Javier era su nombre, en el tiempo que le conocí él apenas
contaba con escasos 21 años de infeliz vida, era de piel blanca, cara alargada,
ojos claros tras los que dejaba entrever un dolor inmenso, alto, delgado, cabello
largo de color negro y muy lacio.
Ése muchacho era de mi edad y lo conocí en las celdas
del Poder Judicial, él dentro de una celda y yo en mi condición de custodio caminaba
de un lado a otro del pasillo. Él aprovechó
para decirme que cuando tenía escasos 16 años era novio de una joven que se
llamaba Cecilia.
La describía como muy virginal, ingenua, sencilla, de
belleza singular, baja estatura, pelo claro, boca chiquita, ojos vivaces, buen
cuerpo y muy inteligente, a quien
respetaba y amaba mucho, sentía que aquella joven algún día pudo haber sido su
esposa.
La madre de Javier se llamaba Mercedes y había
procreado siete hijos, él era el mayor de todos, eran vecinos de Alajuelita y
habían sido abandonados por su papá. Tras
la separación la situación se tornó muy difícil y precaria para ellos, al punto
de que una mañana ni siquiera tenían para el desayuno, ante esa realidad se
vino para San José a ver en qué se podía ganar algún dinero.
Ya en el centro de San José, contiguo a Deportes
Méndez, que quedaba al costado norte del Sagrario de la Catedral Metropolitana,
en la segunda planta había un bufete de abogados, por eso, subió las escaleras
en búsqueda de algo qué hacer (barrer o limpiar los pisos, lavar los vidrios de
las ventanas, etc.).
Apareció la salvación porque un abogado le pidió que para
ayudarle le lavara el carro y a cambio él le pagaría dos colones (¢2,00), desde
luego que aceptó; en aquél tiempo con ese dinero podía comprar el pan, el café,
el azúcar, la jalea de guayaba, arroz, sal y hasta macarrones. En su mente vio la sonrisa de sus hermanos y
a su mamá llena de felicidad.
Dice- para ésa época yo tenía 18 años, ´bajamos de la
oficina me enseño el enorme buick de color verde, me dijo donde podía recoger
el agua, me dio los trapos, el jabón y una palangana-.
-Con esmero y satisfacción hice mi tarea, el carro
como dos horas después estaba reluciente y bien lavadito, recogí las cosas que
el abogado me había dado y subí a entregárselas, él, por la ventana observó el
carro y me dijo que estaba muy bien, para cumplir con el trato le pedí que me
pagara los dos colones y me dijo que volviera la otra semana para pagarme-.
-Eso me enojó muchísimo porque no podía llevarle
comida a mis hermanos, una ira se apoderó de mí, me sentía engañado, traicionado,
hice mi trabajo y no me lo pagaron, por eso, cuando bajaba las gradas vi que detrás
de la puerta había un ladrillo lo tomé y lo lancé con toda mi fuerza al
parabrisas del carro lo reventé y salí corriendo-.
-Cerca de ahí la policía me agarró, me llevaron en
patrulla y me encarcelaron, me tuvieron preso sin que me hicieran un juicio o
cosa por el estilo, aquella acción en defensa de mis derechos fue la peor
decisión que pude haber tomado-.
-En ése lugar me violaron, me ultrajaron, los policías
descarados abusaron de mí, me desgarraron el ano; también compas de dormitorio
me cogieron como sacándose el clavo por lo que ellos habían vivido; después
supe que estaba en la Cárcel o Centro Correccional de Menores Domingo Soldati-.
-Mi madre ni siquiera sabía dónde estaba, ése era un
sitio horroroso, falto de amor, carente de respeto hacia uno, los custodios eran
unos despiadados y corrompidos hombres que como animales se lamían los labios
al ver a un joven de nuevo ingreso, se frotaban la manos y hasta apostaban para
ver quién se lo cogía primero, esa era la realidad de un lugar que de
correccional no tenía nada-.
-Estuve en la escuela del crimen, ahí me convertí en
un monstruo, aprendí a robar, consumir drogas, asaltar, abrir casas, hacer
candados chinos, robar carteras, de todo, menos algo que me pudiera ser útil
como joven que era, seis meses después que para mí era como un siglo, me escapé
del infierno, los horrores quedarían atrás, pero….. Yo había perdido toda
ilusión por la vida y no creía en nada ni en nadie-
Me fui para la casa y busqué a mi novia, la llevé al
río y la violé, por eso, hoy a mis 21 años estoy descontando una pena de 10
años en la Penitenciaría Central.
Prosiguió- aquél maldito abogado y los tombos
(policías) mataron mis ilusiones, mi ingenuidad, mis sueños, mis deseos de ser
alguien en la vida y servirle a la sociedad.
Soñaba formar un hogar con aquella a la que amé tanto y al final terminé
ultrajando como si fuera una cualquiera, hoy, dentro de mí vive un ser que no
aguanta nada, la vida me golpeo y despojó de lo poco que tenía, ellos y nadie
más son los culpables de lo que soy-
Relato contado por un joven que el sistema
destrozó y convirtió en un ser malévolo, nunca volví a ver y menos a saber de
aquél muchacho que la sociedad se encargó de matar en vida, éste testimonio
honra la memoria de muchos inocentes. Ricardo Jiménez
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