Ricardo Jiménez
Era un lugar feo, horrible, el hielo de la muerte se
sentía por todas partes, aquél frío se percibía en todo lugar, los rostros de
esos hombres que habían perdido todo, en sus ojos dejaban entrever el dolor, el
odio, el rencor, el …….
Aquél lugar estaba impregnado de maledicencia, por entre
los barrotes, furtivamente dejaban ver miradas y sonrisas malévolas, el frío de
la muerte se sentía y asomaba por cualquier resquicio, aquél era un lugar donde
la vida no tenía ningún valor, ahí se estaba al borde de la navaja, la vida
pendía de un hilo, todo era un sin sentido.
Que se lo cogieran formaba parte del quehacer diario,
más cuando se trataba de un primerizo o joven que al entrar por aquellas altas
y enormes puertas escuchaba el grito de: “Baaaarco a la vista”.
Ese grito alertaba a los más salvajes y despiadados,
quienes como buitres se aprestaban a tomar su presa, una vez que esos muchachos
eran ubicados en las celdas que les correspondía, venían los acosos y para
ellos se iniciaba otro drama. Los depredadores sexuales ya fuera dentro de los
dormitorios o de las letrinas, iban a saciar sus deseos.
Si no se dejaba por las buenas, las agresiones eran mayores
debido a que contra su voluntad les aplicaban lo que se conocía como la “Ley
del saco” por eso, era mejor acceder con uno solo, para que después ése se
convirtiera en su protector, porque dentro del presidio era de los que tenían respeto
y poder.
La ley del saco consistía en que cuando la persona estaba
defecando en la letrina, al estar sus nalgas llenas de excremento, unos sádicos,
desde la cabeza le metían un saco de gangoche.
Ya con el saco la persona estaba a merced de aquellos violadores,
uno, dos, tres,…..hombres saciando sus instintos perversos, eso era tétrico, desgarrador,
salvaje, inhumano, el ano por aquella violación masiva quedaba sangrante y despedazado,
eso era de todos los días.
Para ésa época los muertos dentro del presidio era el
pan diario, los decapitaban, desmembraban y sus pedazos eran echados por las
alcantarillas que estaban dentro de los patios, los corazones se los sacaban y
echaban a los gatos, esa fue la realidad de lo que es hoy el Museo de los Niños. En un pasado no muy lejano la peni fue la más
grande escuela del crimen que hubo en el país.
Dentro de sus paredes se escribieron las más horrendas historias de
terror, los hijos del diablo se apoderaron, llenaron y sembraron de dolor y
llanto aquellos pasillos.
Ésta historia la viví cuando trabajé temporalmente en
la sección de cárceles del Poder Judicial al final de los años 60s e inicios de
los 70s.
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