domingo, 19 de junio de 2016
zapatos tristes
Apenas habían transcurrido dos horas, alegre e inquieto marco de murmullos, opiniones y diretes entraban y salían a la recién inaugurada sala de exposición de pinturas en La Casa del Artista en Guadalupe, Goicoechea.
Reconocidos y distinguidos pintores jóvenes y no tan jóvenes participaban en ella. Estaban de fiesta. Era su exposición anual.
Habían dibujados variedad de personajes, paisajes, flores, montañas, aguas tempestuosas, mares tranquilos, misteriosas brumas y abrazadores soles.
Por aquí lucía una pintura con una cocina típica de Escazú adornada con canastos viejos, cafetera tiznada, leños a medio fuego, racimo de pejibayes colgando de un nudo, un gato echado en el “moledero”, la mesa de madera semejante a un jardín, cubierta con las flores rojas y amarillas de una carpeta plástica. Todo con olor a humo de leña verde.
Por allá un atardecer en el Parque Nacional Bahía Ballena. Sobresalía el impresionante tómbolo de arena y las rocas de innumerables colores.¡ Solo le faltaba hablar!.
Acullá, el brillante amanecer en las faldas del volcán Turrialba con aroma a pastos verdes y a leche fresca. Por cierto, descripción histórica porque pinta a un volcán Turrialba de ayer silencioso, tranquilo, con un cono casi perfecto y meditabundo. Hoy los pastos grises por la ceniza olvidaron su brillo y frescor.
Muy cerca, se percibía con realismo una pintura de los Canales de Caño Negro con su perfume a humedad, a viento fresco y a naturaleza viva: peces prehistóricos, garzas, garrobos y aves multicolores.
En otra pared lucía la pintura de un horcón de madera perforado con clavos herrumbrados. De sus tarros viejos colgaban bellas “bailarinas” y “begonias” florecidas y con matices rosado y fucsia y con variedad de tamaños.
Era un festival de colores danzantes, animales sonrientes, retratos y autorretratos.
Pinturas para todos los gustos y para diferentes edades.
Los magos de la brocha fina se mostraban crecidos explicando a su público el significado de su arte y su necesidad de demostrar por medio de lienzos de manta su deseo de liberación.
¿De dónde tanta inspiración?
Jóvenes y no tan jóvenes presentaban sus creatividades al óleo, lápiz, carbón, acuarelas, acrílicas. Su gozo estaba ahí demostrado y todos los artistas a través de su trazos, eran cofundadores de la sociedad de personas incansables y necesitadas de ratos de placer soledad y misterio.
En una esquina cercana, donde se dobla la pared, había una OBRA DE ARTE gris, enmarcada con metal dorado. Hablaba por sí sola. De fondo celeste claro con variedad de luces y destellos casi imperceptibles, denotaba que su autor dominaba a la perfección la difícil técnica de la acuarela.
Su creador había impreso en ella arte, sentimientos encontrados y perfecta armonía.
Se trataba de un par de zapatos viejos y tristes. Estos calzaban perfectamente con unas piernas de mujer, bien dibujadas, bien torneadas. Los zapatos grises estaban colocados ahí, en una escalera casera. Intentaban subir las gradas.
La pintura se podía mirar de abajo hacia arriba. Parecían piernas danzando. Si se las observaba de arriba hacia abajo, las piernas junto con sus zapatos tristes, simulaban un incansable torbellino de movimiento y fuerza desanimada.
Este cuadro tenía magia. Los invitados lo comentaban. Pero, además de colorido ritmo y melodía, su lenguaje transmitía tristeza, dolor, despedida, angustia, celos, falsa ilusión, abatimiento.
En esta pintura de los zapatos tristes, su autor recopiló grises de diferente intensidad y luego los incorporó al mundo de la desolación que estaba viviendo en ese momento.
¿De dónde salieron estos zapatos grises que inspiraban tristeza? ¿Qué significan? ¿Por qué tanto contraste?, se preguntaba la gente admirada.
¡Es un secreto a toda voz!, susurró uno de los maestros coordinadores de la exposición.
” En esta pintura su autor protegió su historia. Lo invadió el luto y la tristeza cuando una de sus hijas anunció que dejaría el nido vacío porque dentro de un par de meses se uniría en matrimonio con el joven que había conquistado su corazón”.
En estos zapatos, símbolo de lo que él consideraba su desdicha, el autor pintó retazos de su vida: amargura, inseguridad, vacío, sombras. Se sentía destrozado por lo que él consideraba
iba a ser la “pérdida de una hija”. Se inspiró. Surcó todos los posibles caminos de su arte, describió con brochas finas y colores sus sentimientos.
Las brochas sofisticadas, los pinceles, los muchos colores y sus gamas, los hilos para la cuadrícula, el caballete, el agua, son sus mudos testigos.
Pero, ¿Qué dijo el autor al percibir tanta admiración por sus zapatos tristes?:
_ “Este cuadro lo pinté con amor, porque el amor es el remedio eficaz para llenar un alma vacía”… Estos trazos me dieron mucha paz.
El autor combinó lo que él consideraba su desgracia con la fuerza tectónica de su creación. Dibujó, construyó y legó a sus admiradores su obra.
El mundo, su mundo, su hogar, su hija, actualmente en su memoria, guardan con respeto, esos zapatos grises.
El autor se equivocó.¡ No hay tristeza en esta nueva realidad de vida de su hija, ni en esta nueva familia!.¡ El tiempo lo ha demostrado!.¡ Ganó otro hijo!.
Estos trazos representan a un alma sobreviviente al dolor que enfrentó su presente con su futuro incierto, espontáneo, dulce y amoroso.
Este dibujo nos hace pensar que su autor transitó tranquilo hacia un mundo desconocido buscando su paz.
¡Este autor ahora está gozando de la paz eterna!.
Margarita Murillo
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