Las
celebraciones tienen muchas veces connotaciones de sucesos que merecen tener su
momento de gloria, o de derrota o tal vez de algo inesperado. Mas celebrar un
empate grande en el tiempo, es cosa pocas veces vivida en todo el amplio
sentido que esto signifique.
Un
mes de junio de un año que no fue como otro cualquiera, tras varios de buscar
cómo disolver aquella malograda unión, a la cual el sistema de leyes vigentes
no daba alternativa alguna, de un día para otro se dictaminó que yo era una
mujer divorciada. Sucesos inenarrables, que involucraban a cuatro personas que
aún convivíamos, fueron la forma en que la vida se ofreció para convencer al
esposo y dar finalmente esa firma, ese acuerdo, esa disolución.
Ese
año se cumplían veinte y cuatro de matrimonio.
El
mes de junio para nosotras ha sido un mes de doble festejo. Dos de mis hijas
celebran sus cumpleaños. Pero ésta vez, otras cosas mas sucedían. La segunda
hija era ya mamá, su pequeña bebé había nacido seis meses antes. Yo me
estrenaba como abuela. Una joven abuela de 42 años. Y mi hija, la tercera de
todas, cumplía sus diez y seis años.
Ninguno de nosotros sabía, que ese famoso junio íbamos a vivir aquel
cataclismo que cambió para siempre nuestras vidas.
Sin
tener nada preparado, sin saber cómo resolver alguna cosa, ni en donde
viviríamos, empezó la búsqueda de un refugio al que pudiéramos llamar casa. Y
por la gran ayuda que siempre recibimos de Todo lo Alto, en cuatro días estábamos
haciendo el traslado a una casa hermosa, pequeña y cómoda. Casi sin muebles,
con nuestras pertenencias en bolsas de basura, con el mayor despojo y pobreza,
así llegamos. Esa tarde, sentadas en las camas o en el suelo a falta de sillas,
mis hijas, mi hermana y las amigas que me ayudaron, cantamos con un queque
regalado, feliz cumpleaños a mi bella hija.
Detallar
cómo fue la vida desde entonces no viene ahora al caso. Mucha agua pasó bajo
esos puentes.
Tuve
amores, viajé a otros países, conocí mucha gente nueva, me desarrollé en áreas
desconocidas para mi, viví aventuras y situaciones temerarias y sobreviví,
conocí al miedo mirándolo profundo dentro de sus ojos, supe lo que es vivir al
día sin saber como resolver el mañana, tuve varios trabajos, ocupaciones
artesanales que me brindaban sustento y placer al realizarlos, vi crecer a mis
hijas menores quienes iban conmigo de la mano al salir de aquella vida, vi a
mis cuatro hijas casarse, vi nacer a ocho nietos, supe lo que es llorar hasta
quedar sin aliento, caí mil veces y otras tantas me levanté. Cometí grandes
errores y supe perdonarme. Comencé un camino espiritual después de una pérdida
amorosa. Conocí el Reiki y a través suyo la plenitud del Amor.
Nada
fue fácil ni sencillo. Pero todo valió la pena hasta el último segundo.
Han
pasado ya veinte y cuatro años. Justo éste mes de junio se cumple Mi Gran
Empate.
Nunca
pensé en la posibilidad de vivir éste día. Ésta fecha hermosa. Ésta gran vida.
Recuerdo
aquellos últimos momentos en la casa que había sido mía y que yo cedí a cambio
de una firma. Embalar mis pocas cosas permitidas, escoger cuales quería
conservar conmigo y cuales no quería tener ya mas. Seleccionar en el vivero de
mis orquídeas las guarias que me llevaría y abandonar el resto. Así poco a
poco, aquel lugar iba tomando un aspecto de abandono, de vacío y de silencio.
Todos salieron, faltaba solo yo. Despacio caminé de cuarto en cuarto, de rincón
en rincón pasando mi mirada sobre lo que ahí quedaba. Nunca mas me repetía.
Tomé
las llaves de la casa, las sostuve en mis manos y luego las tiré en el piso.
Cerré la puerta, me puse el sombrero y salí cantando LIBERTAD.
Lia
Ferreto
Junio,
2016.
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