Mi condición de
hermana mayor me ha obligado a atesorar diálogos, miradas,
inspiraciones, secretos familiares, alegrías, sufrimientos y
pesares, propios de una familia muy pequeña pero muy unida. Me ha
ofrecido la valiosa oportunidad de enmarcar en mi corazón palabras y
sucesos escondidos que empezaron por un saludo y que terminaron con
una reverencia.
Fue en el seno
familiar donde aprendí a disimular lo que no se podía bien vengar.
Aquí, en el corazón familiar me inculcaron la política del buen
vecino, la justicia social, el respeto por los mayores.
En sabias palabras
aprendí a ver, oír y a callar: esta era norma general por respetar.
Otra norma inculcada pero por mi papá era la de hablar sí, pero, en
el momento oportun.
En mis oídos resuena
con claridad la voz de mi madre reforzando la sentencia de que nunca
debemos ir a las casas vecinas a fijarnos en lo que no nos debe
importar. Quizá por esto me ha costado tanto desarrollar mi
sentido de observación. Caló profundo en mí, la idea de no fijarme
en lo que no me importa, de no preguntar, de no detallar ni
cuestionar nada que suceda fuera de mi hogar.
Tuve la suerte de
nacer de padres realistas, discretos, emprendedores, amigos de los
amigos, serviciales, trabajadores y honestos. Ricos en sabiduría y
experiencias.
Sobreviví
desarrollando anticuerpos ante los dimes y diretes de otros amigos y
familiares contemporáneos y para mí es de honor propio empeñar la
palabra y guardar comentarios, secretos, opiniones, reclamos,
verdades y mentiras, todo, hasta que llegue su tiempo, el tiempo
debido y oportuno.
En mi niñez crecí
rodeada de dos hermanos menores y muchos primos mayores y menores,
curiosos, instigadores e inquietos. Para mí en diferentes
circunstancias fue difícil mantener la palabra empeñada y no
repetir secretos ni hacer juicios de valor. Sin embargo, me mantuve
siempre discreta.
En una ocasión mi
hermano Oscar Antonio, de cinco años insistió, lloró, pataleó:¡
Yaya, decime la verdad!. Reclamó con insistencia.¡ Yo lo sospecho!
¡Porfa!, Decímelo... Es que mis amigos del kínder dicen…
La situación para mí
fue cada día más embarazosa, no podía contarle a nadie, mucho
menos a mis hermanos. Mis padres me lo habían sentenciado con mucha
reserva y sin embargo, me lo habían advertido: “ Usted no lo puede
contar a nadie, mucho menos a sus hermanos.
De tiempo en tiempo
mis hermanos me increpaban: Solo decí:¡ sí ¡ o ¡ no!.
Mi compromiso directo
fue con papá. Obrero de la construcción que trabajaba como
fontanero en la construcción de antigua Tienda El Globo sobre la
Avenida Central
Una noche, antes de
acostarnos me dijo: “Mañana cuando me llevés el almuerzo, me vas
a acompañar a hacer un mandadito”. Era costumbre en mi casa, según
los “chineos” de mi mamá hacia mi papá, que de acuerdo con
los lugares donde él trabajara yo le llevara el almuerzo en una
“portavianda” de aluminio. Decía mi mamá que para que papi
comiera “arrocito fresco y ensaladita”.
En efecto, al día
siguiente, papá terminó de almorzar y nos fuimos a hacer su
“mandadito”.
Preguntaba, miraba
colores, apuntaba precios, tamaños y marcas. Recuerdo que visitamos
el Almacén La Granga, el Centro de Sport, el Almacén de Carlos
Palma y otros.
Yo no entendía, ni
para qué? ni por qué?. Cuando notó que ya habíamos caminado
mucho y estaba cansada, me vino a dejar a la parada del autobús y él
regresó a su trabajo. Al despedirme advirtió: No le diga nada a
nadie, mucho menos a sus hermanos!
Esto se repitió en
dos ocasiones más: visitábamos diferentes almacenes preguntaba,
miraba, apuntaba precios, tamaños y marcas.
Finalmente, ya
satisfecho con sus investigaciones y con los precios obtenidos, con
solemne ceremonia hizo la compra: fuimos al Almacén de Carlos Palma
ubicado en la avenida primera muy cerca de la Librería Universal. Me
pidió que escogiera el color, con su cinta métrica de madera que
acostumbraba tener doblado en la bolsa trasera de su pantalón de
dril beige, midió la altura y dijo al dependiente: “empáquelo
porque me lo llevo”.
Llegar a la casa fue
otra odisea: “entretenga a sus hermanos mientras yo lo escondo”.
No recuerdo ni cómo ni dónde, papá cumplió su cometido y mis
hermanos no sospecharon nada.
Hacíamos tareas en la
mesa del comedor y debían estar listas, ordenadas, sin borrones y
con dibujos para cuando regresara mi papá del trabajo. Ël las
revisaba y firmaba. Además de estos deberes teníamos que hacer
todos los días una copia de cinco renglones: “con bonita letra”.
Como yo estaba en
quinto grado, y estaba “grande”, según decían mis padres, las
copias tenía que hacerlas de La Gramática de Carlos Gaggini, un
texto impreso en papel periódico amarillento, con tapas verdes y
gastado que me facilitaba mi papá y sobre el cual él decía: “algún
día me vas a agradecer todo lo que vas a prender de este libro”.
Cuando estábamos
reunidos y ocupados en estas nuestras obligaciones de estudiantes, mi
hermano Oscar Antonio aprovechaban para de nuevo decirme: “Yaya,
porfa, no sea malita, solo diga sí o no”. ¿ Es cierto lo que
dicen los primos y mis amigos?.¡ Porfa!
Mi respuesta fue el
silencio, ese era el compromiso, mi palabra empeñada. Claro que la
lengua me saltaba en la boca …pero… ¡no!. No, se los puedo
decir!.
Terminó el curso
lectivo y los fríos vientos decembrinos, las luces rojas y verdes
anunciaban la próxima navidad. Con la dirección de mi papá
hacíamos el portal en la sala de la casa. El aserrín de colores
pintado con anilina, se ponía nuevo todos los años.
Ya, a partir de las
cinco de la tarde, en mi casa se escuchaban los villancicos que
Radio Titania dedicaba a su audiencia infantil. La niña Ofelia
Márquez animaba nuestro entusiasmo y nos regalaba golosinas
cuando íbamos a su programa a cantar. Nos invadía el delicioso
perfume del musgo fresco y del cohombro maduro.
Nos acariciaba el olor
a manzanas y tamales.¡ Qué bella época, la más linda del año!.
Conforme se acercaba
la Nochebuena y mis papás preguntaban qué queríamos que nos
trajera el Niño Dios, mis hermanos aceleraban e insistían en sus
asedios: ¡ Yaya, Porfa, decinos la verdad, porfa!. Finalmente les
respondí con energía ya casi enojada: ¡ No se los puedo decir!.¡No
y no!.
Con esta razón se
dieron por satisfechos y no me volvieron a cuestionar.
Llegó la noche de
acostarnos temprano porque vendría el Niñito Dios con los juguetes
y nuestros regalos. Aunque yo “estaba grande”, según mis padres,
también tenía que irme a la cama sin protestar.
Amaneció y con la luz
del nuevo día llegaron las sorpresas, se descubrieron los secretos.
A mis hermanos no les cabía el corazón en el pecho de la alegría.
Ropa nueva, zapatos. ¡ Mirá lo que nos trajo el Niño Dios!, decían
con inocente felicidad.
A un lado, en el
suelo, estaba el triciclo rojo que con tanta ilusión y
misterio habíamos ido a comprar al Almacén Carlos Palma, mi papá y
yo. Al otro lado, estaba el papel manila color café con el que se
lo había disfrazado el dependiente para que mis hermanos no
sospecharan, en caso de que lo encontraran en su escondite.
En lo alto, sobre toda
verdad, estaba aún latente la creencia de mis hermanos de que los
juguetes y regalos de la noche de Navidad los traía el Niño Dios.
Nunca les quise contar
la verdad. Pude guardar el inocente secreto. Había empeñado mi
palabra.
Ellos siempre
sospecharon y finalmente la descubrieron pero por ellos mismos.
Yo lo supe mucho
tiempo antes pero por accidente, estaba muy pequeña. Sin embargo,
atesoré y respeté la promesa que hice a mis padres. Hermanos, no
pude contarles. ¡¡¡ Nunca se los conté!!!.
Margarita Murillo
Margarita Murillo
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