domingo, 19 de junio de 2016

No pude contar


Mi condición de hermana mayor me ha obligado a atesorar diálogos, miradas, inspiraciones, secretos familiares, alegrías, sufrimientos y pesares, propios de una familia muy pequeña pero muy unida. Me ha ofrecido la valiosa oportunidad de enmarcar en mi corazón palabras y sucesos escondidos que empezaron por un saludo y que terminaron con una reverencia.
Fue en el seno familiar donde aprendí a disimular lo que no se podía bien vengar. Aquí, en el corazón familiar me inculcaron la política del buen vecino, la justicia social, el respeto por los mayores.
En sabias palabras aprendí a ver, oír y a callar: esta era norma general por respetar. Otra norma inculcada pero por mi papá era la de hablar sí, pero, en el momento oportun.
En mis oídos resuena con claridad la voz de mi madre reforzando la sentencia de que nunca debemos ir a las casas vecinas a fijarnos en lo que no nos debe importar. Quizá por esto me ha costado tanto desarrollar mi sentido de observación. Caló profundo en mí, la idea de no fijarme en lo que no me importa, de no preguntar, de no detallar ni cuestionar nada que suceda fuera de mi hogar.
Tuve la suerte de nacer de padres realistas, discretos, emprendedores, amigos de los amigos, serviciales, trabajadores y honestos. Ricos en sabiduría y experiencias.
Sobreviví desarrollando anticuerpos ante los dimes y diretes de otros amigos y familiares contemporáneos y para mí es de honor propio empeñar la palabra y guardar comentarios, secretos, opiniones, reclamos, verdades y mentiras, todo, hasta que llegue su tiempo, el tiempo debido y oportuno.
En mi niñez crecí rodeada de dos hermanos menores y muchos primos mayores y menores, curiosos, instigadores e inquietos. Para mí en diferentes circunstancias fue difícil mantener la palabra empeñada y no repetir secretos ni hacer juicios de valor. Sin embargo, me mantuve siempre discreta.
En una ocasión mi hermano Oscar Antonio, de cinco años insistió, lloró, pataleó:¡ Yaya, decime la verdad!. Reclamó con insistencia.¡ Yo lo sospecho! ¡Porfa!, Decímelo... Es que mis amigos del kínder dicen…
La situación para mí fue cada día más embarazosa, no podía contarle a nadie, mucho menos a mis hermanos. Mis padres me lo habían sentenciado con mucha reserva y sin embargo, me lo habían advertido: “ Usted no lo puede contar a nadie, mucho menos a sus hermanos.
De tiempo en tiempo mis hermanos me increpaban: Solo decí:¡ sí ¡ o ¡ no!.
Mi compromiso directo fue con papá. Obrero de la construcción que trabajaba como fontanero en la construcción de antigua Tienda El Globo sobre la Avenida Central
Una noche, antes de acostarnos me dijo: “Mañana cuando me llevés el almuerzo, me vas a acompañar a hacer un mandadito”. Era costumbre en mi casa, según los “chineos” de mi mamá hacia mi papá, que de acuerdo con los lugares donde él trabajara yo le llevara el almuerzo en una “portavianda” de aluminio. Decía mi mamá que para que papi comiera “arrocito fresco y ensaladita”.
En efecto, al día siguiente, papá terminó de almorzar y nos fuimos a hacer su “mandadito”.
Preguntaba, miraba colores, apuntaba precios, tamaños y marcas. Recuerdo que visitamos el Almacén La Granga, el Centro de Sport, el Almacén de Carlos Palma y otros.
Yo no entendía, ni para qué? ni por qué?. Cuando notó que ya habíamos caminado mucho y estaba cansada, me vino a dejar a la parada del autobús y él regresó a su trabajo. Al despedirme advirtió: No le diga nada a nadie, mucho menos a sus hermanos!
Esto se repitió en dos ocasiones más: visitábamos diferentes almacenes preguntaba, miraba, apuntaba precios, tamaños y marcas.
Finalmente, ya satisfecho con sus investigaciones y con los precios obtenidos, con solemne ceremonia hizo la compra: fuimos al Almacén de Carlos Palma ubicado en la avenida primera muy cerca de la Librería Universal. Me pidió que escogiera el color, con su cinta métrica de madera que acostumbraba tener doblado en la bolsa trasera de su pantalón de dril beige, midió la altura y dijo al dependiente: “empáquelo porque me lo llevo”.
Llegar a la casa fue otra odisea: “entretenga a sus hermanos mientras yo lo escondo”. No recuerdo ni cómo ni dónde, papá cumplió su cometido y mis hermanos no sospecharon nada.
Hacíamos tareas en la mesa del comedor y debían estar listas, ordenadas, sin borrones y con dibujos para cuando regresara mi papá del trabajo. Ël las revisaba y firmaba. Además de estos deberes teníamos que hacer todos los días una copia de cinco renglones: “con bonita letra”.
Como yo estaba en quinto grado, y estaba “grande”, según decían mis padres, las copias tenía que hacerlas de La Gramática de Carlos Gaggini, un texto impreso en papel periódico amarillento, con tapas verdes y gastado que me facilitaba mi papá y sobre el cual él decía: “algún día me vas a agradecer todo lo que vas a prender de este libro”.
Cuando estábamos reunidos y ocupados en estas nuestras obligaciones de estudiantes, mi hermano Oscar Antonio aprovechaban para de nuevo decirme: “Yaya, porfa, no sea malita, solo diga sí o no”. ¿ Es cierto lo que dicen los primos y mis amigos?.¡ Porfa!
Mi respuesta fue el silencio, ese era el compromiso, mi palabra empeñada. Claro que la lengua me saltaba en la boca …pero… ¡no!. No, se los puedo decir!.
Terminó el curso lectivo y los fríos vientos decembrinos, las luces rojas y verdes anunciaban la próxima navidad. Con la dirección de mi papá hacíamos el portal en la sala de la casa. El aserrín de colores pintado con anilina, se ponía nuevo todos los años.
Ya, a partir de las cinco de la tarde, en mi casa se escuchaban los villancicos que Radio Titania dedicaba a su audiencia infantil. La niña Ofelia Márquez animaba nuestro entusiasmo y nos regalaba golosinas cuando íbamos a su programa a cantar. Nos invadía el delicioso perfume del musgo fresco y del cohombro maduro.
Nos acariciaba el olor a manzanas y tamales.¡ Qué bella época, la más linda del año!.
Conforme se acercaba la Nochebuena y mis papás preguntaban qué queríamos que nos trajera el Niño Dios, mis hermanos aceleraban e insistían en sus asedios: ¡ Yaya, Porfa, decinos la verdad, porfa!. Finalmente les respondí con energía ya casi enojada: ¡ No se los puedo decir!.¡No y no!.
Con esta razón se dieron por satisfechos y no me volvieron a cuestionar.
Llegó la noche de acostarnos temprano porque vendría el Niñito Dios con los juguetes y nuestros regalos. Aunque yo “estaba grande”, según mis padres, también tenía que irme a la cama sin protestar.
Amaneció y con la luz del nuevo día llegaron las sorpresas, se descubrieron los secretos. A mis hermanos no les cabía el corazón en el pecho de la alegría. Ropa nueva, zapatos. ¡ Mirá lo que nos trajo el Niño Dios!, decían con inocente felicidad.
A un lado, en el suelo, estaba el triciclo rojo que con tanta ilusión y misterio habíamos ido a comprar al Almacén Carlos Palma, mi papá y yo. Al otro lado, estaba el papel manila color café con el que se lo había disfrazado el dependiente para que mis hermanos no sospecharan, en caso de que lo encontraran en su escondite.
En lo alto, sobre toda verdad, estaba aún latente la creencia de mis hermanos de que los juguetes y regalos de la noche de Navidad los traía el Niño Dios.
Nunca les quise contar la verdad. Pude guardar el inocente secreto. Había empeñado mi palabra.
Ellos siempre sospecharon y finalmente la descubrieron pero por ellos mismos.
Yo lo supe mucho tiempo antes pero por accidente, estaba muy pequeña. Sin embargo, atesoré y respeté la promesa que hice a mis padres. Hermanos, no pude contarles. ¡¡¡ Nunca se los conté!!!.
Margarita  Murillo












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