No tuve la dicha de conocer y compartir con mis
abuelos, a mi nacimiento ya ambos habían partido a la casa del Señor.
A quien si conocí fue a mi bisabuelo materno, Napoleón
era su nombre, fue un tipo bien parecido, alto, espigado, de buen porte;
recuerdo sus trajes, su leontina, su bombín y bastón con empuñadura dorada que
no le podían faltar.
Ya en el ocaso de su vida se enganchó y enamoró de una
prostituta por quien suspiraba y hacía cualquier cosa para poder verla. Napo (cariñosamente llamado) haciéndole honor
a su nombre parecía que quería morir en batalla porque siempre tenía lista la
bayoneta; por más esfuerzos que hacía la familia no dejaba de visitar aquella
mujer que lo enloqueció.
Mi familia hacía ingentes esfuerzos para evitar que
Napo fuera a visitar a su amante y gran “amor”. Ella le robó no solo el corazón sino que la
razón, por eso, ellos le escondían sus trajes y los zapatos; él sin ningún
pudor, vergüenza ni nada por el estilo, mal vestido, chingo, en calzoncillos y sin
zapatos, salía por sobre los techos para visitar a la mujer que le desveló sus
sueños.
Ya en el lugar donde ella ejercía su profesión,
pacientemente mi bisabuelo hacía fila esperando que su “amada” terminara con el
último cliente y así él podría compartir la cama con la dama de sus sueños.
Qué habrá hecho aquella mujer para que mi bisabuelo no
se pudiera resistir a sus “encantos”. ¿“Placer, lujuria, sexo desenfrenado”? me
contaba Óscar, mi hermano mayor, que cuando murió Napoleón, su rostro tenía un
destello de luz y una sonrisa de satisfacción, que dejaban entrever que su paso
terrenal lo vivió a plenitud y que sus batallas fueron enfrentadas con
hidalguía y tenacidad.
Ricardo Jiménez
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