó vetas de artista, escritora, motivadora y de oratoria. De estas cualidades, las fotos y gacetillas de periódicos añejos que yo conservo, dan fiel testimonio.
Me sonrojé,  al descubrir con santo respeto,  intimidades de “Mamita”: cartas de amor que recibió de sus admiradores, de sus amigos o quizá de alguno que otro infiltrado enamorado. Algunas son  citas para verla el domingo en la plaza de Moravia  a la salida de la misa de 10. Otros la llaman “la negra guapa”. Algunos  le dibujan corazones rojos atravesados por una espada. Flores secas, fotos desteñidas, tarjetas amarillentas,  trozos de cintas de colores y papel regalo.
Descubrí entre sus haberes, un revelador  disco de acetato de 45 rpm . Este tiene una dedicatoria especial y a su vez,  la melodía  “El vals de media noche…”. Este  vals la hechizaba.
 Ella lo escuchaba con especial pasión, lo tarareaba, amaba y a veces hasta humedecía sus enormes ojos negros. Nunca supe de quién se acordaba pero ella lo  pedía por teléfono y en  Radio Reloj la complacían  minutos después de recibir al año nuevo.
Conoció el amor y la ilusión en la flor de su juventud .Selló su relación y fruto de él nació mi padre. Formó un hogar pero no le fue posible conservarlo. “No pude seguir, decía sin ocultar su tristeza y su frustración”. Su amor giraba en el mundo. La ley del amor universal rigió su vida. No soportó estar atada a nada ni a nadie.
Para ella,  prioridad fue   la superación personal, el estudio y la dedicación a su profesión. Sus niveles de conciencia y crecimiento personal y social eran muy elevados.
 En esa época, no había nacido aún el hombre que pudiera detenerla, comprenderla, tolerarla, dominarla,   cortarle sus alas, ni impedir que volara. Alguien que creyera en ella sin interés y  fomentara  su espíritu soñador. Sospecho que esa alma gemela nunca llegó.
A mi memoria aflora un dato curioso:   mis padres le entregaron el título de abuela cuando ella  apenas tenía treinta y seis años. Sus cuatro nietos fuimos como sus grandes trofeos . Se hacía propaganda  gratuita  y jocosamente celebraba su juventud y sus credenciales de abuela.
La recuerdo como una mujer valiente, enérgica, ordenada, disciplinada. Para ella el “no”, el “nunca”, el “imposible” no existían.
Su sabiduría, omnisciente. Fue talentosa y brillante en todo lo que emprendía .El flujo de sus enseñanzas  aún no termina. Lo disfrutamos sus nietos,  bisnietos, sobrinos  y lo  valoramos más, conforme el tiempo transcurre.
 Los noventa y dos años de su vida fue  pulcra en el vestir. Mujer alta, muy elegante, coqueta y femenina. Dedicaba tiempo para recogerse el cabello con “redesilla”o hacerse bucles. Le gustaba disfrazar sus canas, aunque  ya  en el ocaso de sus días las aceptó blancas y  plateadas.  
Destacaba por la limpieza y lozanía de su cutis. Recuerdo que se lo cuidaba con miel de abeja y con glicerina.
Con barniz transparente pulía  sus uñas. La recuerdo en su trabajo con su impecable uniforme color  algodón y su gorra blanca, almidonada  y  con una cinta negra en el extremo superior. Ella era Enfermera Obstétrica titulada.
Cuando no se vestía de enfermera usaba sus tacones altos.
 Aún percibo el dulce aroma de su perfume. Amaba sus esencias.
Destilaba energía positiva. No permitía que confesáramos dolores ni  males por simples que fueran  ya que nos   reprendía diciendo que nuestras quejas  “eran por  falta de oficio”. Por esto es que hoy pienso que su energía fue positiva y  eterna.
También fue  hacendosa.  Su pasión: la cocina con sus famosos tamales en navidad o en cuanta ocasión ella consideraba necesario celebrar. Hacía  tamales cuando un sobrino se casaba o cuando otro se iba a estudiar al extranjero.¿Y qué decir de sus tortillas palmeadas?  ¿Y de sus sopas de leche?
Compartir con sus primas de Moravia y llevarnos donde Auria,  al taller de  de las tártaras o cocadas, era un regalo para nuestro paladar de niños, gustosos de las mieles de coco, guayaba, chiverre y de las empanadas, quesadillas, queques y rosquillas que ahí se hacían.
También con ella  disfrutamos al tío Juan.  Saboreábamos la cebolla, coliflor, zanahoria, chayote en los curtidos deliciosos que él hacía para la Semana Santa. Por cierto, el tío Juan tenía  fama de “empinar el codo de vez en cuando y de no demostrar jamás, cuál era su grado de embriaguez.
Cuando uno de sus hermanos más queridos  falleció  dejó viuda y cinco hijos pequeños, ella dijo “presente” y se hizo cargo de esa obligación. Les dio techo, comida, abrigo y estudio. Los entregó a la sociedad: formados y autosuficientes. Nunca fueron carga para nadie.
Parte de sus diversiones favoritas fue pasear. La edad  ni el idioma fueron   limitaciones . No poseer carro propio, tampoco. Fiestas patronales,  turnos, bautizos. Ella asistía donde la convidaran, tenía amigas en todos los rincones del país.
Compañeros  inseparables fueron su sonrisa,  su sentido del humor, una vida activa y saludable. Gustaba de la lectura y de la música romántica.
Religiosa a su manera aunque siempre alimentó en nosotros  el amor y temor hacia Dios, cultivó nuestra fe y sembró semillas de esperanza entre sus descendientes.
Hijo biológico solo parió uno: mi padre.
 Hijos del corazón…  incontables como las estrellas del firmamento.
En los lugares donde trabajó como enfermera repartió salud y regaló “chiquitos”. Cuentan los testigos mudos que en dichos lugares es muy común y frecuente que las personas se llamen Marina o Marino. Bautizando a sus descendientes con el nombre de mamita Marina, las familias agradecían de esta manera el cariño y la atención que ella les prodigaba.
Fundó una Casa Cuna en Tres Ríos. En Miramar de Montes de Oro, el Centro de Salud fue bautizado con su nombre. Veneran su recuerdo en San Antonio de Belén, Turrialba, Naranjo, Tarrazú.
Yo soy uno de los frutos que ella recibió en sus labores de enfermera obstétrica. También recibió a dos de mis hijos.
Hoy, todos los que la conocimos le rendimos respeto y admiración. Bendecimos su memoria.


Margarita Murillo





1 comentario:

  1. Wow con historia ricamente contada, puedo, entender el espiritu y belleza mi madre. Excelente relato, escritora.

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