Subí
la cuesta de los años vividos con grandes peñascos y pasos al lado del vacío. A
veces con claridad y otras en penumbra, sin saber donde estaba poniendo mis
pies para asegurarme de poder continuar mi marcha. Llegar a un claro remanso
donde por fin puedo enderezarme y mirar
el paisaje recorrido, me llevó unas seis décadas. Siento que me encuentro en
una explanada que me gusta observar y valorar pues parece llena de regalos
y sorpresas, gran alivio, mucho descanso
y todas las horas del día para usarlas a un ritmo lento y sabroso.
Viviendo
mis días jóvenes bajo la educación que en ese entonces podían dar unas monjas,
llenas de traumas y represiones, ya que muchas de ellas tiraron sus severos
vestidos en una hoguera, era de esperar que todas esas creencias morales y
religiosas hicieran mas huella en mi o permanecieran mas tiempo en mi mente y
mi conciencia. Pero de nuevo, la misma vida sin yo planearlo me fue llevando
por intrincados senderos que fueron cambiando mis pensamientos y mis certezas.
Se nos dijo que era pecado ésto y aquello por lo que cada lunes debíamos
confesarlos. Cosas ciertas o inventadas, pues recuerdo que mas de una vez no sabía
que decir ese día. Así aprendí a tener miedo y a sentir mucha culpa cuando mis
acciones no calzaban en aquellas rigurosas enseñanzas.
El
tiempo fue pasando y yo seguía cuesta arriba en ese ruta llamada vida, tan
llena de momentos donde el llanto me enmudecía o el miedo al mañana me dejaba
sin fuerzas ni esperanzas, pero también otros de gran gozo, retribución y de
alegría. Todos fueron necesarios, todos sirvieron a algún propósito y unos y
otros fueron cambiando mi ser interno, mi ánimo. Mi conciencia se expandió, pude
entender los grandes misterios de mis cosas, sin respuestas a mis interrogantes,
pero llenándome de serenidad y coraje.
Cuántas
cosas encierra la vida, tanta gente que ha caminado partes de sus trechos a mi
lado, cuántas cosas planeadas y tan pocas resueltas. Parejas, deseos de unión ,
de compañía que se han desvanecido como se esfuman los sueños, intentos y
desilusiones, ganas de terminar con todo, de esfumarte, de morir, sensación de
peso en el alma y en el cuerpo, un cansancio sin alivio.
Además
el deterioro, ese de tu cuerpo que te hace decir; pero si yo antes podía, si en
esa foto de hace tres años entonces caminaba, brincaba, subía y bailaba oh,
cuánto bailaba. Pero que pasó? Que alguien me lo explique y con fuerza lleno de
aire mis pulmones y lo suelto en un gran resoplido. Es la vida, son los años,
es la factura de haber sobrevivido, me contesto en silencio.
Sigo
de pié en ese remanso de mi sexta década. Admiro cada paso, cada ruta, cada
trillo recorrido, cada caída y cada golpe recibido. Internamente los valoro,
los acepto pues han sido míos. Cada vivencia me permite estar ahora acá, en mis
sesentas, cuestionarme y contestarme;
valió la pena todo lo vivido.
Decido
sentarme en ésta explanada, saborear el tiempo ido. Imaginar el futuro ahora no
tiene sentido. Estar ahora aquí equivale a saber que he llegado y aún no me he
ido. Éste remanso está lleno de cosas
por descubrir, plantas que cuidar, jardines que construir, poemas por escribir,
lápices de mil colores para colorear, amigos con quienes compartir, un nuevo
hombre a quién amar, ciudades por recorrer, risas y momentos de paz y quietud.
Se
que todo esto pasará, que vienen otras décadas, etapas de la vida en donde ya
no subes, sino bajas. Voy caminando lento, apoyada en mi bastón. No, de nada me
arrepiento, todo fue bien vivido.
Lia
Ferreto.
Junio-2016.
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